Potestas sine auctoritas
Tal Cual
Caracas, 25 septiembre 2010
Por Ibsen Martínez
Hugo Chávez encarnó en un tiempo, entre otras ideas, la del “autócrata competitivo”, figura muy propia de las democracias no-liberales descritas brillantemente por el politólogo estadounidense Fareed Zakaria. Hablo del autócrata que, amartillando su popularidad sin límites, acude a elecciones como candidato una y otra vez… hasta que comienza a perderlas y le da por modificar las reglas del juego.
Hay sólo una una razón para este cambio de actitud: el tiránico designio de perpetuación en el poder está reñido con el principio de alternabilidad; esto es, de leal competición con aspirantes adversarios.
Quienes han estudiado a fondo el chavismo como fenómeno que singulariza la llamada “reacción neopopulista” a las fallidas reformas liberales, ensayadas en nuestros países a comienzos de los años 90, están de acuerdo en que un momento decisivo en la carrera política del caudillo venezolano fue aquel en que le convencieron de recorrer la vía electoral. Su plan original, concebido y acariciado por sus conmilitones en la conjura del Samán de Güere, era muy otro. Bárbaramente muy otro.
El intento de hacerse del poder con un acto de fuerza fracasó en toda la línea. No ofrezco al lector ninguna novedad al decir que el fiasco del 4 de febrero de 1992 sirvió, sin embargo, para darle a Chávez una muy especial visibilidad personal y política en momentos en que el bipartidismo ya hacía tiempo estaba en bancarrota. Con un poco de esfuerzo, el lector podrá recordar también que, en efecto, hubo un tiempo en que Chávez fue, él también, profeta abstencionista y que, mientras lo fue, estuvo confinado al subsuelo de las encuestas.
La sabiduría convencional criolla atribuye a Luis Miquilena el haberle sacado del error y puesto sobre los rieles de una política electoral.
Durante más de una década hemos tenido decenas de elecciones. Hubo un tiempo en que al convocarlas y ganarlas monótonamente con ventajismo, sí, pero es preciso reconocer también que el fervor de la mayoría estuvo indiscutiblemente muchas veces con él y que la oposición abdicó en 2005, Chávez encarnó el autócrata competitivo de que hablaba más arriba: aquel que no teme medirse con el adversario, prevalido de su abrumadora mayoría.
Sólo que sus triunfos han sido invariablemente interpretados por Chávez y los suyos como un claro mandato para llevar adelante proyectos y políticas que la mayoría de los venezolanos, notablemente muchos de sus simpatizantes, encuentran repudiables.
Sólo cuando Chávez y los suyos comenzaron a perder elecciones importa en un día como hoy recordar que no es en absoluto invencible comenzaron las contorsiones, las trapisondas encaminadas a restarle potestades y recursos a los gobernadores y alcaldes triunfadores en la porción más urbana y poblada de Venezuela. El autócrata dejó de ser competitivo puesto que ya no estaba ni se sentía ya “sobrado”, pese a la pugnaz y cuartelaria retórica supremacista que no ha abandonado hasta ahora.
Al desconocer con soberbia los indiscutibles triunfos electorales de la oposición en 2007 y 2008, precisamente en territorios que se tenían por inexpugnables bastiones del chavismo, Chávez pudo aumentar espuriamente su esfera de poder sin contraloría ni contrapesos constitucionales. Pero con ello comenzó a perder algo que, en cualquier circunstancia, es tan imprescindible para el gobernante como el poder: la autoridad.
Algo sabían los antiguos de estas cosas y por ello para los republicanos de la Roma clásica la “potestas” no era más que el poder que se desprende de una posición de supremacía. Pero nada es éste si no cuenta con la imponderable magia de la “auctoritas”: esa cualidad de la que emana, si no el acuerdo, sí la aquiescencia ante el gobernante, aun de parte de quienes lo rechazan o adversan. La “auctoritas” es obra de la ecuanimidad, la contención y la rectitud en el ejercicio del poder. Es un atributo moral de que el autócrata ensoberbecido carece y que, en su ofuscación, no sabe valorar y por eso ni lo echa de menos ni sabe ni intenta procurárselo.
Chávez ha desconocido en el pasado reciente los triunfos de gobernadores y alcaldes. Mezquinamente, les ha negado recursos para la acción, pero no les ha restado ni un adarme del apoyo de sus partidarios. Por el contrario, tal sectarismo y arbitrariedad sin límites le han quitado autoridad a Chávez de un modo creciente y cada vez más acelerado.
