Perú 2011: El color del poder

Infolatam
Madrid, 26 abril 2011
Por Luis Esteban G. Manrique

(Especial para Infolatam).- En América Latina, el tema de la raza suele ser un tabú, un fenómeno que genera ansiedad e inseguridad. Por un lado, se viven cotidianamente situaciones que demuestran la existencia de relaciones interétnicas desiguales y de discriminación racial, no por simuladas menos reales. Pero, por otra, las autoridades oficiales sostienen la ficción de que no se practica ningún tipo de racismo, al menos formalmente.

En pocos países de la región ello es más evidente que en el Perú, un país que el periodista francés Marc Saint-Upery describe así en su libro El sueño de Bolívar (2008): “Las top models son rubias y los apartamentos de la clase media siguen diseñándose con el imprescindible ‘cuarto de la empleada’ del tamaño de un armario de escobas, reservado a la niñera quechua o afroperuana que vive con la familia pero que come apartada en la cocina”.

En los diarios es habitual encontrar avisos de empleo en que se exige “buena presencia”, un eufemismo para referirse a la condición de ser blanco o aparentar serlo. Las paradojas son constantes: el mismo individuo puede ser considerado indio o negro desde un punto de vista social o mestizo desde otro. La fisionomía racial de una persona tiene algo de espejismo y de misterio óptico. Cuanto más elevada en la escala social, más blanca parece, cuanto más abajo, más oscura.

Esos asuntos soterrados han vuelto a salir a la luz en la actual contienda electoral peruana. Hasta hace unos años, ningún partido político solía considerar la discriminación racial o la exclusión lingüística como un tema central, aunque las complejas y muchas veces tensas relaciones interétnicas peruanas explican muchos de sus incomunicaciones y dramas políticos.

En la primera vuelta del pasado 10 de abril, un “gringo” (Pedro Pablo Kuczynsky, PPK) fue vencido por un “cholo” (el ex militar nacionalista Ollanta Humala) y una “china” (Keiko Fujimori). El trauma que ha supuesto ese giro de las cosas lo ilustra muy bien una columna de Aldo Mariátegui, director del diario Correo de Lima: “El respaldo a Humala es un voto ponzoñoso, con odio y resentimiento, de ganas de joder a quienes les está yendo bien para que nos igualemos hacia abajo (…) un voto que rechaza la modernidad cosmopolita y que anhela el paternalismo patriotero de un cachaco (militar) que les patee el culo por un lado y les regale cosas por el otro”.

El último presidente de la vieja oligarquía criolla fue Fernando Belaunde Terry (1980-85). Según un viejo adagio político peruano, el país era gobernado alternativamente “por un inca y un virrey”. Los “incas” eran militares golpistas mestizos como José Sánchez Cerro, Manuel Odría o Juan Velasco Alvarado, mientras los “virreyes” eran patricios criollos como José Luis Bustamante y Rivero, Manuel Prado o Belaunde.

Ese orden comenzó a desmoronarse con el triunfo de Alan García en 1985, un abogado de clase media heredero de Víctor Raúl Haya de la Torre, el fundador del Partido Aprista Peruano (PAP). En 1990, al candidato Mario Vargas Llosa le perjudicó mucho la imagen de supuesto representante del “Perú blanco”, de lo que se aprovechó Alberto Fujimori (1990-2000). En una de las más famosas frases de su campaña, dijo que él era “un chinito” que acompañado de “cuatro cholitos” iba a vencer a “los blanquitos”.

En una entrevista durante su campaña, Vargas Llosa dijo que quería hacer del Perú un “país europeo”, lo que recordaba incómodamente al discurso hegemónico de la llamada  “república aristocrática” para la que Europa era el único modelo digno de imitación. Con Vargas Llosa, escribieron sus más lúcidos críticos, la derecha peruana había pasado del hispanismo al cosmopolitismo sin haber comprendido la nación.

Con el triunfo de Fujimori se puso en evidencia que el Perú andino ya no reconocía autoridad moral a los patricios criollos. El voto a Fujimori indicaba apoyos abrumadores a lo largo de la sierra andina y en los distritos limeños que concentraba a la población serrana inmigrante. En 1988 en los 1.800 barrios populares de construcción y ocupación recientes de Lima y de otras grandes ciudades costeras residían ya 11 millones de inmigrantes andinos, el doble de los que seguían viviendo en las 4.885 comunidades campesinas censadas de la sierra.

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[Antauro Humala, hermano de Ollanta

En 2000, al chino le sucedido un “cholo” (como se llama en el Perú a los mestizos), el primero en ser elegido presidente democráticamente: Alejandro Toledo (2001-06). El mestizo es, casi por definición, un emergente: un inmigrante provinciano en las ciudades de la costa o procedente de un estrato social más bajo. En el tramo final de la campaña, Toledo fue desplazado entre las clases A y B (alta y media alta) por PPK, su ex ministro de Economía. No es extraño: un mestizo como Toledo suele ser considerado por las élites blancas como una figura invasora o insolente -un “arribista” o “igualado”- que se niega a ocupar su lugar social “natural”.

