Un G-20 superado por la crisis de la zona euro
Infolatam
Madrid, 4 noviembre 2011
Por Federico Steinberg
La cumbre del G-20 celebrada en Cannes bajo presidencia francesa debía haber tratado una ambiciosa agenda para mejorar la gobernanza económica global. El Presidente Sarkozy se había propuesto a principios de año abrir la reforma del sistema monetario internacional para poner fin a la hegemonía del dólar, avanzar en la reforma financiera para regular las instituciones sistémicas y tomar medidas para reducir la volatilidad de los precios de las commodities. En todos estos temas contaba con el apoyo de los países latinoamericanos miembros del G-20 (Brasil, México y Argentina).
Sin embargo, el G-20 se ha visto superado por los acontecimientos. Grecia, un país que no es miembro del grupo y que representa menos del 0,5% de la economía mundial, ha centrado la atención de la cumbre. Sus titubeos alrededor de la convocatoria de un referéndum sobre el paquete de ayudas, ajustes y “default controlado” que su gobierno negoció con la UE y el FMI y la especulación sobre su posible salida del euro (algo que antes nadie se atrevía mencionar en público) han puesto al descubierto “las miserias” del viejo continente a los ojos de las potencias emergentes y de Estados Unidos, que reclaman al eje franco-alemán que de una vez por todas ponga en orden su casa. Además, los temores se han extendido a una Italia que parece incapaz de implementar reformas y cuyo coste de financiación ya ha alcanzado el 6,4%, nivel al que Grecia, Irlanda y Portugal tuvieron que pedir un rescate (el problema es que hoy por hoy no hay fondos suficientes para cubrir la necesidades de Italia).
Los países no europeos del G-20, algunos de los cuales podrían adquirir deuda pública de los países en problemas en pequeñas cuantías, argumentan que la zona euro en su conjunto tiene equilibrio externo y un ratio de deuda sobre el PIB inferior al 80% (menos que Estados Unidos), por lo que no necesitan ayuda exterior sino resolver sus desequilibrios internos, diseñar una nueva gobernanza que avance hacia la unión fiscal, asegurar que el BCE actúe como prestamista de última instancia y tener una estrategia de crecimiento creíble.
No entienden la lentitud de los mecanismos de toma de decisión de la Unión y están cansados de que se les expliquen los complejos equilibrios de poder y soberanía compartida que los europeos solían exhibir con orgullo (e incluso intentaban exportar) cuando las cosas iban bien. En definitiva, la UE está viendo minada su credibilidad externa, pero como todavía es “sistémica” en la economía mundial, no se le puede dar la espalda, de modo que sus problemas internos han capturado la agenda del G-20.
Pero, para ser justos, hay que reconocer que los problemas de la economía mundial van más allá de Europa. El crecimiento de Estados Unidos se ha ralentizado y sólo se reactivará con nuevos estímulos monetarios que podrían tener externalidades globales negativas ya que depreciarían el dólar y agudizarían la guerra de divisas con los países emergentes, sobre todo con Brasil. Esta situación, sumada a la del lento crecimiento (o incluso nueva recesión en Europa), justificaría un estímulo fiscal global como el que el G-20 acordó en su cumbre de Londres en abril de 2009 (téngase en cuenta que Estados Unidos, Alemania y la mayoría de los países emergentes tienen margen de maniobra para aumentar el gasto público).
Sin embargo, como la mayoría de las economías emergentes están recalentadas y con una inflación creciente, no parece probable que estén dispuestos a coordinar una expansión fiscal que, en cualquier caso, ellos necesitan menos que los países avanzados. En definitiva, como el ciclo económico global se ha des-sincronizado es muy difícil acordar paquetes globales coordinados para dar respuesta a la crisis más allá de que el comunicado del G-20 contenga buenas palabras. Cada país hará lo que considere conveniente dadas sus necesidades internas y sólo se puede esperar que el G-20 asegure que las acciones unilaterales más dañinas para la economía mundial (proteccionismo y guerra de divisas) se utilicen con cautela, así como que se avance en la reforma del FMI (aumentando sus recursos y mejorando su gobernanza interna).
Lo más negativo de esta situación, sobre todo para los países latinoamericanos, es que lo urgente no está dejando tiempo para lo importante. La urgencia de la crisis europea y de la desaceleración en Estados Unidos no ha dejado tiempo para los grandes temas que la economía internacional tiene que afrontar: los desequilibrios macroeconómicos globales, la transición hacia un mundo económicamente multipolar con varias monedas de reserva, una reforma financiera más profunda y una mejor gobernanza energética y climática.
México, que presidirá el G-20 durante 2012 tendrá que centrarse en estos temas (siempre que la coyuntura se lo permita).































7 noviembre 2011 a las 10:39
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