Impresiones Personales acerca de las secuelas del terremoto en Japón

Infolatam
Washigton, 18 de marzo de 2011
Por Claudio Loser

El maremoto asoló parte de la costa norte de Japón

Con un colega, teníamos planeado visitar Tokio para un seminario de apoyo técnico esta semana, e inmediatamente después del terremoto, las autoridades nos pidieron de realizar la visita. El trabajo de ayuda externa de la agencia debe continuar, nos explicaron. Aceptamos el pedido por este sentido de responsabilidad y estuvimos en Tokio por varios días, tras los cuales acordamos partir temporariamente debido al inflado  posible peligro de radiación de las fallidas plantas nucleares de Fukushima.

Llegue con bastante aprehensión, dadas las condiciones existentes. Pero aun en condiciones difíciles para el país, la experiencia vivida ha sido sorprendente y solamente me lleva a desarrollar un profundo sentido de admiración por el pueblo japonés.

Al llegar al aeropuerto de Narita lo más sorprendente fue el grado de normalidad y eficiencia que se notaba en el personal y en las instalaciones. Es cierto que Tokio había sido sacudido por el terremoto, pero yo no vi ningún  síntoma visible de daño, contrariamente a lo reportado en la prensa, salvo dos personas durmiendo en sus bolsas de dormir. Se me cayó un bolso pequeño y corrieron a entregármelo. El tren a Tokio funciono perfectamente y salió puntualmente, aunque con pocos pasajeros y llegó igualmente a hora. El servicio de taxis no tuvo ningún problema y la cortesía japonesa se notaba en todos lados.

El hotel estaba demasiado tranquilo por cierto, pero con servicio impecable. Era domingo y salí a caminar por las calles cercanas, en el barrio de Akasaka. Grupos de jóvenes caminaban por las calles viniendo de restaurantes y bares y el tráfico era ligero  pero ordenado. Comí con tranquilidad sin experimentar faltas en comida y nuevamente con gran orden.

Durante toda mi estadía sufrí  como todos los  remezones posteriores al terremoto, algunos de ellos muy intensos y prolongados. No eran golpes menores y la adrenalina me subía, pero la disciplina de los ciudadanos se mantenía intacta y no porque fuesen indiferentes a los movimientos de la tierra. Eso lo observe en la calle, las oficinas, y en los medios de transporte públicos.

En el seminario interno de JICA solamente encontramos interés y cortesía, claro que dentro de un marco de preocupación. Los funcionarios expresaron su agradecimiento por nuestra presencia.  Pero como lo habían insinuado, el objetivo era realizar el trabajo y a eso nos avocamos. Trabajamos duro y los temblores solamente interrumpían la actividad por pocos minutos. Hablamos de temas áridos como programación financiera y evaluación de estabilidad de deuda, y los participantes, mayormente jóvenes prestaban   gran atención. Durante nuestros recreos almorzamos austeramente en la cafetería (No había disponibilidad de mucho platos) y manteníamos el uso de las luces en lo mínimo indispensable.

Conversamos de las circunstancias y las preocupaciones eran las que todos nosotros podríamos tener en el  Oeste. Pero de todos modos el sentido de responsabilidad se notaba en todos lados, con la única concesión que el trabajo terminaba una hora antes por menor frecuencia de trenes para ahorrar electricidad. Pero no había ni números importantes de gente ausente ni percepción de pánico. Después de algún cabildeo al fin de la primera parte de nuestro trabajo tomamos en conjunto la decisión de partir después de tres días de estadía. La principal preocupación de nuestros interlocutores era nuestro  bienestar y el de nuestras familias, todos signos de gran generosidad.

Tras una noche agitada por temblores, partí al aeropuerto. Luego de  un viaje  largo pero ordenado, en Narita encontré escenas de mayor desorden y cantidades importantes de gente que viajaba o quería viajar. Sin querer emitir juicios, noté que la gente más agitada y que parecía no respetar  las “colas” eran de China (yo curioseaba sus pasaportes) y en menor medida gente del Oeste, mostrando un menor nivel de civismo que los locales. Pero el personal del aeropuerto mantenía calma y profesionalismo.

Mientras el avión ascendía en rumbo a Washington ciertamente sentí alivio y algo de culpa. Pero fundamentalmente partí con un reiterado  respeto por el pueblo japonés, por lo menos como yo lo he percibido. Tengo el convencimiento que una vez solucionado el drama nuclear, podrán levantarse nuevamente y retomar su rol, muchas veces menospreciado en los últimos tiempos, pero cuya base vi claramente en estos tensos días en Tokio.

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