Chile, Bolivia, Perú y el deterioro de las relaciones interamericanas

Infolatam
La Paz, 3 agosto 2009
Por Fernando Molina

(Especial para Infolatam).- “… <strong>Es en efecto muy difícil que Perú y Bolivia, países con tantos intereses y antecedentes comunes, permanezcan extremadamente distanciados entre sí. Rompiendo del todo con el Perú, Bolivia queda totalmente desarmada en las negociaciones que está celebrando con Chile a fin de resolver viejos problemas bilaterales, entre ellos el más grave: una salida soberana a la costa</strong>”.

Ya es un lugar común en los medios diplomáticos de Chile y Bolivia calificar las relaciones entre ambos países (enemistados desde la Guerra del Pacífico de fines del siglo XIX) como las "mejores de su historia". El presidente Evo Morales ha abandonado la tradicional orientación antichilena de la política exterior boliviana, y a cambio halló en Michelle Bachelet una aliada muy solícita y útil. Bachelet abogó enérgicamente por Morales ante la comunidad internacional cuando éste tuvo que enfrentar graves crisis internas. Por otra parte, el Secretario General de la OEA, el chileno Miguel Insulza, también respaldó al oficialismo boliviano. Y durante este tiempo el Consulado chileno en La Paz ha cortejado con gran éxito a las autoridades del nuevo régimen evista.

Simultáneamente, las relaciones con el antiguo socio de Bolivia en la Guerra del Pacífico, el Perú, han sufrido una serie de contratiempos. Las diferencias ideológicas entre Bachelet y Morales pueden ser tan grandes como las que existen entre el presidente peruano, Alan García, y el boliviano. Sin embargo, en el primer caso no interesan, porque el populismo indianista de Morales no tiene ninguna influencia en la situación chilena; en cambio, es un factor digno de considerar en las posibles mutaciones futuras del sistema político peruano. Tanto Evo como Hugo Chávez tenían su propio candidato en las últimas elecciones del Perú, Ollanta Humana, y su derrota ante García por supuesto que no les complació. En cambio en Chile, puestos a escoger los bolivarianos entre las únicas opciones existentes: la derecha conservadora y la centroizquierda liberal de la Concertación, no tienen más remedio que alinearse con esta última, incluso si, en el futuro, su titular fuese Frei (otra sería la situación si Sebastián Piñera, el candidato derechista, ganara las próximas elecciones).

Bolivia, como punta de lanza de la Alianza Bolivariana, ha tratado de pinchar y agujerear a García y sus políticas librecambistas, por ejemplo obstaculizando sus acuerdos comerciales con Estados Unidos y otros países. Del otro lado, Perú concedió asilo a algunos perseguidos políticos del gobierno de Morales. Y Morales, a su vez, no se abstuvo de apoyar públicamente a los indígenas amazónicos que hace no mucho se rebelaron contra la apertura de esta abandonada zona del Perú a la inversión privada. Por estas razones, el embajador peruano en Bolivia estuvo varias semanas "retirado" en Lima, y sólo en estos días retornó a La Paz, con lo que el impasse parece haberse superado.

Es en efecto muy difícil que Perú y Bolivia, países con tantos intereses y antecedentes comunes, permanezcan extremadamente distanciados entre sí. Rompiendo del todo con el Perú, Bolivia queda totalmente desarmada en las negociaciones que está celebrando con Chile a fin de resolver viejos problemas bilaterales, entre ellos el más grave: una salida soberana a la costa. Y, last but not least, la burocracia diplomática boliviana ha nacido y se ha educado como "peruanófila". De modo que los funcionarios han puesto paños fríos sobre la herida causada por el presidente Morales, pero es improbable que éstos hayan logrado cicatrizarla. Por detrás de la hipocresía diplomática, Perú y Bolivia permanecen al acecho, a la espera del próximo asalto.

Algo bueno ha sacado Bolivia de su inédito acercamiento a Santiago. Gracias al nuevo clima de distensión, los chilenos aceptaron lo que hace algunos años parecía imposible: pagar por el agua del Silala, un manantial fronterizo boliviano que es aprovechado por las industrias chilenas ubicadas en el desierto de Atacama, la zona más seca del planeta. Hasta ahora, Chile afirmaba que el Silala era un río internacional y que, por tanto, tenía derecho a sus aguas. El acuerdo que le obligará a pagar la mitad de lo que consume gratis desde hace décadas se encuentra listo y a punto de firmarse.

La oposición boliviana le encuentra múltiples "peros", como era de esperar; sin embargo, se trata de un avance histórico, dada la total imposibilidad que tienen los bolivianos de hacer prevalecer su posición de una forma más contundente. El acuerdo, en cambio, sienta jurisprudencia sobre los derechos bolivianos sobre el Silala y es una solución pragmática como la que también debiera encontrarse en torno a la cuestión marítima.

Pero no hay que confiar en ello. En este tiempo de recrudecimiento de los nacionalismos (que, como siempre, se proyectan hacia afuera bajo la forma de intervencionismo), acuerdos como éste no serán moneda corriente. Lo que seguirá ocurriendo, y cada vez con más riesgo para la estabilidad continental, es el altercado político, el cruce de amenazas, el retiro de embajadores y el alineamiento de unos sin -e incluso- en contra de los otros.

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