México, seguridad y transición ética

El País (España)
Madrid, 7 febrero 2011
Por Joaquín Villalobos

El crimen organizado ha sido golpeado como nunca en la historia de México, sin embargo, algunos piensan que enfrentar a estos criminales es “alborotar un avispero”. Consideran que sería más efectivo negociar con los delincuentes, o creen posible una estrategia sin sacrificios. Esto, para lidiar con criminales que poseen miles de millones de dólares, territorios, cultura propia, miles de bandidos armados y una extensa base social resultado de la intimidación y el dinero. Como me dijo una vez el obispo mártir salvadoreño, monseñor Romero, refiriéndose a esfuerzos inevitables: “No se puede limpiar una cloaca sin tener que soportar el mal olor”.

Se dice que sería mejor legalizar las drogas, pero, si no fue posible legalizar la marihuana en California, el Estado más hippy del mundo, pretender consensos para legalizar todas las drogas en todo el mundo es por ahora utópico, aunque sea deseable. Es menos difícil reducir el poder de los criminales, fortalecer las instituciones y combatir la complicidad social con el delito. Negocios ilícitos van a seguir existiendo. Si no se puede acabar con el virus, hay que fortalecer las defensas.

Durante años México fue un país seguro con policías corruptas, eran parte del folclor. La seguridad descansaba en el control social del viejo régimen político. El crimen organizado era un problema local, estático y de poca monta que administraban las policías; ahora el crimen organizado es un problema global, expansivo y de grandes proporciones. Hace 10 años no existía crimen organizado en Guatemala, ahora domina ese país. La ruta de la droga hacia Estados Unidos cambió del Caribe hacia Centroamérica y México. En Estados Unidos se levantó la prohibición a la venta de armas automáticas. Los carteles mexicanos pudieron así enriquecerse, armarse y comprarse a las policías locales. Como un anuncio de la violencia que venía, los policías comenzaron a aparecer sistemáticamente involucrados en secuestros y asaltos. Los zetas, militares pertenecientes a la unidad de combate al narcotráfico, terminaron convertidos en un cartel. Los 35.000 muertos son proporcionales al vacío de autoridad provocado por 20.000 policías depurados por corrupción. Recuperar instituciones de seguridad en manos de delincuentes no es igual que despedir burócratas, estos matan para defender su posición.

Hay crimen organizado cuando el Estado es cooptado por delincuentes y esto ocurre al convivir con criminales que terminan de patrones de policías y militares. Colombia convivió con “paramilitares, carteles y narcoguerrillas y terminó en una guerra que ha dejado más de 200.000 muertos. En Guatemala la seguridad privada tiene tres veces más hombres que la policía y el Ejército juntos, y vive bajo un violento régimen feudal de carteles, Estado y ejércitos privados de empresarios. El crimen organizado no es un herpes, es un sida. La pérdida del monopolio de la fuerza por el Estado deriva invariablemente en violencia.

En México, la corrupción resolvía problemas funcionales y distribuía rentas en toda la pirámide social. Mientras en Latinoamérica los sindicalistas eran asesinados, en México se volvieron ricos y poderosos. El Estado derramaba dinero a muchos sectores y cooptar antes que reprimir era la norma. La cultura mexicana habla de esto cuando dice: “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”; “un político pobre, es un pobre político”; “el que no transa no avanza”; “policía que quiere llegar a viejo, debe hacerse el pendejo”, etcétera.

El crimen organizado no era considerado malo, sino inevitable. Ahora se culpa de la violencia a las operaciones de las fuerzas federales y no a la descomposición moral y social precedentes en policías y comunidades. Es la crisis del anterior modelo de “administración del delito” y la pérdida de funcionalidad de los viejos antivalores el problema  principal. México necesita cultura de legalidad; requiere más inteligencia y menos viveza; más civismo y menos cinismo; solo así podrá construir una barrera moral entre sociedad y delito. Si ahora transa no avanza. Los colombianos descubrieron quiénes eran los malos cuando la violencia les llegó a todos; antes de eso los traquetos, como llamaban a los narcos, eran personajes muy populares.

Mientras algunos capos son tratados como estrellas mediáticas, no hay en México reconocimiento social a los policías y militares que cumplen su deber, cuando es el respeto de la sociedad lo que los dispone a aceptar sacrificios y les ayuda a que descubran que la honestidad es un valor rentable. En El Salvador y Nicaragua ni las policías, ni los ejércitos han podido ser cooptados por el crimen organizado, a pesar de tener menores salarios que en México. Su doctrina y ética fueron reformadas por las guerras civiles y algo similar ha ocurrido en Colombia, donde ahora se define al policía como “un ciudadano formador de ciudadanos”. El policía abusivo, ignorante y corrupto, termina convertido en delincuente en cualquier país. Para controlar la violencia y mejorar la eficacia es indispensable ahora la reconstrucción y transformación ética de las instituciones de seguridad. Lograr esa reconstrucción es el reto para políticos, académicos, empresarios y toda la sociedad. Ese es el centro del debate, no las propuestas veladas de negociación con delincuentes, o la búsqueda de caminos fáciles para resolver un problema tan difícil.

Artículo remitido por el autor y publicado en El País (España)

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