Tres interrogantes tras la muerte de Kirchner

América Economía
Buenos Aires, 30 de octubre de 2010
Por Julio Burdman

“…La primera interrogante es la reacción social. Después de Kirchner, el soberano vuelve al primer plano. Dadas las condiciones extraordinarias de su acceso al poder, él ostentó la peculiaridad de ser el constructor de su propia legitimidad. Se respaldaba en un módico puñado de votos, y en las alianzas que cerraba desde el ejercicio del gobierno. Eso explica, en parte, la heterogeneidad de la coalición kirchnerista. Esa etapa terminó. Ahora, los políticos vuelven a su “carril normal”: valdrán lo que midan.

¿Quién será, ahora, el/la líder más popular? Sin Kirchner, se abrirá una nueva instancia de evaluación del gobierno y la oposición por parte de la sociedad. La aprobación y el liderazgo de Cristina cobrarán forma recién en los próximos 30 ó 60 días -las próximas semanas serán de duelo personal-, y dependerán de la actitud que asuma. Si demuestra entereza y capacidad de reponerse a este duro golpe, y recupera la iniciativa política, indudablemente eso será bien valorado por la opinión pública, aún entre quienes lo hicieron por la oposición en 2009. No le resultará fácil, ya que acaba de perder a su aliado político y su sostén personal. Coraje nunca le faltó. Lo mismo se aplica al resto de los presidenciables: la tabla de imagen de las encuestas de fin de año serán decisivas para las coaliciones del 2011.

La segunda es la vacancia que deja Kirchner como operador político del oficialismo. La líder es ahora Cristina. En una segunda línea, queda por ocupar la función de articulación de la coalición que Kirchner ejercía desde la presidencia del Justicialismo. Podemos imaginar un escenario en el que las principales autoridades del Frente para la Victoria se coordinan en apoyo de la gestión: el gobernador Daniel Scioli como nuevo presidente del partido a nivel nacional; el sindicalista Hugo Moyano como líder de la CGT y presidente del peronismo bonaerense; el ministro Aníbal Fernández como jefe de gabinete; el secretario Carlos Zanini como consejero político, y los líderes de los bloques legislativos del oficialismo, entre otros, trabajan para que el gobierno se recupere de este fuerte golpe emocional.

La tarea inmediata de estos líderes conmocionados sería demostrar a la dirigencia que el gobierno funciona con o sin Kirchner. El escenario alternativo, es el más temido por los kirchneristas: que esa coordinación no se produzca, o que apunte en otra dirección, instalándose la idea de que el oficialismo no se repone de la muerte de Kirchner. Entre ambos, hay matices y variantes intermedias.

La tercera interrogante es el gerenciamiento de la política económica. La afiebrada estampida de los títulos argentinos, tras el fallecimiento de Néstor Kirchner, puede ser una efervescencia engañosa, ya que su deceso trajo más incertidumbres que certezas. Desde la salida de Lavagna, todos los economistas y empresarios creyeron que Néstor Kirchner, a quien consideraron el presidente con mayores conocimientos de economía que se recuerde -pese a su falta de entrenamiento formal-, era el tutor político de la política monetaria y fiscal. Desde 2003 y aún durante el gobierno de Cristina.

El activo de Néstor Kirchner, antes que haberlo sido, fue haber convencido a los agentes económicos de que lo era. Nadie creyó lo mismo de Alfonsín o Menem, a pesar de que éste último reclamaba ser “el padre de la criatura” cuando hablaba de la convertibilidad. El aura de inteligencia y viveza política de Kirchner, quien de la nada y con solo el 22% de los votos se convirtió en el más poderoso; su fama de abogado rápido para los números, y otros imaginarios similares, posibilitaron la difusión de esa idea inédita, que guardaba un doble significado: la política económica era “poco sofisticada”, de “almacenero”, pero estable y políticamente conducida.

Esa rústica garantía ya no está. Y nadie creerá que la presidenta sea igual a su marido en esta materia. Pero ella puede aprovechar la oportunidad para crear un Consejo Nacional de Asesores Económicos (CNAE) como el que estableció Clinton en la Casa Blanca, a mediados de los 90, con Joseph Stiglitz. Una idea que, años después, replicaron países como Gran Bretaña e Israel…”.

Extracto del artículo publicado por el diario América Economía

Comentar esta noticia

 

Cambiar a versión móvil