Kirchner juega a todo o nada
Infolatam
Buenos Aires, 11 mayo 2009
Por Manuel Mora y Araujo
(Especial para Infolatam).- “…Si Kirchner es derrotado en Buenos Aires -independientemente de todo el resto del país- la lectura será la de una derrota implacable; si gana allí, aun por poca ventaja, simbólicamente habrá ganado. .. un Kirchner derrotado en su propia cancha, aun cuando eventualmente sume los votos necesarios para pasar las leyes, será un Kirchner más expuesto que nunca a la continua fuga de sus soldados en busca de trincheras más seguras. Su declinación sería entonces inevitable”.
Néstor Kirchner jugó todas sus cartas para enfrentar la difícil elección legislativa del 28 de junio. Sobre el cierre de las inscripciones de candidatos definió su propia candidatura a diputado por la provincia de Buenos Aires, seguido del gobernador Daniel Scioli, de la conocida actriz Nacha Guevara y de un alto número de intendentes (alcaldes) de ciudades de la provincia. Ninguno de ellos tiene intención de ejercer la diputación en el Congreso de la Nación; son candidatos porque o bien tienen buena imagen pública o bien tienen control de los aparatos del peronismo en sus respectivas localidades y de esa manera pueden asegurar votos fugaces y, sobre todo, se verán limitados para activar el trasvase de votantes a otros peronistas alejados del kirchnerismo con los cuales mantienen relaciones.
Esas son las últimas cartas de las que disponía Kirchner: nombres conocidos, dirigentes alineados bajo presión -entre los cuales unos cuantos con muchas dudas acerca de su lealtad al jefe-, y tropa -convencidos, obsecuentes, y algunos sin otro destino-. Casi nada queda ya del líder de hace cinco o seis años, que atraía con las luces de un proyecto atractivo, de una renovación política, de una vocación para superar al peronismo mediante una coalición de más amplio espectro y que podía exhibir resultados macroeconómicos espectaculares. El hombre que hoy juega todo lo que le queda en una elección legislativa es no más que un jefe político con sus acciones en baja, sus seguidores desmoralizados, despojado de símbolos atractivos, a quien sólo lo sostienen los recursos de poder de los que el gobierno de Cristina sigue disponiendo.
A los ojos de los ciudadanos que votarán a fines de junio juegan a favor de Kirchner, en primer lugar, los cinco años de notable crecimiento económico que no han pasado al olvido; en segundo lugar, la fragmentación, falta de liderazgos y ausencia de propuestas atractivas de las ofertas opositores; por último, la incertidumbre sobre el país si el poder se fragmenta excesivamente. En contra pesa el desgaste del gobierno y del mismo Kirchner, los desaciertos de la política pública y el deterioro continuo de la situación económica.
Kirchner juega todas sus cartas pero no está dicho que sea a todo o nada, como una ruleta rusa. Las probabilidades de que su jugada salga bien son estrictamente inciertas: todos los resultados son posibles. Kirchner, y la presidenta Cristina, dramatizaron esta elección al punto de poner en juego la estabilidad de su gobierno y pronosticar una catástrofe institucional y económica en caso de ser derrotados. Notoriamente, poca gente en la Argentina ve las cosas de esa manera, y tal vez por eso en los últimos días ellos mismos han tendido a desdramatizar la cosa. Habrá que ver como se plantean ahora las siete semanas de campaña electoral.
En la elección de junio deberá renovarse la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado. Es muy poco probable que el kirchnerismo pueda mantener una mayoría propia en la Cámara; en el Senado la situación es y seguirá siendo un equilibrio inestable. En tres de las cuatro provincias más pobladas (la Ciudad de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba) la suerte de Kirchner está echada, sufrirá una derrota severa. En muchos de las más pequeñas le irá bien. Por eso es tan decisiva la provincia de Buenos Aires, la más grande y la más poblada del país, que elige casi un tercio de las bancas en juego. Y allí es precisamente donde el resultado de la elección es incierto.
El mapa electoral de Buenos Aires se presenta muy dividido. De los 10 millones de votantes, un tercio vive en el interior -en buena medida rural y semirural-, y dos tercios en el llamado conurbano del Gran Buenos Aires; de estos, poco menos de la mitad se clasifican como pobres y el resto como clase media. Kirchner aventaja cómodamente en el tercio de la pobreza urbana, pierde sin atenuantes en las áreas más ligadas a la actividad agropecuaria y disputa en desventaja el voto de la clase media urbana.
Allí radica el balance, hoy incierto, que definirá la interpretación del resultado del 28 de junio. Si Kirchner es derrotado en Buenos Aires -independientemente de todo el resto del país- la lectura será la de una derrota implacable; si gana allí, aun por poca ventaja, simbólicamente habrá ganado. El futuro post electoral depende menos de esos símbolos y mucho más de cómo quede conformado el Congreso. Pero no hay duda que un Congreso sin mayorías claras -un escenario nada improbable- reflejará aquellos resultados simbólicos: un Kirchner derrotado en su propia cancha, aun cuando eventualmente sume los votos necesarios para pasar las leyes, será un Kirchner más expuesto que nunca a la continua fuga de sus soldados en busca de trincheras más seguras. Su declinación sería entonces inevitable.
Kirchner ha jugado todas sus cartas porque, en un sentido, sabe que de todos modos no tendría resto. Podría tenerlo; en la Argentina, y en todo el mundo hay casos de gobiernos que gobernaron en minoría y que hasta, algunas veces, pudieron repuntar. Pero ese no es un destino que los Kirchner se muestren dispuestos a aceptar.


























