América Latina y la redistribución
Infolatam
Madrid, 15 mayo 2011
Por José Juan Ruiz
(Conferencia dictada por José Juan Ruiz sobre ¿A Dónde van las economías del mundo? Fundación Astur. Uruguay ) .- “Como estamos entre latinos y nuestra ventaja competitiva es la literatura, déjenme que empiece con una pedantería intelectual. Ustedes habrán leído Orgullo y Prejuicio de Jane Austen; recuerdan que es una novela escrita alrededor de 1810. Si uno lee la novela con ojos de economista descubre tres cosas interesantes.
La primera es que la familia de Elizabeth Bennet, la protagonista, tiene una renta de 3.000 libras anuales; dado que son 5 hermanas más los padres, su renta per cápita es de unas 450 libras anuales.
La segunda cosa es que la madre de Elizabeth quiere casarla con Mr. Darcy, un hombre tan rico que tiene una renta de 10.000 libras anuales. Evidentemente si Elizabeth se casara con él daría un salto tremendo de vida porque Mr. Darcy está entre el 0.1% de los ricos Ingleses.
La tercera cosa es quela renta media de un inglés medio – lo que ganaba un obrero manual o un agricultor – rondaba las 35 libras al año.
¿Qué significa todo lo anterior en términos de distribución?
Simplemente que en aquella Inglaterra el 0.1% de la población más rica tenía una renta que era 125 veces el promedio de la renta media del país.
Si miramos la Inglaterra de hoy – de hecho son datos de 2006 – lo que comprobamos es que la renta media asciende a unas 11.600 libras anuales mientras que la renta de los modernos Mr. Darcy es de unas 400.000 libras. Es decir, el 0.1% de la población de más rico de la Inglaterra de hoy “solo” tiene 34 veces la renta per cápita promedio del país.
En 200 años hemos pasado de 125 a 34 veces, un 25% de la desigualdad de la que tuvimos a principios del Siglo XIX y esto es una buena noticia.
Los anteriores cálculos pueden encontrarlos en un excelente libro – The Haves and the Have nots – escrito por un brillante economista especializado en temas de redistribución global: Branko Milanovic.
Presidente Mujica, Enrique Iglesias, Embajadora de España, yo he intentado replicar la parábola con literatura y personajes españoles. De inmediato se me vino a la cabeza nuestra inolvidable La Regenta de Leopoldo Alas Clarín. Pero me encontré con un problema insoluble; Ana Ozores no se enamora de un rico sino de un cura. Ahí se acabaron mis intentos.
La historia – aunque sea literaria – da pie al optimismo.
Realmente se puede redistribuir. Es lo que las economías desarrolladas llevan han estado haciendo durante buena parte de los últimos 150-200 años. La desigualdad no es monótonamente creciente.

Jose Juan Ruiz, economista Jefe de análisis y estrategia en la división Latinoamérica del BS, durante su conferencia.
La pregunta es qué puede llevar a quien tiene los recursos y el poder a admitir que se prosperen tecnologías y políticas que erosionan su flujo de renta y hasta quizás su stock de riqueza.
Mi primera respuesta es que aceptar la redistribución es un tema cultural. Un bien de lujo cuya demanda crece con el nivel de riqueza de los países y que acaba difuminándose como un tema ético. Miren a su alrededor y verán donde están los grandes filántropos del mundo. Repartir, redistribuir es una cuestión que poco a poco se ha ido incorporando al stock de valores “positivos” de la sociedad, y yo no encuentro ninguna razón para pensar que – mientras Occidente sea próspero - esa tendencia se vaya a quebrar. Soy más bien optimista. Podremos preguntarnos sobre los ritmos, pero no podremos preguntarnos sobre cuál es la dirección.
Los 10 países más igualitarios del mundo tienden a ser también los países más ricos, Según los datos de la OCDE entre los 10 países con menor índice de desigualdad en la distribución de la renta y de la riqueza están Japón y 9 países Europeos. Redistribuir es consustancial a la cultura europea.
La contracara del éxito de Europa es el fracaso de los países en desarrollo. Entre los 10 países con peor distribución del ingreso encontramos a 4 países africanos y 6 países latinoamericanos.
En nuestro continente la desigualdad es alta y conlleva alguno de los problemas de los que aquí se ha hablado hace unos minutos. La nueva cuestión es que como dijo André - y me parece muy acertada su observación – problemas que antes fueron nacionales hoy no globales. Y la desigualdad es un claro ejemplo de ello.