Esa rivalidad por el mismo espacio electoral fue fatal para ambos. Como señala Farid Kahhat: “Eran como siameses en estado crítico que compartían órganos vitales. O bien perecían juntos, o bien eran separados quirúrgicamente, sacrificando una de las candidaturas. Y ocurrió lo primero”.

Las mismas regiones –la sierra del norte y del sur, la costa meridional y la Amazonía- que votaron a Fujimori en 1990 lo hicieron por Toledo en 2000, cuando éste parecía representar también una especie de alternativa a la elite criolla, y por Humala en 2006 y 2011, lo que demuestra la consistencia de ese voto. Sin embargo, en el discurso oficial, esos conflictos no se explicitan o se admiten; como mucho se desplazan o reprimen, lo que demuestra una incapacidad de percibir lo que está a la vista de todo el mundo.

Según un estudio del Banco Mundial (BM), la pobreza entre las poblaciones indígenas y es severa y persistente: la discriminación abierta o solapada que sufre, se refleja en materia de escolaridad, salario, acceso a la salud, empleo y vivienda. Según el Índice de Oportunidades Humanas del BM, que mide la igualdad de oportunidades en el acceso a servicios sociales, el Perú está en el puesto 13 de 17 países en América Latina.

Mientras que las clases A y B suponen el 10% de la población peruana, las E y D son el 30 y el 36%, respectivamente. Un 20% de las familias carece de agua potable, desagüe y electricidad. Incluso en las ciudades de la costa, el 21% está en la clase E. La recaudación tributaria apenas llega al 14,9% del PIB, la mitad de la de Brasil. El gasto público en educación, salud, y programas sociales suma el 8% del PIB, mientras que la media regional es el 12%. En Chile es el 19% y en Brasil el 26%.

La pobreza es un problema particularmente grave en la sierra rural, donde arrasó Humala en 2006 y el pasado 10 de abril: el 66% de la población es pobre y un tercio vive en la extrema pobreza. Lima, en cambio, concentra el 30% de la población y el 80% del PIB. Para millones de indígenas, la autoridad oficial es simbólica porque viven confinados en un mundo al que las instituciones políticas, judiciales y económicas del país moderno casi nunca llegan, y si lo hacen, llegan deformadas, sólo para perjudicarlos. El Perú es el primer productor mundial de plata, el segundo de cobre y zinc y el sexto de oro, pero los departamentos andinos de Cajamarca y Cusco, grandes exportadores de minerales, tienen ínfimos niveles de desarrollo humano.

Lo que todo ello revela es una sociedad insolidaria en la que la miseria y el egoísmo son las verdaderas enfermedades. El veredicto de las urnas del 10 de abril –en el que un 53% de los electores optó por “el cáncer o el sida”, como calificó Vargas Llosa la opción entre Humala y Fujimori- fue en ese sentido, el voto de los ignorados.

También el 23% de Keiko Fujimori revela, en parte, esa actitud. Aunque visto desde el vértice de la pirámide social el gobierno de su padre se asocia con un retroceso del Estado en la economía, desde la base la perspectiva es diferente: el Estado recuperó presencia en el territorio nacional con la campaña antisubversiva, mientras que el gasto social per cápita pasó de 12 a 176 dólares entre 1990 y 1997 debido a que la presión tributaria aumentó del 7,3% al 14,1%.

La Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR) instituida por el gobierno de Toledo para investigar los crímenes cometidos en la lucha contrainsurgente de los años ochenta y noventa, que produjo 70.000 muertes –veinte veces más que las víctimas del régimen de  Pinochet y el doble que los desaparecidos argentinos- encontró que de cada cuatro víctimas, tres fueron campesinos cuya lengua materna era el quechua.

La CVR no encontró bases para afirmar que se hubiese tratado de un conflicto étnico, pero sí aseveraba que las dos décadas de destrucción y muerte no habrían sido posibles “sin el profundo desprecio a la población más desposeída evidenciado por Sendero Luminoso y agentes el Estado por igual, un desprecio entretejido en cada momento de la vida cotidiana de los peruanos”.

Javier Prado y Ugarteche, rector de la Universidad de San Marcos y que da nombre a una de las principales avenidas limeñas, se refirió en la inauguración del año académico de 1894 “a la influencia perniciosa que habían jugado las razas inferiores en América” y que el problema racial se solucionaría mediante una política de fomento de inmigraciones de europeos nórdicos.