Esa pérdida de autoridad es uno de los componentes del desengaño y de la desafección de vastos sectores del electorado natural de Chávez y está hecha de desaprensión por los problemas que una mayoría de la nación señala como los más agobiantes. Inseguridad, costo de la vida, un sistema de salud tan exaltado por la propaganda oficial como absolutamente colapsado.
A estas elecciones acudiremos una vez más con las reglas de juego modificadas sin consenso alguno y muchos dan por hecho que ello afectará negativamente el desempeño de la opción unitaria y democrática.
Tengo para mí, sin embargo, que en más de un circuito la trapisonda destinada a favorecer al llamado oficialismo puede muy bien revertirse. Y que, hablando en general, esta fecha será muy señalada porque marcará el principio del fin de la “potestas sine auctoritas”.
La política, ejercida en su acepción más noble y ciudadana, habrá regresado al ámbito público y este solo hecho, a pesar de todas las dificultades y obstáculos que se le opongan, otorgará, de ahora en adelante y cada día que pase, más autoridad moral a la oposición que a Chávez.
Esa autoridad se hará insoslayablemente patente si el número de votos totales consignados hoy por la oposición unida supera a los emitidos a favor del diputado Chávez.
No es poca cosa, pues, salir a votar hoy dispuestos a hacer de la autoridad que da una mayoría eleccionaria el resultado más halagador que mañana pueda mostrar la unidad democrática de cara a las presidenciales de 2012.































27 septiembre 2010 a las 02:54
Excelente análisis. Gracias por recogerlo
22 octubre 2010 a las 05:15
PARTICIPÓ UN 93.59 % DE ELECTORES Y NO UN 66.45 %
Según los votos que contabiliza el CNE en su web, Participó un 93.59 % de electores y no un 66.45 % en las elecciones parlamentarias de septiembre de 2010. Según estas cifras publicadas por el mismo CNE; 16.373.272 de venezolanos votaron en estas elecciones parlamentarias del 26 de septiembre de 2010; para registrar un 93.59 % de participación. Según el universo electoral venezolano de 17.495.353 electores, publicado por el mismo CNE, el 31 de marzo de 2010.
Si le sumamos el porcentaje de votos nulos, que por lo regular en este tipo de elecciones parlamentarias es alto; porque son más complejas que otras elecciones; alrededor de un 3 % más, por votos nulos; y los que ejercieron solo el voto del parlamento latinoamericano o el indígena y no sufragaron por el voto lista, ni el nominal, regulémoslos en 1 %. El total indicaría: 93.59 + 3 + 1 = 97.59, es decir, el 98 % de participación; esto explicaría porque en este modelo de votación tan rápido y perfecto, la Directiva del CNE retardó su primer y único boletín, hasta las 2 am de la madrugada del día siguiente.
Será que les faltarían mas venezolanos inscritos en el CNE, para lograr su meta de 110 diputados; precisamente dos días después el presidente Chávez declaraba que había muchos venezolanos sin cédula de identidad, que había que hacer una campaña para cedularlos o más bien será crear el porcentaje virtual que les hizo falta esta vez.
No puede ser posible que las principales instituciones del país no entren en cuenta ni imputen este atropello, todo indica que son cómplices, principalmente la dirigencia o los que representan la Mesa de la Unidad Democrática, el partido político PPT y PODEMOS; que supuestamente son los más votados, conjuntamente con el oficialismo.
Entonces tendremos que comprobar que son aliados secretos o mejor dicho, guardan este gran secreto que los “beneficia”; el de los votos invisibles; el de los venezolanos que nunca han existido, pero están registrados en los cuadernos electorales y siempre, en los últimos años han votado por quien les convenga. Resulta que ahora no se trata del partido o candidato que tenga más preferencia entre el electorado, sino del que tenga la capacidad o disponibilidad de generar más cédulas de identidades, usurpación de votos o electores invisibles.
Qué venezolano o que institución acepta el reto de sumar, evidenciar y después denunciar este exabrupto, ante cada fiscalía de su municipio o Estado; hasta que, a los responsables de este desafuero los abandone el cinismo. Para que las diversas universidades y los técnicos en biometría, intervengan y hagan las auditorias respectivas en el Consejo Nacional Electoral venezolano y ambos, nos curemos en salud.
Esta apreciación, es otra prueba que añadiré a mi denuncia. Puede revisar mi acusación consignada el 30 de septiembre de 2010 ante la fiscalía, en: http://www.lucasblancoacosta.com, igual puede verificar allí el detallado cálculo matemático del 93.59 % de participación, Estado por Estado.
Lucas Blanco Acosta.