¿Por qué? Porque la desigualdad es un concepto relativo. Cuando analiza la distribución de la renta en términos globales es fácil observar que el 20% de los más ricos de la India tienen exactamente la misma renta per cápita que el 20% más pobre de los alemanes. O que el 20% de los más ricos de Sri Lanka no llegan a estar en los umbrales de pobreza del 20% más pobre de Francia.
Con esta perspectiva global la inferencia inmediata de política económica es que la desigualdad hoy depende mucho más de dónde naces que de la clase social en la que naces. Esto no ha sido siempre así; en la primera globalización 1870-1920 tu pertenencia a una clase social predeterminaba tu renta y tus aspiraciones. Hoy vivimos en un mundo en el que la localización determina el 90% de tus ingresos.
En otras palabras, si realmente queremos redistribuir renta tenemos que crecer. Hay que reatrapar a los países que van por delante de ti.
En América latina sabemos muy bien lo que hay que hacer para crecer: hay que evitar crisis, hay que evitar inflaciones que empobrecen a los más pobres, hay que evitar políticas financieras insostenibles, hay que evitar los déficits públicos. Hay que evitar todas esas cosas que alguna vez pensamos que era buenas por heterodoxas y que aprendimos que solo eran contrarias a la ortodoxia del sentido común y de la sostenibilidad.
Hoy sabemos que para crecer sostenidamente hay que tener y hay que cumplir las reglas y los compromisos. Hay que cumplir el Programa con el que uno es elegido porque hay que intentar evitar – por todos los medios – el desprestigio de la política y de los políticos: la desigualdad importa, pero la política también importa y las instituciones también importan.
¿Por qué digo esto? Preparando esta conferencia me tomé el trabajo de ver cuáles eran los países en los que se habían producido las mayores mejoras de sus Índices de Desarrollo Humano. En primer lugar de la lista de mejoras acumuladas en los últimos 30 años aparece China, algo que se podía esperar, el segundo país es Corea, pero a partir de aquí empiezan las sorpresas: el tercer país es Túnez, el cuarto Argelia, el sexto Egipto y el séptimo país Marruecos.
¿Qué significa este resultado? Muy probablemente que crecer no es todo. Que crecer no garantiza la estabilidad social. Como antes decíamos las instituciones, la democracia, las libertades también son elementos absolutamente esenciales de la estabilidad de la sociedad.
Sobre América Latina quiero transmitirles cuatro o cinco ideas.
Como José Luis Machinea comentó, en América Latina en los últimos diez años se ha producido por primera vez, probablemente en décadas, una mejora del nivel de igualdad en la distribución de la renta. Los tres países que más han mejorado según los indicadores de Nora Lustic, son Ecuador, Paraguay y Brasil y los tres países en los cuales no se ha producido mejora alguna son Costa Rica, Nicaragua y Honduras.
El factor que explica el 80% de la mejora de la distribución en América Latina se llama educación. Lo que ha ocurrido en los últimos años es que ha caído el premio de poseer un título universitario ya que la educación pública y gratuita ha cambiado la composición de la población activa de América Latina.
La población de América Latina hace 10 o 20 años tenía un 20% de gente que no había acabado la primaria, un 20% de gente que había acabado la primaria, un 30% que estaba en secundaria y que tenían respecto a los anteriores un salario un 15% mayor, y aquellos que habían completado la educación terciaria y obtenían el premium de la escasez. En concreto, esa prima de escasez de titulados podía suponer en un pais como Brasil hasta un 23% más de salario cada año de escolarización adicional a los 6 años de educación obligatoria.
Mi tercera observación es obvia pero hay que insistir en ella machaconamente: el cambio más importante que está ocurriendo en Latinoamérica es que el continente está creciendo por encima del promedio de los últimos 30 años. Y lo hace porque tenemos menos inflación, menos déficit, menos deuda. En definitiva, porque las cosas se han hecho más razonablemente y de forma más sostenible. Pero también porque los gobiernos han dedicado recursos a la distribución; ha habido políticas públicas, políticas estatales con un objetivo redistributivo que han tenido sus impactos.
La cuarta observación es que el ritmo al que se ha reducido la desigualdad – medida pro los Índices de Gini – es excesivamente moderado. Si Latinoamerica reduce esta brecha al ritmo que lo ha hecho en estos últimos 5 años, tardaría más de dos generaciones en llegar a los Ginis que hoy exhiben los países europeos. Hace falta más.
