No hubo milagros
La Segunda
Santiago de Chile, 19 de octubre de 2010
Por Jorge Edwards
“He seguido a lo largo de años, en períodos diferentes, las noticias de Chile en Francia y en Europa. A comienzos de la década de los sesenta, salían algunas líneas cada tres o cuatro meses. Después aumentó el espacio, pero casi siempre para dar informaciones tristes, malas, inquietantes: muerte de Salvador Allende y de Pablo Neruda, bombardeo de La Moneda, campos de detenidos, desapariciones. Hubo algunas luces después del plebiscito presidencial y de la transmisión del mando, situaciones no muy bien interpretadas, en la mayoría de los casos. Ahora, el episodio de los mineros atrapados en la mina San José rompió todos los esquemas. En toda Europa, y en todo el resto del mundo, por lo demás, se siguió el caso con emoción, con asombro, y al final con admiración no disimulada……
Me preguntan por la minería del norte de Chile, por las condiciones de trabajo, por el estado de las minas. ¿Soy partidario de mejorar radicalmente esas condiciones? Por supuesto que sí: la enorme mayoría del país es partidaria del cambio, de la modernización y la humanización de la minería. Pero no todas las minas son comparables a la del derrumbe. También, en honor a la verdad, tengo que decir que hay grandes minas modernas, de última tecnología.
El rescate de los mineros, me dice el entrevistador, es un milagro. Lo más interesante del caso, contesto, consiste precisamente en que no es un milagro. Los mineros se organizaron en forma impecable, dividieron su trabajo con eficacia, mantuvieron la moral muy alta. Entre ellos había un joven boliviano y lo trataron como a un hermano. El más experimentado y maduro tomó la dirección del grupo y su autoridad nunca fue desconocida. Otro se dedicó a enseñar juegos de naipes y a contar historias: asumió la tarea del animador, del «entertainer», sin que nadie se la discutiera. El Gobierno, entretanto, tuvo una reacción rápida.
Nadie pidió que le escribieran un informe técnico o consultó a la Contraloría General de la República. Se actuó sin la menor burocracia, sin saber de qué ítem presupuestario saldría el dinero, dejando el papeleo para más tarde. Y el ministro de Minería, el señor Golborne, se internó con un par de ayudantes en la salida principal de la mina, hasta llegar a cuatro kilómetros de la salida, hasta la roca que se había derrumbado, y comprobó que en el interior había aire respirable y probables sobrevivientes. ¿Habrá un aprovechamiento político de la situación?, me preguntó después, por la radio francesa, una periodista muy pronunciada y puntete (como decimos nosotros). La pregunta parecía inteligente, aguda, y creo que no lo era tanto. Aprovechamos todos, le dije, y pensé que lo importante del caso residía justamente en otra cosa. En que fue una acción donde intervinieron muchos, donde se actuó con la cabeza y con el corazón, con sentido de la adaptación y la flexibilidad, con análisis razonables, certeros. Hubo gurúes, adivinas, curanderos, charlatanes de toda especie, y la salida de la mina tendió a convertirse en una extraña feria, pero el trabajo verdadero, serio, iba por otro lado. En resumidas cuentas, no hubo milagros de ninguna clase, los curanderos y las adivinas sobraron, y eso fue lo más interesante de todo”.


























