A un año del triunfo de Obama
Infolatam
Nueva York, 3 de noviembre de 2009
Por Patricio Navia
(Especial para Infolatam).- “…La aparente solución a la crisis de Honduras dará una nueva oportunidad para reponer temas en la agenda con América Latina. Pero habrá algunas heridas difíciles de sanar. La confirmación de Arturo Valenzuela como secretario asistente para asuntos hemisféricos en el Departamento de Estado -en reemplazo de Thomas Shannon, que espera confirmación para asumir como embajador en Brasil- debiera despejarse una vez solucionado el impasse en Honduras. Pero las dudas de varios senadores republicanos sobre la influencia de Hugo Chávez en la región, y especialmente al interior de la Organización de Estados Americanos, pudieran retrasar todavía más lo que parece ser el punto de partida para comenzar a promover la agenda América Latina-Estados Unidos, la presencia de un funcionario a cargo nombrado por este gobierno.”
Cuando se cumple un año de la victoria de Barack Obama, las altas expectativas respecto a las relaciones de Estados Unidos con América Latina que generó su triunfo presidencial han devenido en un creciente desengaño, que pronto se podría convertir en frustración, respecto al lugar que ocupa nuestra región en la agenda de prioridades internacionales del nuevo gobierno estadounidense. Si bien Obama sigue siendo popular en América latina, su renombre emana más de la percepción de buenas intenciones por parte del presidente estadounidense que de una realidad de medidas concretas y efectivas que fortalezcan, profundicen y amplíen las relaciones entre América latina y su vecino del norte.
El 4 de noviembre de 2008, Obama se convirtió en el 44º presidente de Estados Unidos, al imponerse con un 52,9% de los 131 millones de votos emitidos. Su victoria produjo un enorme entusiasmo en la población joven, los negros y los demócratas en Estados Unidos. Ya que la crisis económica había golpeado duramente el ánimo nacional y las complicaciones de la guerra en Irak afectaban negativamente la imagen de Washington en el mundo, el cambio de liderazgo en la Casa Blanca se percibía como una inmejorable oportunidad para recomponer deterioradas relaciones con países aliados y amigos.
Pero al cumplirse un año de esa histórica elección, Obama se encuentra en problemas. De acuerdo a Gallup un 50% de los estadounidenses aprueba el desempeño de su presidente, mientras que un 41% desaprueba. El margen de aprobación/desaprobación es el menor desde que Obama asumió el poder en enero. Otras encuestadoras muestran que hay más estadounidenses que desaprueban que aquellos que aprueban el desempeño de su presidente. La lenta recuperación económica, la polémica sobre la reforma al sistema de salud y las complicaciones de las guerras en Irak y Afganistán tienen a la Casa Blanca en posiciones cada vez más defensivas. Por eso mismo, el gobierno de Obama ha debido priorizar urgencias y concentrarse en los temas más relevantes. Al hacerlo, inevitablemente, América latina ha quedado rezagada en la lista de prioridades.
La crisis política en Honduras -que llegó a las primeras páginas de la prensa internacional con el golpe del 28 de junio, pero que se inició antes, cuando el presidente Zelaya comenzó a dar señales de querer alterar la constitución para mantenerse en el poder después de marzo de 2010- rápidamente se convirtió en el tema más importante en la agenda de Estados Unidos hacia América latina, desplazando a la mejora de relaciones con Cuba y la promoción de la democracia en el resto del continente.
Si bien las relaciones con México se llevan adelante desde una agenda distinta, la polémica sobre Honduras también contaminó las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y México. Si además se considera que la crisis económica estadounidense golpeó a México con más fuerza que al resto de América Latina y que difícilmente habrá avances en Estados Unidos en los temas que importan a su vecino del sur -como la reforma migratoria y el combate a las drogas ilegales- la poca sintonía que parece existir entre el gobierno de Obama y el de Calderón en México parece sintomático de lo que ocurre con el resto de los gobiernos de América latina.
Pese al prometedor primer encuentro de Obama con los líderes de América Latina en la cumbre de Trinidad y Tobago en abril de 2009 -cuando el presidente Chávez le ofreció amistad y le regaló un popular libro de un intelectual izquierdista uruguayo, en español- las relaciones entre Obama y los líderes de la región no parecen haberse consolidado. Obama ha recibido en la Casa Blanca a varios presidentes de América Latina, pero los temas en la agenda no pasan de ser reafirmaciones del compromiso de todos con la democracia y de la voluntad de fortalecer el comercio y el intercambio.
La aparente solución a la crisis de Honduras dará una nueva oportunidad para reponer temas en la agenda con América Latina. Pero habrá algunas heridas difíciles de sanar. La confirmación de Arturo Valenzuela como secretario asistente para asuntos hemisféricos en el Departamento de Estado -en reemplazo de Thomas Shannon, que espera confirmación para asumir como embajador en Brasil- debiera despejarse una vez solucionado el impasse en Honduras. Pero las dudas de varios senadores republicanos sobre la influencia de Hugo Chávez en la región, y especialmente al interior de la Organización de Estados Americanos, pudieran retrasar todavía más lo que parece ser el punto de partida para comenzar a promover la agenda América Latina-Estados Unidos, la presencia de un funcionario a cargo nombrado por este gobierno.
Pero aún si el nombramiento de Valenzuela se confirma dentro de las próximas semanas, la capacidad de Valenzuela para avanzar coordinadamente temas de la agenda se verá obstaculizada por las dudas que persisten sobre cuál es la mejor forma para que Estados Unidos ejerza liderazgo en la región y para enfrentar la iniciativa de integración política impulsada por Chávez. Estas tensiones harán difícil que Estados Unidos avance decididamente hacia la reformulación de su política hacia Cuba. Las relaciones con La Habana seguirán teniendo ese amargo sabor a guerra fría, que genera molestia en América Latina y contribuye poco a avanzar la causa de la democracia en la isla.
Aparentemente, ahora Obama estaría interesado en volver a visitar América Latina, esta vez en gira a Brasil y posiblemente Chile antes de marzo de 2010. Pero a menos que logre primero la confirmación de Valenzuela como secretario asistente para asuntos hemisféricos y, después, articule una agenda con objetivos y metas claras, realizables y compartidas con los países democráticos líderes de la región, la popularidad de Obama en América latina también empezará a declinar y la buena voluntad que produjo su elección en la región tenderá a disiparse.


























