Un comienzo prometedor

The Economist

Por The Economist (Reino Unido)

¿Pero una buena administración será suficiente para la nueva presidenta de Brasil?

Dilma Roussef en The Economist

Dilma Rousseff ganó las elecciones de Brasil el año pasado más que por sus propias cualidades porque su popular predecesor y mentor político, Luiz Inácio Lula da Silva, animó a sus votantes a elegirla. Puesto que nunca había ocupado antes cargos elegidos por votación popular, nadie estaba seguro de en qué tipo de presidente se convertiría. A algunos brasileños (y a este periódico – The Economist-, que apoyó a su rival) les preocupaba que ella pudiera representar una ideología de izquierdas más rígida que la pragmática de Lula. Pero lo que se ha visto tras sus primeras seis semanas en el cargo es tranquilizador.

Bajo el mandato de Lula, Brasil asistió a un rápido crecimiento, un progreso social impresionante, pero poco o nada de la reforma de los impuestos gravosos y la burocracia. En el extranjero, una política activista le concedió nuevo peso y una nueva crítica. Rousseff llegó al poder sobre una plataforma de continuidad. Pero ella también ha heredado una economía sobrecalentada, con una inflación que calienta motores y con los empresarios preocupados por la fuerza del real. Ella sabe que será juzgada en parte en función de que los aeropuertos de Brasil, los estadios y los transportes estén listos para el Mundial de Fútbol de 2014.

Rousseff es una persona muy distinta a Lula. A falta de su calidad de estrella,  ha evitado ser el centro de atención. Pero todo lo que hasta ahora ha dicho y hecho ha sido claro y bien acogido. Echó por tierra la idea de que sería suave respecto a la inflación. Su equipo ha señalado rápidamente la necesidad de cierta austeridad presupuestaria después de los dos últimos años de despilfarro de Lula. Ella, con razón, quiere centrar su política social en la eliminación de la pobreza extrema (que todavía afecta a uno de cada diez brasileños), además de mejorar el sistema de salud y la educación. Y tiene razón también al querer buscar reformas fiscales y políticas, a pesar de que esos premios los eludieron Lula y su predecesor, Fernando Henrique Cardoso.

El cambio más inmediato ha sido el tono de la política exterior. Lula tuvo predilección por abrazar a dictadores, desde el de Cuba, Fidel Castro, hasta el de Irán, Mahmoud Ahmadinejad. La decisión de Brasil de votar en contra de la resolución de Naciones Unidas de endurecer las sanciones contra el programa nuclear iraní estuvo mal vista y no hizo nada para avanzar en su reivindicación de un puesto permanente en el Consejo de Seguridad. Por el contrario, Rousseff ha criticado la represión en Irán, ha hecho hincapié en su compromiso con los derechos humanos y ha dicho que quiere “profundizar” en las relaciones con los Estados Unidos. Esto equivale a un reequilibrio de la política sin apartarse de la jurisprudencia de Brasil para la reforma de la gobernanza global.

La madre de las batallas reformar el estado

Pero los brasileños la juzgarán respecto a la economía. ¿Puede sostener un crecimiento más rápido sin sacrificar la estabilidad económica? La tarea no es fácil. Esta semana ganó una importante batalla sobre el salario mínimo: ella quiere limitar su aumento, porque tendría caros efectos en cadena sobre las pensiones. Su plan de gobierno para buscar recortes de 50 mil millones de reales (30 mil millones de dólares) en el presupuesto inflado puede ser insuficiente y difícil de implementar. Pero al menos está luchando en la dirección correcta.

Lo importante es que Rousseff debería ver esa lucha como el primer paso en una larga campaña por racionalizar un estado barroco y retirar los obstáculos que dificultan la competencia de las empresas brasileñas. Las señales son buenas. Más que una negociación con los altos cargos de las empresas y organismos estatales con sus aliados en el Congreso, quiere nombrar a los mejores. El Gobierno propone que se separe a los aeropuertos de la mano de la fuerza aérea y se atraigan inversiones privadas. En Brasil, los mercados de capital en auge están preparados para ayudar.

Rousseff intenta claramente ser una administradora eficiente. Lo que pondrán de manifiesto los próximos meses es si también tiene habilidades políticas para sacar adelante la reforma de su gran, y voraz al mismo tiempo, coalición en el Congreso. Ella tiene los ingredientes necesarios para ser una buena presidenta. Pero las verdaderas pruebas están aún por llegar.

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