Peleando por el resto

La Tercera (Chile)
Santiago, 1 noviembre 2011
Por Héctor Soto

Tal vez sea desproporcionada la ansiedad con que gran parte de la opinión pública está siguiendo desde hace meses el curso del conflicto de la educación. En muchos círculos se mezcla la angustia con la sensación de fin de la historia. Desde luego, se trata de un sentir engañoso. Aquí no termina nada. El gobierno finalmente lo ha estado entendiendo así y por eso, tras sucesivos momentos de confusión, está haciendo ahora lo que tiene que hacer: gobernar. Gobernar por un lapso de cuatro años, tratando de cumplir sus promesas de campaña, al margen de lo que ocurra en la Alameda u otros escenarios de enfrentamiento y al margen también de lo que se vea de estos espectáculos en los noticieros de televisión.

Aunque políticamente las manifestaciones ya hirieron de muerte a la actual administración, el hecho no significa que el gobierno de Piñera haya llegado hasta aquí. Y no significa eso, porque hay planes, obras públicas, modernizaciones, inversiones e iniciativas que, mal que mal, siguen su curso en distintos ámbitos. La mayor impresión que se llevan varias personas que han tenido acceso al Presidente de República en las últimas semanas es la serenidad que conserva. No se le nota ni muy preocupado ni tampoco deprimido. Aunque estos datos también pueden prestarse a interpretaciones poco tranquilizadoras -después de todo, nada perturba más que un piloto demasiado dicharachero cuando el avión está entrando al ojo de la tormenta-, es desde luego importante que el gobierno no haya cedido a la tentación de abdicar al resto de lo suyo a partir de los deprimentes resultados que ha tenido en sus esfuerzos por destrabar el conflicto estudiantil.

A la inversa, no son pocos los que creen que el Presidente, como reacción, se ha estado fugando a ámbitos, preocupaciones y proyectos donde su atención puede ser más rentable desde el punto de vista político o al menos, mejor recompensada en términos emocionales. Su apuesta sería no aflojar, hacer un gobierno serio y confiar -cosa mucho más incierta- en que la ciudadanía apreciará, más temprano que tarde, los resultados de ese esfuerzo.

Tal como todo indica que la crisis de la educación no se va a solucionar este año, el país incluso sin quererlo ya se está adaptando a lo que eso significa. Lo que más llama la atención es la pérdida del sentido de urgencia. Aquí nadie ya está muy alarmado, si es que alguna vez lo estuvo: ni los estudiantes ni los padres ni la clase política ni las autoridades. Se puede estar alarmado un día, pero no hay paroxismo que dure seis meses. Por lo demás, a la velocidad con que se han estado quemando los ultimatums (que cerrar el primer semestre, que comprimir al segundo, que el año ya no tiene vuelta, que viene la semana clave), se suma la obstinación estudiantil por prolongar un desencuentro a como dé lugar, atendido que para los dirigentes la vuelta a clases a estas alturas es poco glamorosa y los retornos por extremar el conflicto en términos políticos siguen siendo altos.

Pero como todo se desgasta, el país de algún modo encuentra la manera de seguir funcionando. Las sociedades se adaptan a todo. Hay excelentes crónicas testimoniales sobre ciudades que fueron pulverizadas por la violencia en distintas épocas -Beirut en los 70, Bagdad en los 80, Kosovo en los 90-, donde a su modo, la vida seguía discurriendo con una habitualidad por supuesto muy mentirosa. Aun al borde del abismo, la gente seguía llevando sus niños al colegio, comprando departamentos, proyectando bodas y pensando en vacaciones el próximo mes.

¿Muy loco? Posiblemente lo sea. En contextos de tanta disociación, discutir el color de la pared cuando la casa puede ser bombardeada mañana puede ser visto como un gran disparate. Pero quizás más disparatado todavía sea reaccionar a la efervescencia de los últimos meses, como lo han hecho las dirigencias del país, con una generalizada deserción de sus responsabilidades y un súbito sentimiento de culpa por no haber sabido anticipar la erupción del descontento.

La cantidad de tonterías obsecuentes que se han dicho en los últimos meses, para lavar culpas y ganar rating ante los cuadros más extremistas que pugnan por situarse a la cabeza del movimiento, habla mejor que cualquier otra cosa de nuestra fragilidad política e intelectual como sociedad. Somos poca cosa. Poca cosa en lecturas, en convicciones, en masa crítica, incluso en lógica elemental para distinguir lo que es el fin de los medios. El solo hecho de estar prestando oído a ideas anacrónicas y sobradamente fracasadas en medio mundo -un estado ultra regulador, ultra proveedor y matriculado con todos y cada uno de los espejismos del bienestar- entrega una medida de lo poco que hemos estado entendiendo el mundo moderno.

Si bien nadie está en condiciones de garantizar que la sensatez vuelva á imponerse pronto, para el gobierno es importante seguir trabajando en los ámbitos todavía no contaminados por el mal humor, sobre todo si de ahí comienza a salir un país más acogedor en empleos y oportunidades, en creatividad e instancias de superación.

Artículo pulbicado en (La Tercera. Chile)

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