De “pop Star” a gerente

Folha de Sao Paulo
Bruselas, 4 octubre 2011
Por Clovis Rossi

En 36 años de cobertura de viajes presidenciales al exterior, jamás había visto lo que ocurrió anteayer, cuando Dilma Rousseff se instaló en el Hotel Sheraton de Bruselas, para una estadía de tres días: no había una sola mísera cámara/micrófono de televisión para registrar el momento. Incluso los periodistas eramos tres o cuatro.

Descontada la improbable hipótesis de un error colectivo de las redes de TV, ese microninstante muestra que la diplomacia presidencial brasileña cambío la razón de ser.

Sale el “pop star” Luiz Inácio Lula da Silva, designación que le cascó el otro día el “Monde”, siendo ya expresidente, entra la sobria gerente Dilma Rousseff.

Me explico mejor: con Lula y con sus antecesores, especialmente Fernando Henrique Cardoso, los periodistas estábamos obligados a estar permanentemenete de planta por que siempre existía la posibilidad de que el presidente hablara algo inesperadamente.

O, en el caso de Lula en especial, siempre había un grupo de petistas acompañádolo, banderas en mano y gritos de “Lula/lá” en la garganta, una imagen imperdible. Para Dilma, aquí en Bruselas, nada, a pesar de ser la capital europea en que, proporcionalmente, existe el mayor número de ciudadanos brasileños residentes, parte de la diáspora.

Dilma no habla con los periodistas en forma improvisada. Ni siquiera para comentarios banales, como “está lindo el día” o “me gustó el museo que visité” (como el Magritte en el que estuvo el domingo). Pasa rapidito y va directo al coche oficial.

Habla apenas cuando decide que es la hora, y su equipo organiza las cosas para evitar lo que acostumbro a llamar escenas de periodismo explícito, aquella montaña de micrófonos y grabadoras casi en el cielo de la boca del presidente que se somete a esa tortura. Es importante dejar claro que prefiero ese modelo, mucho más profesional, que el caos anterior.

Me cansé de decir a los diplomáticos encargados de la comunicación presidencial en viajes que jamás un presidente francés, un canciller alemán o el presidente de los Estados Unidos aparecen cercados de los logotipos de las emisoras, al contrario de lo que acontecía regularmente con los brasileños.

Hecha esta distinción fundamental, queda evidente otra diferencia: Lula se divertía en el ejercicio del cargo. Lo que, por lo demás, era comprensible. Para quien pasó de dar palos al hambre en Pernambuco a Sao Paulo, cambiar el viejo camión por el carruaje de lujo con que los presidentes son recibidos en Londres, por ejemplo, es para reconfortar el corazón. Señal exterior de un hombre victorioso. Ahora Dilma se comporta como si desempeñase una función, lo que no parece incomodarla, pero tampoco es una fiesta.

El cambio de estilo no significa un cambio también en el contenido. Lula diría sobre la crisis exactamente lo que Dilma dijo ayer: no es por la vía de ajustes fiscales recesivos como se resuelve el problema. Pero Lula se subiría en un hipotético púlpito para gritar su tesis, adornándola, preferentemente, con historias de su tiempo de negociador sindical. Dilma lo hace sin alterar el tono de voz, “profesoralmente”.

Que son diferentes en la forma es evidente. Si una forma es más eficiente que otra, sólo el tiempo lo dirá.

Artículo publicado en Folha de Sao Paulo

(Traducido por Infolatam)

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