Elecciones peruanas: el salario del miedo
La Tercera
Santiago de Chile, 10 de abril de 2011
Por Álvaro Vargas LLosa
“…En el Perú ya no existen equivalentes a los grandes partidos o las coaliciones con arraigo y tradición de votantes que hay en buena parte de América Latina. En esto, el país que se moderniza aceleradamente en tantos otros aspectos es todavía premoderno. Los partidos, víctimas de la desinstitucionalización atroz del Perú durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, no existen. Ni siquiera el Apra, el gran partido de Haya de la Torre, ha podido sobrevivir dignamente: en esta elección no lleva candidato presidencial y de no ser por Alan García su votación, hace cinco años, habría sido misérrima…
…No se diga nada del viejo partido -Acción Popular- del ex Presidente Fernando Belaunde o del propio Partido Popular Cristiano, que habiendo hecho un gran esfuerzo para institucionalizase ni siquiera pudo ganar la alcaldía metropolitana en Lima, en su supuesto bastión, y fue derrotado por la actual alcaldesa, una mujer admirable que no tenía ningún aparato real detrás suyo. El partido de Toledo es básicamente un montón de militantes sin doctrina ni estructura que se sentaron cinco años a esperar que Toledo regresara del extranjero a ser candidato, a ver si los arrastraba al poder. Y el de Humala es tan invertebrado que tras la última elección presidencial la mitad de los congresistas electos bajo su sombrilla lo abandonaron.
…la crisis de partidos y liderazgos nace de allí. Por tanto, la política carece de vehículos que puedan canalizar expectativas, sentimientos, ideas o simples humores sociales. Por ello, en cada elección estos elementos desbordan a los partidos y aparecen caudillos con arraigo que despiertan el temor y la incertidumbre.
Cuando en 1990 Mario Vargas Llosa fue candidato presidencial, perdió la elección por el miedo. Un miedo de dos tipos: primero, el miedo al plan económico de liberalización y privatización, paradójico cuando se vivía una hiperinflación y una parálisis económica que eran fruto de muchos años de políticas estatistas; segundo, el miedo al que la propaganda oficial había convertido en el “blanco”, el “extranjero”, el “rico”. Nadie tenía entusiasmo real y convencido por Fujimori, a quien no sólo no conocían, sino del que, además, había vagas referencias delictuosas. Pero el pánico a quedar en manos del enemigo del Perú fue más fuerte que el miedo a lo desconocido.
A comienzos de 2000 surgió Toledo… El miedo a que Fujimori se quedara para siempre lo había hecho líder. Luego, en 2001, a la caída de la dictadura, el miedo al propio Toledo, una vez que el fuego cruzado de la campaña lo despintó un tanto, hizo que cayera su voto a un tercio de la población. Se alzó en segunda vuelta con la victoria por el miedo. El miedo a Alan García, que era todavía el anticristo.
Fue, a su vez, Alan García el que cobró el salario del miedo cinco años después, es decir, en 2006, cuando, en una caprichosa carambola del destino, le tocó estar frente a Humala en la segunda vuelta. Su apoyo en la primera vuelta había sido modesto: uno de cada cuatro electores. Pero millones de personas -incluido yo- votamos por Alan García con buena dosis de angustia en la segunda vuelta, porque cabía la remota posibilidad de que hubiese aprendido la elección después de tanta calamidad, mientras que con Humala, al que Hugo Chávez apoyó y financió en ese entonces abiertamente, no había ninguna duda de hacia dónde íbamos.
… los emigrantes peruanos saben mejor que nadie lo que la combinación de sistema político democrático y economía abierta puede hacer por un ciudadano desfavorecido. Del mismo modo que en 1990 Mario Vargas Llosa ganó en el extranjero, en 2006 Lourdes Flores ganó en el extranjero, hoy ganará en el extranjero alguien que con toda seguridad no será Humala.
…Un país donde hay más de 40 mil millones de dólares en proyectos de inversión a mediano plazo ya anunciados y comprometidos precisamente por la buena fama que ha ido logrando en el mundo. Los emigrados han visto a sus familias mejorar de posición gradualmente. No es una estadística hueca que el Perú haya saltado 24 posiciones en el índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas en la última década: es una realidad que toca a familias enteras.
Una realidad palpable, pero insuficiente, por supuesto. No de otro modo se explica que Humala encabece los sondeos y que, según el último informe de Latinobarómetro, publicado esta semana en Lima, un pavoroso 52 por ciento de la población diga que respaldaría a un régimen autoritario. Pero también es una realidad con vocación de suicidio. Hay que decirlo sin ambages. No estoy entre quienes creen que los pueblos no se equivocan, que hay que comprenderlos, que la mediocridad de los sevicios públicos o la lentitud con que los beneficios del progreso llegan a ciertos sectores de la población son atenuantes moralmente válidos en una decisión tan claramente irracional como volver al fujimorismo o entregarse a la aventura humalista.
Bajo Fujimori, el Perú nunca exhibió logros económicos comparables a los actuales y, en cambio, supuso los traumas profundos que sabemos. Y, aunque se trate de una opción no probada, el hecho de que el Perú, como casi uno de cada tres electores indica en los sondeos, quiera entregarle el poder a Humala, teniendo evidencia diaria del desastre por el que pasa Venezuela, es un acto autodestructivo”.


























