Correa: Segundo Tiempo
Infolatam
Quito, 10 de agosto de 2009
Por Simon Pachano
(Especial para Infolatam).-<strong> “…Rafael Correa</strong> ha afirmado que radicalizará su revolución ciudadana. Las pistas de los que eso pueda significar en la práctica son escasas y confusas. En una declaración efectuada el día anterior a su posesión, dijo que eso se expresaría en mayor inversión en salud, en educación y en programas para los más pobres. <br /><br />Frente a eso, y en general frente a lo que ha venido haciendo el gobierno en materia económica y social, cabe preguntarse si se justifica seguir llamándole revolución a un proceso que podría suscribirlo cualquier político socialdemócrata.”
Rafael Correa inició su segundo mandato en condiciones que serían inmejorables para cualquiera de sus antecesores. Los precios del petróleo, que le permiten mantener su política asistencial, se mantienen en niveles que fueron desconocidos en los treinta años de democracia, la popularidad del Presidente supera el 50%, la oposición es un recuerdo del pasado y no existe el más tímido asomo de discrepancia en sus filas. Pero, si se lo ve en comparación con él mismo y no con los anteriores presidentes, se puede asegurar que esas condiciones son menos ventajosas que lo que sugiere la comparación con los otros presidentes.
En efecto, siendo altos los precios del petróleo, apenas representan la mitad del nivel que alcanzaron el año pasado y que hicieron posible la política económica basada en el alto gasto público. El precio actual y el proyecto hasta fin de año no son suficientes para mantener la inversión social (en bonos directos, así como en educación y salud) y en infraestructura. La posibilidad de acudir a préstamos externos está prácticamente cerrada desde el sorpresivo y poco ortodoxo manejo de la deuda. La gravedad de esta situación se expresa en la venta anticipada de petróleo, por mil millones de dólares, a China, por la que deberá pagar un interés del 7% en dos años. Se trata, sin duda, de la deuda más costosa en la historia del país.
También la popularidad es alta, pero cabe considerar que está quince puntos porcentuales por debajo de los niveles que mantenía hasta hace apenas dos meses. Los síntomas de la crisis, tanto la de origen externo como la provocada por la conducción económica gubernamental, constituyen un factor explicativo central. Pero, junto a ellos aparecen también dos problemas que han influido decisivamente en la opinión pública. El primero es el que se generó cuando se hicieron públicos, gracias a una investigación periodística, los contratos que mantenía su hermano con diversas instancias gubernamentales. El alto monto de estos (alrededor de ochenta millones de dólares en un país donde el salario mínimo bordea los doscientos dólares), la evidencia de tráfico de influencias y la actitud defensiva del Presidente, pasaron su factura en la credibilidad y en la confianza.
El otro es la larga cola de denuncias de relación de miembros del gobierno con las FARC. Estos se han hecho frecuentes desde el ataque colombiano al campamento de Angostura y la difusión de los contenidos de los discos duros de los ordenadores de Raúl Reyes. El vídeo del Mono Jojoy en que ratifica aquellas acusaciones, fue el último episodio en esta saga impulsada desde Bogotá. El impacto parece haber sido más duro que los anteriores, ya que de inmediato y en una sorpresiva acción, el gobierno entregó a la fiscalía ecuatoriana las copias de un supuesto diario de Raúl Reyes, en el que se reiteran las acusaciones. Independientemente de las razones que habrá tenido el gobierno para hacerlo, lo cierto es que en la opinión pública no tuvo el efecto de descarga que seguramente estaba detrás de la arriesgada jugada. Por el contrario, lo que antes se veía solamente como un conjunto de maniobras colombianas, ahora aparece como algo mucho más complejo, menos claro y por tanto menos confiable.
En medio de este panorama, Rafael Correa ha afirmado que radicalizará su revolución ciudadana. Las pistas de los que eso pueda significar en la práctica son escasas y confusas. En una declaración efectuada el día anterior a su posesión, dijo que eso se expresaría en mayor inversión en salud, en educación y en programas para los más pobres. Frente a eso, y en general frente a lo que ha venido haciendo el gobierno en materia económica y social, cabe preguntarse si se justifica seguir llamándole revolución a un proceso que podría suscribirlo cualquier político socialdemócrata. Tampoco se justifica el adjetivo de ciudadana para una gestión que ha cerrado cualquier posibilidad de expresión directa y espontánea de los usualmente activos movimientos sociales ecuatorianos y que está centrada exclusivamente en la figura y en la palabra del líder.
En efecto, la revolución de Correa se encuentra fundamentalmente en la palabra, en su palabra. Convencido de que encabeza una revolución, divide al mundo en los partidarios de ésta y sus enemigos, sin términos medios. Pero, eso que le ha dado excelente frutos en el plano interno, puede ser un factor altamente nocivo en lo externo. El radicalismo del discurso no puede ser tan fácilmente contrarrestado con los hechos, como sucede en la política interna. Las palabras tienen más peso cuando se lanzan más allá de las fronteras, porque en definitiva son las que establecen posiciones. Por ello, junto a potenciales problemas económicos que podrían afectar a su programa social, el principal desafío por lo menos en los primeros años de este segundo mandato estará en el plano internacional.


























