Ecuador: El 30-S, un balance
Infolatam
Quito, 28 septiembre 2011
Por Simon Pachano
(Por Simón Pachano, para Infolatam).- A lo largo de un año, el presidente ecuatoriano Rafael Correa ha perseguido incansablemente dos objetivos relacionados con los confusos hechos del 30 de septiembre. En primer lugar, ha intentado por todos los medios a su alcance demostrar que lo ocurrido fue un golpe de Estado y, en segundo lugar, ha tratado de involucrar en éste a varios actores políticos y sociales, pero al mismo tiempo ha hecho lo posible por exculpar a otros. Ante esos objetivos, el balance final no le resulta favorable, aunque tampoco le faltan motivos para celebrar.
La visión del golpe ha calado principalmente en algunos ámbitos del exterior, en los que aún está fresca la imagen de un presidente que desafiaba eufóricamente a que le dispararan los policías amotinados. Las imágenes dieron vuelta al mundo y sirvieron para que se recordaran los hechos acaecidos poco tiempo antes en Honduras y para que se tomara en cuenta la reciente historia de derrocamientos de presidentes en el propio Ecuador.
Varios organismos internacionales encendieron sus luces de alerta y no se preocuparon de apagarlas cuando las investigaciones arrojaron evidencias sobre el pésimo manejo de un motín policial y no sobre un golpe de Estado. En el plano interno, por el contrario, sólo cuajo a medias aquella hipótesis. Seguramente en esto influyó la propia estrategia diseñada por el gobierno, que consistió en una campaña masiva de difusión y en la acción judicial en contra de los supuestos culpables.
En efecto, a lo largo de todo el año pero sobre todo en los dos últimos meses, el gobierno usó diariamente cadenas obligatorias de medios para difundir su posición. Sin embargo, esa misma abundancia dirigió la atención de buena parte de la población hacia las pruebas de lo que se sostenía en ellas, pero solamente pudo encontrar afirmaciones o interpretaciones. Al final, como suele ocurrir con cierta frecuencia, la saturación de la propaganda se fue en contra de sus propios objetivos. El tono épico que le quiso dar el gobierno se desdibujó por las bases frágiles en que se asentaba y por la reiterada exposición que hizo visibles las costuras.
En el otro componente de su estrategia –la acción judicial en contra de los culpables- el presidente puede anotarse un triunfo parcial dentro de un conjunto de derrotas. Estas últimas se materializaron cuando dos de los acusados fueron exculpados por varias instancias judiciales. Uno de ellos, el director del hospital policial, fue enjuiciado por el delito de magnicidio, pero en el juicio fue imposible probar esa acusación y más bien se pudo ver que estaba procesado por declarar que el presidente nunca estuvo secuestrado. Obviamente, no había asidero para la acusación y el golpe y el magnicidio se fueron quedando sin bases.
El triunfo parcial lo logró en otras cortes y en contra de otro personaje. Esta vez fue un periodista que sugirió la responsabilidad del presidente en el ataque armado al hospital en que se encontraba el presidente. En dos instancias triunfó la tesis del presidente, pero las irregularidades del juicio, las inconsistencias de la acusación, la extensión de ésta al diario en que se publicó el artículo y el monto desmedido que solicitó como reparación a su honor ofendido (80 millones de dólares que los jueces redujeron a 40) dejaron una sombra de duda que pasará factura en cualquier momento. Es probable que el caso llegue a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, donde será muy difícil que se imponga la tesis presidencial.
Finalmente, dentro de este panorama, es cierto que al presidente Correa no le faltan motivos para celebrar. Hace un año logró remontar la peor crisis que enfrentó su gobierno y recuperó el apoyo de sus partidarios. Además, volvió a instalar el escenario en que solamente existen el blanco y el negro, sin un solo matiz, que es el ambiente en que mejor se mueve como ha demostrado desde el inicio de su mandato.
En los meses previos al 30-S había bajado el nivel de confrontación y se habían abiertos pequeños espacios para el debate, incluso dentro de su propio movimiento Alianza País. El 30-S y su interpretación de los hechos volvieron a colocarle como la voz única e incontestable. No es un efecto de menor cuantía aunque esté asentado sobre bases que pueden desmoronarse en el mediano plazo.


