Según Luis Alberto Sánchez (1900-92), un notable escritor y ensayista aprista: “Las elites nuestras, cerrando los ojos en cuanto no sea Europa o EE UU, resultan coloniales hasta la médula. De lo único que fueron capaces fue de crear un sistema para servirse a sí mismas de origen y fines aristocrático-nacionales”. Haya de la Torre, tras analizar el caso chileno, en un texto de 1944 ya había advertido que el mejor desarrollo democrático chileno había sido garantizado por “el patriotismo de los políticos conservadores”.

Los postulados racistas no eran meras teorías intelectuales: justificaban la expansión territorial del Estado sobre las áreas consideradas bajo la influencia de culturas “inferiores o salvajes”. El eco de esas tesis llega hasta nuestros días. En un artículo publicado en El Comercio (El síndrome del perro del hortelano, octubre de 2007), Alan García escribió que “hay millones de hectáreas para madera que están ociosas y cientos de depósitos minerales que no se pueden explotar porque hemos caído en el engaño de considerar que esas tierras –que serían productivas con un alto nivel de inversión– son sagradas y que la organización comunal es la organización original del Perú”.

Desde los años ochenta, el problema de la discriminación racial ha comenzado a abordarse con menos prejuicios a medida que los pueblos indígenas se han convertido en actores políticos y sociales relevantes. Las llamadas “naciones originarias” en los países de los Andes centrales -Ecuador, Perú y Bolivia- están generando representaciones alternativas de la nación, incluidos nuevos símbolos étnicos como la wiphala (la bandera de los siete colores del arco iris); recuperando calendarios y festividades precolombinos y nombres indígenas que ahora son utilizados por muchos padres para bautizar a sus hijos.

El 21 de enero de 2000, la wiphala fue el medio utilizado por los manifestantes de la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador (Conaie) para marcar simbólicamente la “toma” de los principales recintos del poder: el Congreso de la República, el Palacio de Carondelet y la Plaza Grande de Quito. Desde la llegada al poder de Evo Morales, la wiphala copreside todas los ceremonias oficiales y en el Perú es la bandera oficial de la ciudad de Cusco y, como tal, flamea en la alcaldía.

Inka Waskar Chukiwanka, un intelectual aimara boliviano y que luego de una larga militancia en organizaciones indianistas llegó a ser diputado nacional, podría ser considerado el Sabino Arana del neonacionalismo étnico andino. Chukiwanka se declaró “redescubridor” de la wiplaha y restaurador del “año nuevo indio”, además de atribuirse la recuperación de la escritura del milenario idioma tawa, de inventar el calendario marawata y recuperar muchos nombres indígenas.

En el Perú, Isaac Humala, fundador del llamado “etnocacerismo” y padre de Ollanta y Antauro Humala, ha articulado una ideología que sus críticos tildan de “fascismo andino”. El patriarca del clan, antiguo militante comunista fascinado por el pasado imperial inca y la disciplina militar, escribió en uno de los textos fundadores del Movimiento Etnocarerista (ME): “La especie humana tiene cuatro razas, una de las cuales está completamente apartada. La blanca domina al mundo; la amarilla tiene dos potencias, China y Japón; y la negra al menos domina su continente. En cambio, la cobriza no gobierna en ningún lado. Los blancos en el Perú son el 35% de la población y, por tanto, en un gobierno verdaderamente justo, participarían en el 30% del poder, de la economía, de todo…”

Los hermanos Humala fueron los primeros dirigentes políticos –más allá de los gestos veleidosos de Toledo- en reivindicar abiertamente el orgullo por los rasgos físicos y apellidos de origen quechua o aimara, aunque se trata de una asociación más declarativa que orgánica con los movimientos indígenas organizados. En sus inicios, el ME utilizó profusamente una simbología fascistoide: uniformes, boinas rojas, banderas, estandartes con águilas y brazaletes, en una suerte de identificación entre el uniforme y la “raza originaria”.

El ME es algo parecido a una secta: dice defender un reconstituido “código moral de los Incas” y la memoria del mariscal Avelino Cáceres, un héroe de la guerra con Chile (1879-83) que organizó milicias campesinas contra los invasores. El ME predicó el odio de los cobrizos contra los blancos del Perú, Chile, EE UU e Israel, aproximadamente en ese orden e hizo una explícita reivindicación del gobierno militar de Velasco Alvarado (1968-75), que oficializó el quechua y aplicó una reforma agraria que acabó con el latifundismo.

