Sectarios y maiceados
Reforma
México D.F., 23 de agosto de 2010
Por Jesús Silva-Herzog
“…Celebro que el hoy alcalde de la Ciudad de México encare al soez calumniador que lo acusó de haber sobornado a los ministros de la Suprema Corte de Justicia. Pero no deja de tener gracia que él haya arrojado aquella piedra. Idéntico abuso había cometido él hace unos años al haber acusado a los escritores de haber sido maiceados. Las expresiones de Ebrard y Sandoval son paralelas porque provienen de la misma fuente: la retórica del sectario.
En la mente de Sandoval no hay espacio para que alguien, con honestidad, defienda la monstruosidad del matrimonio entre homosexuales y mucho menos que legitime la aberración de que esos enfermos adopten a un menor. Esas espantosas transgresiones al orden natural no pueden ser consentidas por una persona de razón que actúe moralmente. Como los ministros son personas inteligentes, no queda otra explicación que su corrupción. En el lenguaje de Ebrard: los ministros cerraron los ojos para abrir la cartera.
La calumnia de Sandoval cae como un obsequio exquisito al alcalde del Distrito Federal. El ambicioso ha encontrado reflectores y conflicto para proyectarlo como un hombre de futuro frente a un potentado de la Iglesia Católica. Gracias al pleito, el centrista puede ubicarse como promotor de las causas de una izquierda contemporánea y defensor del Estado. Al demandar al prelado, el héroe del Estado laico declaró enfáticamente que las calumnias no pueden transcurrir sin acción jurídica alguna. En buen momento lo reconoce.
Ojalá la demanda que ha interpuesto el jefe de Gobierno sirva para exhibir la prepotencia de un hombre que ha hecho profesión del falso testimonio y para ponerle, de cierta forma, un freno. Pero, más allá de eso, el paralelo de las dos descalificaciones debería llamarnos a pensar sobre las inercias de nuestra deliberación.
La sociedad pluralista no puede seguir atada a una perspectiva unitaria de la moral que tacha el desacuerdo como indecencia. El desacuerdo no nace por la fractura moral del discrepante, no brota de la indignidad ni del soborno. Hay desacuerdo porque hay valores distintos, proyectos distintos, perspectivas distintas. Y también porque nos equivocamos. Y aún ahí hay que advertir que los errores de juicio no son fallas morales”.


























