¿Quo vadis Brasil?

Washington Post Writers Group
Washington, 6 de abril de 2011
Por Álvaro Vargas LLosa

“…el gobierno del ex Presidente Lula da Silva, que merece parte del crédito, eludió modernizar el laberíntico y clientelista sistema político brasileño, cuyas estructuras federales, estatales y locales se superponen. Y sucumbió a la superstición de que el poder económico proviene de la promoción estatal de grandes campeones industriales. Como muestra Mansueto Almeida en su libro “O Novo Estado Desenvolvimentista e Governo Lula”, decenas de miles de millones de dólares fueron canalizados a ciertos productores de carne, celulosa, mineral de hierro, petróleo, etc. El Banco Nacional de Desarrollo (BNDES) fue el principal instrumento. Incluso financió adquisiciones internacionales. Los productores de carne JBS y Marfrig recibieron ingente ayuda.

Inevitablemente, el modelo produjo resultados mediocres y corrupción. La Caixa Económica Federal, otro gigantesco instrumento financiero del Estado, compró o subvencionó a bancos y empresas constructoras. Beneficiarios como el Banco Panamericano terminaron involucrados en escándalos de fraude. Otros, como el Frigorífico Independencia, donde el BNDES también “invirtió” recursos, se volvieron insolventes. Queda por verse qué traerá del aumento de la participación del Estado en Petrobras.

El resultado ha sido triple. Primero, una colosal factura fiscal. La nueva Presidenta, Dilma Rouseff, ha anunciado 50 mil millones de dólares en recortes (para apoyar su campaña electoral el año pasado, vaya ironía, Lula aumentó las transferencias discrecionales a los gobiernos estatales y locales en un 51 por ciento). Segundo, las industrias de “commodities” –la vieja economía— han empequeñecido a las de servicios. Tercero: como el gobierno dictó la naturaleza de la expansión económica, las empresas desatendieron la inversión en investigación y desarrollo. Según la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, las solicitudes de patentes brasileñas cayeron un 20 por ciento el año pasado en comparación con incrementos del 50 por ciento en China y 20 por ciento en Corea.

Por culpa de este énfasis en grandes campeones industriales, Brasil no trató de corregir la desconexión entre los centros de investigación académica y la economía productiva. Si bien Brasil está entre los once países líderes en ciencias —un 2,4 por ciento de los artículos publicados en revistas científicas están escritos por brasileños—, anda muy por detrás en producción de tecnología. Sólo hay veintitrés ingenieros por cada diez mil personas; en el pequeño Israel hay tres veces más.

En la década de 1990, el Gobierno consumió un cuarto de la riqueza nacional. Hoy consume el 40 por ciento…

Hay algunos indicios de que Dilma Rousseff entiende esto. Está preparando la segunda versión de la Política de Desarrollo Productivo. La primera versión engendró el sistema descrito anteriormente. Pero la Presidenta dice desear, esta vez, más disciplina fiscal, menos campeones industriales, más innovación y servicios en la economía privada. ¿Aceptará que para lograr esto su gobierno debe retirarse de los espacios que su predecesor invadió durante la última década? Su partido, una mezcla de centro-izquierdistas y radicales, ¿la dejará? Lula, que goza aquí de una condición semi-divina ¿lo consentirá?

Si la respuesta es no, el ascenso de Brasil al primer mundo no ocurrirá muy pronto”.

Extracto del artículo publicado por The Washington Post Writers Group

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