Campañas sucias

La Nación
Buenos Aires, 25 mayo 2009
Por La Nación (Argentina)

“Nuestras campañas electorales son, después de todo, un reflejo corregido y aumentado de lo que es la vida política argentina: carente de límites éticos, hay más agravios que discusión de programas y más zancadillas o denuncias que explicaciones respecto de cuál será el plan de acción..”. (Editorial de La Nación. Argentina)

"… Como en la Argentina, desgraciadamente, el debate de ideas en general brilla por su ausencia en las campañas electorales, y a las plataformas electorales nadie les presta demasiada atención, si acaso alguna, cuanto sobresale son las agresiones verbales que, con total impunidad, se enderezan ciertos candidatos o los ataques arteros que se instrumentan desde organismos oficiales y resultan profusamente reproducidos por los medios de comunicación.

Este nivel de mala praxis en el proselitismo no es sólo un vicio que denuncia el deterioro de nuestra vida cívica. Es, sobre todo, una estrategia puesta al servicio de otras malversaciones. La sustitución del debate por el escrache permite a nuestros políticos pasar años en la vida pública sin tener que fijar posición sobre ningún tema importante. Gracias a ese vaciamiento conceptual, quienes llegan al gobierno se ven relevados de cumplir compromiso electoral alguno. Es simple: jamás precisaron un programa. Del mismo modo, esa falta de definiciones permite también el periódico cambio de piel al que nos tienen acostumbrados muchos dirigentes a los que una década encuentra defendiendo al mercado y a las privatizaciones, y la siguiente, levantando la bandera del estatismo. En otras palabras: la falta de ideas es la condición de posibilidad de la defraudación permanente del contrato electoral. La consecuencia más grave de esta anulación de la dimensión conceptual de la política no tarda en llegar. Es el sentimiento de desencanto y de desdén que experimentan muchos ciudadanos, sobre todo los más jóvenes, respecto de la esfera pública y sus problemas.

Al respecto es bueno detenerse a pensar en qué medida la responsabilidad atañe tan sólo a la clase política o, más bien, engloba a la sociedad en su conjunto. Porque si lo primero fuese cierto, la sociedad civil castigaría con su voto a los mentirosos, a los calumniadores o a los que aprovechan cualquier atajo para burlarse de la idealizada "soberanía popular". Sin embargo, el sufragio expresa, entre nosotros, una suerte de voluntad delegativa que pone de manifiesto el poco interés de muchos votantes a la hora de premiar al que piensa y castigar al que insulta.

… La conclusión lógica es que todo vale. Así, un juez de dudosos orígenes se involucra en la campaña resucitando una causa de hace años, con el fin de beneficiar al candidato oficialista en la provincia de Buenos Aires, poniendo en tela de juicio el buen nombre y honor de quien aparece como su principal desafiante. Por su lado, no pasa semana sin que el ministro de Justicia, nada menos, apele a su ya clásico vocabulario de arrabal para desmerecer a sus contrincantes electorales. Y ello sin contar la perversa actividad de determinadas oficinas estatales especialistas en deslizar sutiles amenazas a los periodistas que no simpatizan con la actual administración.

Nuestras campañas electorales son, después de todo, un reflejo corregido y aumentado de lo que es la vida política argentina: carente de límites éticos, hay más agravios que discusión de programas y más zancadillas o denuncias que explicaciones respecto de cuál será el plan de acción de los futuros funcionarios o legisladores. En una palabra, son lo que no deberían ser".

Extracto del editorial publicado en La Nación (Argentina) 

 

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