Sebastián Piñera y su adicción al riesgo
Infolatam
Santiago, 1 de septiembre de 2010
Por Héctor Soto
Ciertamente Francis Scott Fitzgerald no estaba pensando en Sebastian Piñera cuando definió la inteligencia como esa facultad para manejar dos ideas contradictorias en la cabeza al mismo tiempo manteniendo, sin embargo, la capacidad para funcionar. Piñera, tal vez por ser un superdotado cerebralmente, a lo mejor puede manejar hasta siete. Pero no todo, claro, lo hace bien. Tiene un dominio de los temas públicos y un conocimiento de la orgánica estatal que a lo mejor no se veía desde hace décadas en La Moneda. Pero nunca fue un político muy cercano y confiable para la gente, por más empeño que le puso, y nunca tampoco la conexión emocional con la ciudadanía se le dio fácil o gratis.
El fuerte repunte que mostró ayer la adhesión ciudadana al mandatario no le cayó del cielo y tiene una causa muy concreta: su obstinado compromiso con rescatar a los 33 mineros atrapados a 800 metros de profundidad en una mina próxima a Copiapó, en la zona norte de Chile. Piñera asumió esta causa como propia, cuando muchos de sus consejeros le representaban el riesgo de ensuciarse con lo que podía ser un fracaso, y se compró el riesgo. Bueno, se lo compró y ganó, luego que después de 17 días de prospecciones se pudo establecer contacto con el grupo y verificar que todos estaban sanos y salvos. Las labores de rescate, eso sí, tomarán entre tres y cuatro meses y el compromiso del Presidente es que los mineros puedan pasar con su familia la Navidad y el Año Nuevo.
Según la encuesta que mide todos los meses la popularidad presidencial, Piñera saltó del 49% de apoyo que tenía antes del hallazgo de los mineros con vida a un 65%. Son 16 puntos los que se disparó. El ministro que jineteó la epopeya en Copiapó –Laurence Golborne, un brillante ejecutivo meritócrata, formado en el negocio del retail y hombre de reconocidas aptitudes comunicacionales- rompió la red instalándose como la figura mejor evaluada del gabinete, sobrepasando tanto a Rodrigo Hinzpeter, ministro del Interior, como a Joaquín Lavín, ministro de Educación.
De seguro en las próximas semanas estas cifras tendrán que decantarse. La propia encuesta lo hecho, promediando lo que el Presidente marcaba a comienzo de agosto con lo que marcó al final. En función de eso la aprobación presidencial subió sólo siete puntos, de 49 a 56%. Pero eso ya es mucho y puede ser engañoso como capital político. Así como el apoyo llegó por un golpe de suerte, también podría desaparecer de un día para otro.
Acostumbrado a lidiar con el riesgo –que fue el camino que eligió para convertirse en magnate- Piñera está consciente de que cada decisión suya puede sumarle o restarle a lo que ya ha conseguido. Precisamente por eso la semana pasado tomó la decisión más discutida de su gobierno, al saltarse la institucionalidad ambiental y vetar la construcción de una central termoeléctrica a carbón que se iba a instalar en las proximidades de un santuario natural en la Cuarta Región. El Presidente había dicho estar en contra de ese proyecto durante la campaña y el gobierno no evaluó bien el impacto que tuvo en los grupos ambientalistas y entre la ciudadanía toda la aprobación de la termoeléctrica en las instancias regionales. Fue entonces, después de la aprobación local, cuando el mandatario intervino. A lo mejor acertó en el fondo (el proyecto era un crimen en términos de ecología y habría descapitalizado al gobierno), pero ni a los empresarios ni a la prensa ni a la oposición les gustó la forma en que él “solucionó” el incordio, con un telefonazo a la empresa que estaba detrás de la iniciativa y que había invertido arriba de 20 millones de dólares en estudios y evaluaciones apegados a la ley.
A Piñera le gustan dos cosas: la eficiencia y el riesgo. La eficiencia no es un valor que emocione demasiado a los chilenos, pero no hay duda que la ciudadanía la está apreciando cuando ve un Estado más receptivo, una economía más dinámica y una fuerza de trabajo que sigue creciendo con fuerza. El riesgo tampoco es un valor que apele al corazón y puede ser un arma de doble filo. Pero como quiera que sea, después de varias administraciones timoratas y refractarias a afrontar riesgos, Piñera está cumpliendo su palabra. Efectivamente esta es una nueva manera de gobernar. Hay aquí un Presidente que se arriesga, que está interesado en romper las inercias y que hasta ahora –descontado el golpe que le dio a la institucionalidad ambiental- no ha cometido errores graves. Errores anecdóticos, sí, registra muchos; pero graves no. Y eso, que duda cabe, la ciudadanía lo está apreciando.


























