El abuso del voto

Infolatam
La Paz, 16 de octubre de 2011
Por Fernando Molina

Bolivia tuvo este domingo las elecciones más confusas, plagadas de denuncias y con una cantidad mayoritaria de votos blancos y nulos, desde el reinicio de la democracia hace casi 30 años.

Estas dificultades se originaron en el inédito intento de usar el voto popular para elegir a los magistrados y miembros de los principales tribunales judiciales, la solución propuesta por el gobierno de Evo Morales para la crónica ineficiencia y corrupción de la justicia boliviana.

Una solución que, según los opositores del Gobierno, procuraba llegar a lo mismo de siempre, es decir, al control de la justicia por parte del Poder Ejecutivo, pero con un método más complicado y sólo en apariencia más participativo, porque los candidatos de entre los cuales eligieron los ciudadanos fueron nominados políticamente.

La jornada mostró por qué casi ningún país usa el voto para nombrar este tipo de organismos de carácter profesional y especializado. La papeleta era enorme y muy pocos podían reconocer a los aspirantes, no solo por su cantidad, sino porque éstos estaban prohibidos de hacer campañas y porque los esfuerzos de los medios por presentarlos fracasaron, ya que ninguno podía ofrecer nada concreto que los hiciera memorables para la ciudadanía.

Varios ciudadanos entrevistados por la televisión dijeron que su participación se debía a la obligación de votar que establecen las leyes, y que no conocían a los numerosos candidatos, por lo que no podían elegir a ninguno. Una parte de la gran cantidad de votos nulos que se registraron se originaron en esto.

Al mismo tiempo, toda la oposición, tanto de izquierda como de derecha, llamó a votar nulo, porque los candidatos fueron elegidos por el Parlamento, en el cual el oficialismo tiene dos terceras partes, y porque éste descalificó a los más importantes aspirantes contrarios a Morales.

Los partidos opositores trataron de convertir estos comicios en un plebiscito que expresara el creciente rechazo popular al Gobierno, mientras que éste hizo campaña para que la gente no anulara su voto. De acuerdo a los resultados extraoficiales, la oposición logró su objetivo, con entre 45 y 55 por ciento de anulaciones, y una cifra inusual, de alrededor del 20 por ciento, de votos blancos. Con ello queda claro que el deterioro gubernamental se manifiesta también en un área (la electoral) que Morales dominó por mucho tiempo.

Sin embargo, el conteo oficial estaba seriamente retrasado, dada la complejidad de las opciones que tenían los electores, todas las cuales deben ser tomadas en cuenta por los jurados electorales.

Los partidos opositores se declararon ganadores, aunque existe que el Tribunal Electoral, considerado cercano o incluso subordinado al Gobierno, hiciera algo para atenuar la mayoría de votos nulos. El temor de la oposición fue alimentado por la gran cantidad de irregularidades que se presentó el día de la votación, que para algunos forman parte de un intento de manipulación del voto, pero que probablemente se debieron también a la impreparación de la población para manejar una elección tan compleja.

Como los comicios no fueron políticos, los partidos no tuvieron delegados en las mesas y los medios de comunicación no realizaron encuestas a boca de urna, las cuales fueron una referencia en las elecciones del pasado. Los resultados que se conocen son los de un conteo rápido encargado por el periódico La Razón.

Si podemos especular lo que sienten en este momento las cúpulas oficialistas, podríamos apostar a que se arrepienten del arrebato populista que los llevó a incluir la elección directa de los principales jueces del país en la Constitución que aprobaron. Tomaron así un camino demasiado largo, costoso y riesgoso (en especial si se confirma el triunfo de los votos nulos) para llegar a un resultado que, si se toma en cuenta los grandes cuestionamientos que se han producido, no mejorará la legitimidad de la justicia, sino todo lo contrario.

La experiencia boliviana muestra que el voto no sirve para resolver todo, y que a veces puede abusarse de él, con gran costo político y económico. Las repúblicas modernas son una combinación sabia entre los tres sistemas políticos producidos por la historia: democracia, aristocracia y monarquía. El rechazo a su parte institucional, la parte que no se forma desde abajo, sino desde arriba, llevó a los críticos del sistema político “neoliberal” a excesos como éste, que ahora se les van de las manos y amenazan su propio poder.

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