En octubre de 2000, Ollanta y Antauro Humala encabezaron una rebelión al mando de unos 50 soldados contra el gobierno de Fujimori, pocos días antes que éste huyera del país. El gobierno provisional de Valentín Paniagua amnistió a Ollanta, que se reintegró en el ejército. Antauro, por su parte, se dedicó a organizar al ME y el 1 de enero de 2005 dirigió un asalto a una comisaría en Andahuaylas al frente de 165 paramilitares y en el que murieron cuatro policías. Al cabo de 36 horas, se entregó a las autoridades y hoy cumple una condena de 25 años de cárcel. Tras la asonada, la policía incautó a los “etnocaceristas” 110 fusiles de asalto, 50 granadas, 60 pistolas, cuatro vehículos y miles de rondas de municiones.

Ollanta, hasta diciembre de 2004 agregado militar de la embajada peruana en Seúl, tomó distancia con el “andahuaylazo”, pero de alguna manera lo rentabilizó políticamente, lo que hace pensar a algunos analistas en una división de labores pactada entre los hermanos: uno de ellos tendría que sacrificarse para que el otro llegara al poder por la vía de las urnas.

En los Andes la figura del campesino-soldado tiene una gran fuerza simbólica al representar la idea del gobierno como ingeniería social. Hoy en la Escuela militar de Chorrillos abundan apellidos típicamente andinos –Condori, Mamani, Quispe, Huamán, Sulca- mientras que han desparecido los apellidos aristocráticos o de origen extranjero, todavía típicos en las promociones de los años setenta y ochenta: Graham, Effio, Williams, Ribbeck, Harbauer o Bamberger. Al hacerse cada vez más plebeyo, el ejército refleja mejor en la actualidad al país real y su composición étnica.

Tras su retiro del ejército, con grado de comandante, Ollanta obtuvo en París un título en Derecho Internacional en La Sorbona y se ha ido corriendo al centro con una estrategia de respetabilidad política a medida que la presidencia se ha hecho más accesible a sus aspiraciones. Además de rodearse de asesores brasileños del Partido de los Trabajadores de Lula da Silva y alejarse de Hugo Chávez, la trayectoria del grupo parlamentario humalista ha sido, en conjunto, pragmática: en los últimos cinco años ha aprobado el 90% de las leyes del Ejecutivo en el Congreso.

Para distanciarse aún más del “fascismo andino” del clan familiar, ha estrechado sus relaciones con la comunidad judía peruana. El presidente de la Asociación Judía del Perú, Isaac Mekler, terminó prestándose en 2006 como candidato al Congreso en la lista del Partido Nacionalista Peruano de Humala mientras que el millonario Isaac Galski ha sido uno de los mayores financistas de sus campañas. Hoy el portavoz del movimiento Gana Perú de Humala es Salomón Lerner Ghittis.

Una de las propuestas clave de Humala es establecer un impuesto a las rentas mineras, lo que en inglés se denomina “windfall profits”, una cláusula de contingencia que regula el monto de las regalías con base en la cotización internacional del recurso, para financiar políticas sociales en la sierra. Los sectores de izquierda que rehusaron aliarse con Humala no consiguieron siquiera un 1% en la pasada primera vuelta. Ahora, si sigue son su campaña tranquila y “lulista”, un solo apoyo explícito de cualquiera de sus tres rivales derrotados, lo hará ganar con facilidad.

La mayor esperanza de que los conflictos étnicos que desgarran la sociedad peruana puedan ser gradualmente superados puede residir en el Acuerdo Nacional, que especifica 32 políticas de Estado en el marco del Plan Bicentenario, que el país celebrará en 2021. Si Humala, Fujimori y todos los demás partidos lo suscriben, habrá una garantía de que las cosas serán administradas con ecuanimidad

3 comentarios a “Perú 2011: El color del poder”

  1. DAVID EDERY dijo:

    Excelente artículo descriptivo de una realidad en la que la discriminación se encuentra incluso dentro de los mismos andinos. Yo tuve un taller de confecciones en los años 80 y el jefe de mi taller era de Calapuja, Juliaca. Habían otros de ese mismo lugar y un día me percaté de que el jefe de taller no los trataba adecuadamente, sino con cierto tufillo de desprecio. le pregunté entonces al jefe de taller por qué no trataba mejro a sus paisanos, y me respondió con toda naturalidad que ellos eran más oscuros que él. me quedé sorprendido, pero la realidad nos ha mostrado que eso ha funcionado siempre así. hay que ver nomás a todas las artistas folclóricas con el cabello teñido de rubio. Todos los indios quieren ser blancos y no se averguenzan de teñirse el pelo o de llamarse Wilmer Quispoe, usan nombres extranjeros. Esa es la realidad.

  2. Fernando Velarde Farro dijo:

    Es el anàlisis màs inteligente y verídico que he leido sobre la realidad de mi país

  3. strange dijo:

    Me siento tan discriminado en un pais lleno de cobrizos que quieren simular ser blancos con sus malos acentos de pitucos tan venido a menos,, pelos rubios artificiales,,, etc etc etc..es la realidad .

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