Y ese “más” tiene que ver con mi quinta observación. Cuando se comparan los niveles de desigualdad en Europa - en Italia, en Francia, en Alemania, España o Portugal – con los niveles de desigualdad que hay en América Latina hay que ser muy cuidadoso y concretar si las mediciones de desigualdad so antes o después de las políticas de impuestos y gastos que los países llevan a cabo.
Porque la desigualdad en Latinoamérica que según la OCDE produce el “mercado” no es muy distinta de que la que se da entre las sociedades europeas antes de aplicar el “contrato social europeo”; es decir, sus impuestos altos y progresivos, y sus generosos subsidios y redes de protección. Una vez que estos se computan los índices europeos de concentración del ingreso caen diez puntos: desde el 0,45 al 0.35 promedio. Por el contrario, en nuestra región cuando se mide la desigualdad después de impuestos y gasto público, en el mejor de los casos nada se mueve y en el peor las políticas sociales empeoran la distribución.
¿Mala voluntad? Ni modo. El drama es que nuestras políticas fueron diseñadas en otros tiempos y para otros objetivos. El grueso de las políticas y del gasto estaban designadas para un Estado que era “productor” de bienes y servicios públicos, o para un Estado que era el “Gran Planificador” y al que había que dotar de los recursos para que invirtiera y seleccionara a los sectores ganadores, o para un Estado que era “Deudor” y había que dotarle de los recursos para que honrara sus deudas. Nunca para un Estado que redistribuyera.
Esta inadaptación entre lo que tenemos y lo que querríamos tener puede ser fuente de graves errores y de mucha frustración política y social. Algunos hoy dicen”Bastaría subir los impuestos y bastaría gastar más para ser más eficaces y más equitativos”. No siempre. Quizás no en la mayoría de los casos. Cuando se analiza nuestro diseño institucional es inevitable llegar a la conclusión de que antes que nada lo que necesitamos es revisar – desde el punto de vista de la suficiencia y de la progresividad – cómo se recauda, con qué impuestos y sobre qué bases imponibles se gira la carga tributaria. Y luego, en qué se gasta.
Les voy a dar dos ejemplos.
Como todo el mundo sabe en América Latina recaudamos menos – y hablo en general de América Latina, porque todos sabemos que nada tiene que la estructura y carga tributaria de Brasil con la de Mexico - que lo que se correspondería con nuestro nivel de renta per capita. Ahora bien, no recaudamos menos porque tengamos tasas impositivas más bajas que las de nuestros competidores, sino porque tenemos un nivel de evasión fiscal y de bonificaciones y reducciones fiscales que simplemente es estremecedor. Nuestras legislaciones fiscales sencillamente hacen muy difícil – si no contraproducente – cualquier intento redistributivo a través de los impuestos.
De entrada es un problema de los gobiernos. Pero en el fondo es un problema de la sociedad. Latinobarómetro y otras empresas de opinión han analizado el grado de tolerancia de la sociedad latinoamericana a la evasión fiscal y ha encontrado que ni siquiera entre los más pobres son mayoría los que rechazan la evasión fiscal. Leen bien: en ninguno de los quintiles de la distribución de la renta se condena la evasión.
No hay grupo social en el que más de un 70% de sus miembros rechace la evasión fiscal: el 73% del quintil más rico la tolera y el 64% del quintil más pobre también la tolera. Defraudar no es un delito, defraudar ni siquiera es una mala práctica de ciudadanía. Y esto es un tema muy grave. Y todavia lo es más que muchas de las subvenciones y deducciones que hemos incorporado a nuestros códigos fiscales sean distorsionadoras y regresivas.
¿Y qué le pasa al gasto? Uno podría pensar que si “añade” más dinero público a las políticas la redistribución acabará produciéndose. Mis números me dicen que no. Y por una simple razón: porque el gasto público a quién más llega en América Latina no es a los más pobres, sino a los más ricos. Del gasto público los más pobres reciben en América Latina el 18% mientras que el 28% es el que llega a los más ricos y se preguntarán ¿por qué?
Por una sencilla razón, porque en América Latina el 50% de nuestra sociedad no está en la economía oficial: está en la informalidad. Y al estar en la informalidad no los vemos, y como no los vemos no los podemos ayuda. Este es un tema absolutamente esencial.
