Panamá renueva su gobierno en un marco institucional estable
Infolatam
Buenos Aires, 30 abril 2009
Por Manuel Mora y Araujo
(Especial para Infolatam).- “… Panamá es una mezcla -por cierto, no la única en el mundo ni en América Latina- de un país amigable para los inversores financieros, a veces visto como una variante moderada de los paraísos fiscales caribeños, y de un conjunto de reglas favorables al comercio, a la inversión productiva y a la radicación de casas matrices regionales de las compañías multinacionales.
Y esa mezcla funciona. Las elecciones ponen en juego el acceso a las posiciones de gobierno y la representación de los distintos intereses sociales, pero no comprometen a la reglas del juego que están asegurando el buen desempeño de la economía”.
El domingo los panameños votarán para elegir presidente y alcaldes. Todas las previsiones indican un triunfo cómodo del candidato opositor Ricardo Martinelli. La última encuesta de Ipsos estima su caudal por encima del 50 por ciento y el de la candidata oficialista Balbina Herrera en el orden de magnitud del 40 por ciento. El ex presidente Endara, el tercero en la disputa, quedó relegado a un lejano tercer lugar, con alrededor del 5 por ciento de los votos. La estabilidad de esas tendencias durante los últimos meses ha sido notable, por lo que no es esperable alguna sorpresa mayor.
Martinelli representa un fenómeno crecientemente visto en América Latina: un candidato que no proviene de las entrañas de la clase política ni del sistema de partidos cosecha una masiva adhesión popular. Eso, y poco más que eso, resume lo que este hoy casi seguro próximo presidente de Panamá representa políticamente. Encarna en su país los aires de renovación que buena parte de la sociedad demanda. Su campaña se centró en la consigna "es el cambio", y eso fue percibido, creído y aceptado por más de la mitad de los ciudadanos. Propuestas programáticas, proyectos políticos dramáticamente transformadores, cambios fundamentales, nueva simbología populista, nada de eso encarna Martinelli y nada de eso parece estar en circulación en la sociedad panameña de hoy.
Su candidatura se cimentó, ante todo, en su condición de outsider del sistema político. Este empresario, a quien se le atribuye fortuna personal, es votado mayoritariamente en todos los estratos sociales, y aun un poco más en los más bajos. No hay reivindicaciones ‘clasistas' detrás de su voto. En segundo lugar, su candidatura se consolidó a través de la formación de una coalición que tuvo la capacidad de unir a buena parte de la oposición al actual gobierno. Un buen candidato en sintonía con la sociedad, una coalición de amplio espectro: esa fue la fórmula del éxito de Ricardo Martinelli.
Balbina Herrera hasta hace seis meses parecía llevar las de ganar. Candidata oficialista, mujer -entre otros atributos que podían resultar atractivos-, respaldada por una maquinaria partidaria y electoral mucho más aceitada que la de sus contrincantes y, además, partiendo a la cabeza en las encuestas de intención de voto, podría no haber perdido. Pero su campaña no detectó adecuadamente que la sociedad está pidiendo ese cambio de estilo y de renovación de la dirigencia antes que continuidad.
Panamá muestra una doble faz, interesante por contraste con otras naciones latinoamericanas. Por un lado, como ocurre en casi todos los países, sufre el desgaste de su clase política, a la que se percibe antes por sus notorios atributos corporativos que por la calidad con la que es capaz de ejercer la representación democrática de la ciudadanía. Por otro lado, el nivel de institucionalización alcanzado por esa pequeña nación que es -como geográficamente se designa a su territorio- no más que un istmo, llama la atención. Si en Panamá nadie espera que los procesos políticos generen demasiados cambios fundamentales, es porque el país no los necesita. El impacto de la crisis global desde luego se siente, y tal vez se sentirá aun más en los próximos meses; pero ni es tan agudo como en otros países del continente -para no hablar de Europa- ni está produciendo un cambio abrupto de expectativas políticas.
Panamá es un caso exitoso de un sistema político que, aun con sus muchas imperfecciones, funciona porque se interrelaciona de una manera eficiente con el sistema productivo. Es una mezcla -por cierto, no la única en el mundo ni en América Latina- de un país amigable para los inversores financieros, a veces visto como una variante moderada de los paraísos fiscales caribeños, y de un conjunto de reglas favorables al comercio, a la inversión productiva y a la radicación de casas matrices regionales de las compañías multinacionales. Y esa mezcla funciona. Las elecciones ponen en juego el acceso a las posiciones de gobierno y la representación de los distintos intereses sociales, pero no comprometen a la reglas del juego que están asegurando el buen desempeño de la economía.
El presidente que seguramente Panamá elegirá el domingo 3 de mayo es ni más ni menos que una ola de oxígeno sobre el sistema de partidos. Su tarea no será sencilla: deberá gobernar, en un momento sumamente difícil del mundo, a una sociedad que ha generado alta expectativas de continuar mejorando.

























