El disidente
Infolatam
La Paz, 25 febrero 2010
Por Fernando Molina
(Especial para Infolatam).- “… Debemos admirarnos de que a pesar de todo esto, aun así, haya en esta Cuba enajenada, confesional y enloquecida de hoy personas como Orlando Zapata, verdaderamente laicas (respecto a la religión del Estado), que se atreven a criticar al gobierno aunque sea a un costo altísimo.Tras 85 días de huelga de hambre para que lo reconocieran como un preso político, Zapata expiró como un reo común, pero al final obtuvo una parte de lo que quería: hoy el mundo sabe que, si no su encarcelamiento, por lo menos su muerte sí fue un hecho político. Sin importar cómo vivió, murió como un disidente”.
En Cuba no hay actividad más peligrosa que criticar al gobierno. La identificación con éste, con lo que hace y dice éste debe ser ovejuna, como la que se observa cotidianamente en la prensa de la isla. Cualquier otra cosa equivale a meterse en graves líos. Es posible que el gobierno critique a los funcionarios, también que proteste por el mal funcionamiento de esto o aquello, y por supuesto puede zaherir a la sociedad, siempre insuficientemente revolucionaria, es decir, siempre insuficientemente comprometida con la línea oficial. Al mismo tiempo, la sola sugerencia de que el gobierno como tal pudiera ser corregido o mejorado constituye un crimen. Vicepresidentes, cancilleres y altos jerarcas pierden sus cargos por menos que eso. Y soñar con otra forma de organización de la sociedad, un derecho que ningún país capitalista niega a sus castristas, en Cuba conduce a la prisión o a cosas peores.
Una vez que la revolución ya se hizo, y se la hizo de tal manera, y bajo tales líderes, la meta básica ya está cumplida. Una evaluación de si esto condujo a alguna parte, de si fue bueno o malo, resulta impensable, porque significaría darle la razón al enemigo; dudar del sentido mismo de la vida. Estamos en el mundo para conservar aquello que nos fue heroicamente legado: nadie puede ser tan soberbio como para pensar las cosas de nuevo; eso implicaría cuestionar la obra del Demiurgo, es decir, del pueblo revolucionario en armas. ¡Profanación! ¿Qué clase de hombre es aquel que se atreve con aquello que es Sagrado (y es Sagrado porque es Real)?
No podría hacerlo ni aun un Fundador, ni siquiera uno de aquellos que colaboraron con el Demiurgo en los primeros días de la Creación. Fidel Castro es el sumo sacerdote de Cuba: interpreta, zahorí, los deseos del Demiurgo y así mantiene los trabajos y logros de Éste a salvo de la conspiración universal. Fidel detecta todo acto de profanación, en especial cuando el perpetrador es uno de los Fundadores. Y entonces, sabia y oportunamente, lo castiga.
En Cuba es obvio lo qué está en juego (aunque en realidad no se sepa: ¿mantener digna y empecinadamente el fracaso, para así conseguir, a cualquier precio, que ya no lo sea? ¿Darle una dimensión grandiosa al fracaso, a fuerza de perseverar?). Y de qué lado se debe jugar. En tales condiciones de certidumbre, criticar debilita las fuerzas del pueblo. Fortalece las del enemigo. No puede realizarse, por tanto, más que por razones espurias: nadie haría una cosa así por honrar sus principios o gozar de una voluptuosa y etérea libertad de pensamiento. Critica porque ha recibido una coima del imperialismo norteamericano. Por eso la disidencia es un crimen, pero no un delito: Cuba no tiene presos políticos, todos los que se pudren en los agujeros que una vez describió inolvidablemente Reinaldo Arenas son "mercenarios" que recibieron propinas del imperialismo.
"Criticar al gobierno", vaya, es tan horrible que ni siquiera puede considerarse una actividad política; se trata de una felonía, tan sólo eso…
Debemos admirarnos de que a pesar de todo esto, aun así, haya en esta Cuba enajenada, confesional y enloquecida de hoy personas como Orlando Zapata, verdaderamente laicas (respecto a la religión del Estado), que se atreven a criticar al gobierno aunque sea a un costo altísimo. Tras 85 días de huelga de hambre para que lo reconocieran como un preso político, Zapata expiró como un reo común, pero al final obtuvo una parte de lo que quería: hoy el mundo sabe que, si no su encarcelamiento, por lo menos su muerte sí fue un hecho político. Sin importar cómo vivió, murió como un disidente.
Tuvo que hambrear 85 días para lograr tal honor…
Es muy decidor que el gobierno cubano, como corolario, haya impedido que el pueblo de la Isla se enterara de esta noticia.

























