¿Qué pasa en Chile?: (3) El milagro en entredicho

Infolatam
Santiago, 14 septiembre 2011
Por Héctor Soto

¿Se está desplomando el milagro chileno? La pregunta está instalada desde que comenzaron a multiplicarse las movilizaciones y expresiones de malestar en las principales ciudades. En el cuadro de turbulencia y desconcierto de las fuerzas políticas, que se ha mantenido por más de tres meses, inciden numerosos factores. No hay al parecer una sola causa. Hay muchas. Cada cual aporta lo suyo y el conjunto ha configurado una crisis como la que el país no veía desde fines del gobierno militar.

Para entender lo que está ocurriendo, el análisis debiera considerar al menos las siguientes variables:

Un presidente que desconfía de la política. El gobierno de Sebastián Piñera, que apostó básicamente a la eficiencia en la gestión del aparato del estado, nunca logró establecer mayor sintonía con la opinión pública ni instalar un relato que comprometiera a la mayoría ciudadana en las grandes metas de la administración: crecer todos los años al 6%, mejorar la productividad del sector público, aumentar el empleo e introducir pequeñas reformas al sistema político. El gobierno, no obstante haber avanzado mucho en estos objetivos, ha estado cosechando crecientes niveles de impopularidad. A la inversa de lo que había ocurrido siempre en Chile, donde existía alta correlación entre economía y política, a Piñera le ha ido bien en el plano económico y muy mal en el plano político.

Cuando La Moneda reparó a comienzos de año que necesitaba menos gerentes y más políticos en el gabinete, el daño ya estaba hecho porque la Concertación, pese a todos sus fracasos, desde el momento en que no ha podido rearticularse políticamente después de su derrota, fue sin embargo muy exitosa en explotar dos debilidades del mandatario: poca confiabilidad y poca empatía con la gente.

Una institucionalidad política poco representativa. El sistema político chileno ha estado perdiendo convocatoria y representatividad. Hoy prácticamente un tercio de la ciudadanía en condiciones de votar prefiere no inscribirse en los registros electorales no solo por indolencia sino también porque siente que su voto no cambiaría mucho las cosas. Al desprestigio transversal de todos los partidos políticos, se une la vigencia de un sistema electoral (binominal) que favorece la endogamia, la autogeneración del poder, el empate y que en definitiva prolonga el statu quo. Estos efectos describen una creciente lejanía entre el mundo político y el país real. Curiosamente, las que fueron fortalezas de la transición –gran estabilidad política, amplios consensos y competencia regulada entre dos grandes coaliciones políticas- pasaron a ser vistas como manifestaciones de esclerosis y exclusión.

Movimientos ciudadanos sin redes contención. Al no sentirse interpretada por sus partidos ni por sus parlamentarios, la ciudadanía, fuertemente inducida por las redes sociales, se ha estado movilizando en torno a causas específicas que un día tienen que ver con la igualdad de genero, al otro con el resguardo del medioambiente y ahora con los problemas de la educación. Aunque detrás de estos movimientos no hay grandes liderazgos ni compromisos muy permanentes, lo cierto es que ellos han capturado de manera muy frontal simpatías y emociones que se han sostenido en el tiempo, y que la propia Concertación cuando fue gobierno contuvo mejor de lo que puede hacerlo ahora la centroderecha.

Una izquierda con cuenta por cobrar. Es obvio que las actuales expresiones de malestar ciudadano interpretan muy cabalmente antiguas y muy postergadas aspiraciones de grupos de izquierda de escasa o nula representación parlamentaria. Para estos sectores, que han estado por décadas anticipando el estallido de la olla social por la sublevación de los excluidos y los desesperados, la actual efervescencia no solo es bienvenida sino también mesiánica, por mucho que no haya explotado por abajo (por el lado de los más pobres) sino por las capas medias. Para el PC y sector más radicalizados esta es una oportunidad que no han tenido en décadas.

Una clase media cada vez más autónoma y exigente. La gran noticia del Chile de las últimas tres décadas es la emergencia de una clase media de creciente poder de consumo, muy distinta de la clase media tradicional –formada en el liceo y bajo el amparo del aparato público- y que en una sola generación ha cumplido varios sueños simultáneamente: la primera casa propia, el primer auto, el primer viaje al extranjero, la primera tarjeta de crédito, el primer hijo con estudios universitarios…

Este sector, emancipado del magisterio del gobierno, de los partidos políticos, de la Iglesia y también de sus empleadores o patrones, con los cuales ahora se relacionan al margen de las incondicionalidades del pasado, ya no se conforma con explicaciones fáciles y está cada vez más consciente de sus derechos. Por eso opina, protesta, desprecia, exige, reclama, critica y pone en entredicho. Por eso le pone mala nota a todos los actores políticos y a casi todas las instituciones. Siendo así, no tiene nada de extraño que este sector, fuertemente endeudado, haya hecho suya la causa de la gratuidad de la educación, cuyos costos en Chile, en el caso de las universidades, están entre los más altos del mundo.

Un dramático vacío de liderazgo. Los chilenos que se relacionaban con la política desde la confianza (confianza en el dictador en los años 70 y 80, confianza en el padre bueno que fue Patricio Aylwin, confianza en la vocación de estadista de Ricardo Lagos y confianza en la cercanía emocional de Bachelet) ahora se relacionan con el poder desde la sospecha. Actualmente no se divisan grandes liderazgos. El mundo político está paralogizado, confundido y con baja credibilidad. Sebastian Piñera es visto como administrador, como un empresario y como un magnate (lo es) al cual el país le dio una oportunidad como presidente, pero por el cual nadie está muy dispuesto a entregar un cheque en blanco.

El caso chileno ilustra varias verdades. La primera, que la economía por sí sola no basta. La segunda, que el liderazgo es insustituible. Y la tercera, que para tenerlo, no solo hay que saber dónde ir (cosa que Piñera quizás intuye) sino también generar confianza de ir en el sentido correcto (cosa que no ha logrado). Por eso la calle ruge, el milagro empalidece, Chile titubea y el gobierno está en aprietos.

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Un comentario a “¿Qué pasa en Chile?: (3) El milagro en entredicho”

  1. juan carlos dijo:

    Es el mejor análisis de los publicados por Infolatam sobre la crisis chilena. Felicidades.

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