Piñera a un año de su victoria

Infolatam
Santiago, 13 de enero de 2011
Por Patricio Navia

En un año repleto de acontecimientos inusuales, Sebastián Piñera ha logrado consolidarse en el poder en Chile, mostrando una combinación saludable de cambio y continuidad con sus predecesores. Pero para que su cuatrienio sea considerado exitoso, Piñera deberá iniciar una ofensiva en su segundo año de gobierno que construya un legado más claro y que aborde algunos de los complejos problemas que enfrenta Chile en su etapa actual de desarrollo económico y consolidación democrática.

El 17 de enero de 2010, Sebastián Piñera se convirtió en el primer presidente de derecha en Chile desde la dictadura militar de Augusto Pinochet. Luego de 20 años de 4 exitosos gobiernos de la centro-izquierdista coalición Concertación, que consolidaron la democracia y profundizaron el modelo de libre-mercado, poniendo un énfasis especial en la superación de la pobreza, Piñera llegó al poder principalmente por el cansancio de la gente con la falta de renovación de líderes en la coalición oficial y por el agotamiento de las ideas que inicialmente impulsaron a la Concertación y que fueron exitosamente implementadas en el periodo más exitoso en la historia del país.

Piñera también ganó porque supo dosificar adecuadamente un mensaje de cambio en un contexto global de continuidad. En un país que ha crecido y se ha desarrollado, con un número creciente de personas entrando a la clase media y con una red de oportunidades expandiéndose y una red de protección social más desarrollada, resultaba difícil para un candidato de oposición ganar prometiendo solo cambio. En un país donde las cosas han funcionado bien, un mensaje de cambio puede producir más rechazo que aceptación. Pero enmarcado en un contexto de continuidad en la hoja de ruta, el mensaje de cambio con un énfasis en avanzar más rápido representa una brisa de aire fresco que es bien recibida por la población. Por eso Piñera logró ganar la elección en enero de 2010.

Pero como era el primer presidente de derecha desde Pinochet, ya que es uno de los empresarios más acaudalados de Chile y representa a un sector social poco permeable, marcado por posturas católicas bastante conservadoras, durante su primer año, Piñera tuvo que enfrentar una serie de fantasmas para poder salir bien parado.

El primer fantasma era el legado de la dictadura militar. Afortunadamente, porque nombró ministros y autoridades más jóvenes, que no estuvieron involucradas directamente en la dictadura, Piñera logró sepultar rápidamente el fantasma de Pinochet. La memoria de la dictadura, dolorosa en su legado de violaciones a los derechos humanos, ya es parte de la historia. Eso le hace muy bien a Chile y mejora las posibilidades electorales de la derecha chilena de cara a las elecciones presidenciales de diciembre de 2013.

El segundo fantasma es el temor histórico de que la derecha gobernará para los ricos y para los grandes empresarios. Ya que la economía chilena creció saludablemente en 2010 (5,8%), la activa creación de empleos (un récord histórico de 300 mil en un año, aunque la definición de empleo se modificó para hacerla más incluyente) y el plan de reconstrucción post terremoto ayudaron a mejorar las expectativas económicas. El gobierno también ha anunciado muchas—e impulsado algunas—iniciativas pro-competencia que debieran facilitar el crecimiento y ayudar al emprendimiento y el desarrollo en la clase media. Aunque ahí falta bastante por avanzar, el gobierno puede usar el argumento que la necesidad de enfocarse en la reconstrucción post terremoto ha retrasado algunas de las iniciativas pro-competencia que Piñera prometió como candidato. Adicionalmente, el gobierno ha mantenido la red de protección social implementada por los gobiernos de la Concertación, lo que ha reducido los temores de algunos sectores de bajos ingresos que históricamente asociaron a la izquierda con la protección social y a la derecha con las políticas draconianas de chorreo de la dictadura militar.

Un tercer temor era a una reacción conservadora, impulsada por los sectores menos tolerantes de la iglesia católica, muy influyentes en la clase alta chilena. Pero el gobierno ha demostrado un saludable pragmatismo. Las polémicas que se han suscitado sobre la reacción conservadora han estado circunscritas a personeros puntuales que, por cierto, han sido sancionados (e incluso removidos) por impulsar posturas de intolerancia y por no respetar la diversidad de credos y la separación de la iglesia y el estado. La propia evolución de la sociedad chilena ha permitido que, en un gobierno de derecha, se discuta abiertamente la posibilidad de legalizar el aborto terapéutico y las uniones civiles para parejas del mismo sexo. Aunque todavía falta mucho por avanzar para hacer de Chile un país más tolerante, con instituciones que acepten la diversidad, difícilmente se podría acusar a Piñera de haber propiciado una marcha atrás en la ruta de creciente tolerancia y diversidad por la que lentamente ha avanzado Chile desde el retorno de la democracia.

Un cuarto, y último, temor era sobre la capacidad del Presidente, y por extensión de su gobierno, de separar los intereses empresariales de la política. Ahí el gobierno ha quedado claramente al debe. El propio Presidente se demoró en forma excesiva en vender sus acciones en la aerolínea LAN (donde era uno de los socios más importantes), su canal de televisión Chilevisión y su participación de un 12,5% en Colo-Colo, el equipo de fútbol más popular del país. Un crítico del presidente lo resumió diciendo que Piñera es rápido para todo, menos para deshacerse de sus intereses empresariales.

Esta lentitud del presidente en crear un cortafuego adecuado entre la política y los negocios parece haberse extendido al resto del gobierno y ha alimentado sospechas y acusaciones de que este gobierno no pasa el examen de percepción de probidad. Aunque el jurado todavía no llega a un veredicto final en este tema, claramente aquí Piñera ha sido menos exitoso—y más decepcionante—que otros ámbitos.

En general, porque el gobierno de Piñera ha privilegiado el pragmatismo y la gradualidad por sobre los dogmas e ideologías, el suyo ha sido un gobierno con elementos de cambio (algunos promisorios, otros menos satisfactorios) en políticas específicas en un contexto general de continuidad en la hoja de ruta por la que ha avanzado en país en estos 20 años. Algunos de sus críticos lo catalogan como el quinto gobierno de la Concertación. Aunque esa clasificación busca ser un insulto, dado lo que ocurrió en Chile en los 20 años de Concertación, Piñera se debería sentir halagado. Si la Concertación fue una coalición de centro-izquierda que gobernó con políticas moderadas y de centro, Piñera lidera un gobierno de derecha que también ha tomado las banderas de la moderación y del centro para gobernar durante el primer año de su cuatrienio.

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