Mi penúltima observación es que tenemos que seguir gastando en educación. Pero sabiendo cómo y en qué. La educación primaria claramente es pro-distribución: el 30% del gasto en educación se hace en la primaria lo reciben los más pobres frente al 7.9% del gasto que reciben los más ricos. Simplemente los más ricos no mandan a los niños a la escuela pública.
En la escuela secundaria mantener la progresividad sin cambios estructurales es más difícil: los pobres reciben el 13% del gasto de este tipo de educación mientras que las clases medias y más ricas capturan el 18%. Y cuando vamos a la educación terciaria, a la universidad, todo cambia: los pobres solo capturan el 2% del gasto en Universidad mientras que el 59% del gasto está capturado por las clases medias y los más ricos.
Hay vacas sagradas de nuestros ideales republicanos y de igualdad como la gratuidad de la universidad que hay que repensárselo si realmente queremos hacer políticas de redistribución. Sobre todo si lo que queremos es una universidad no de cantidad, sino de calidad. Y
Mi último punto es que México, Chile y Brasil nos han enseñado que las transferencias condicionales – las transferencias como los “planes escola, planes familia”, como el “México posible”, el “Chile solidario” – funcionan. Que gastar realmente en quién quieres porque lo necesita es bueno, y que si se le impone cierto tipo de condicionalidad y una visión integral del gasto – educación, salud, comida, nutrición – todavia es mejor. Estos son los programas que realmente han funcionado.
Déjenme que les diga dos cosas finales.
En Latinoamérica hemos tenido muchísimos problemas con la política fiscal, muchísimos. Una gran parte de nuestras crisis, una gran parte de nuestra deuda pública, una gran parte de nuestros pobres los hemos generado equivocándonos con la política fiscal, haciendo políticas fiscales que no eran las adecuadas, haciendo políticas fiscales pro cíclicas, haciendo políticas no sostenibles. Tras el magnífico éxito de la región sobreviviendo a la Gran Recesión Global del 2008 -2010 lado no podemos abandonar la idea de que las políticas fiscales tienen que ser sostenibles.
Si queremos igualdad, tengamos políticas fiscales con instituciones, con reglas claras, que sean sostenibles y que estén mirando el mediano y largo plazo; no solo el corto plazo. Cambiemos lo que no nos sirve o no nos gusta de nuestras políticas impositivas. Eliminemos la complejidad de nuestras estructuras de deducciones y bonificaciones; ampliemos las bases; revisemos los tipos. Hagamos lo que hay que hacer pero siempre con una visión de largo plazo.
Los ingleses tienen una frase fantástica: “si no está roto no lo arregles”. Hagamos eso: arreglemos aquello que no nos funciona, pero no lo que no está roto. Porque equivocarse de nuevo nos retrasaría en la carrera del crecimiento.
Desde el lado del gasto analicemos su rentabilidad social, revisemos subsidios que no funcionan, si queremos que éste sea “pro pobres” intentemos llevarlo a las transferencias condicionales, como los programas brasileros.
Hagamos una política de transportes y energética claras. A veces se nos olvida que lo primero es no crear los subsidios regresivos que luego hay que revertir con otras políticas redistributivas de signo inverso.
Y sobre todo, creemos y consolidemos instituciones que sean capaces de producir políticas anticíclicas. No hay nada que nos haya funcionado mejor que, a lo largo de esta crisis, haber podido gastar cuando la economía se contraía. Y no hay nada mejor y más prudente cuando la economía está saliendo de la recesión y volviendo a crecer por encima del potencial que ahorrar para cuando regresen los días de lluvia.
Porque los días de lluvia volverán y a los pobres no les puedes dejar al descubierto. Ni a los pobres, ni a los ricos.
No hay atajos. Para llegar al nivel de igualdad de Suecia hay que recorrer un largo proceso de aprendizaje. Cuando era joven yo leía a un poeta que se llama Cavafis y que tiene un poema precioso que se llama “Viaje a Ítaca”. En él se mantiene que lo importante no es llegar, lo importante es el viaje.
Para este continente hoy lo más importante es empezar el viaje de la redistribución y no intentar encontrar inexistentes atajos. Es un proceso en el que vamos a invertir décadas, pero la buena noticia es que parece que el viaje finalmente ha comenzado.


























