Al Sur de la crisis

Letras Libres
México, diciembre 2008
Por Sebastian Edwards

“En los últimos años, esta “política de los atajos” ha sido practicada con especial entusiasmo por un grupo de países cuyos líderes han rechazado la globalización y la economía de mercado, incluyendo Argentina, Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia.  En todos ellos, políticos carismáticos y populares han desarrollado discursos que plantean un conflicto entre “la gente” y “el capital”, “el país” y las “multinacionales”, “ricos” y “pobres”… Estos países están, precisamente, entre los que más sufrirán con las secuelas de la crisis subprime y con la recesión global profunda y devastadora que azotará al mundo durante los próximos 18 a 24 meses.”. (Letras Libres. México)

"En la mayoría de los países de América Latina las autoridades económicas se convencieron, a partir de 2005, de que sus respectivos países gozarían de una bonaza exportadora (casi) permanente. Creyeron que la demanda creciente de China y la India por esos productos mantendría sus precios elevados para siempre y llevaría a América Latina a la prosperidad. Lo que no entendieron era que este boom de precios era una ilusión de corto plazo, una burbuja tan frágil y pasajera como la burbuja inmobiliaria.

Al confiar en el boom de commodities, las autoridades de la región descuidaron lo verdaderamente importante, lo que crea riqueza y desarrollo; descuidaron la construcción de instituciones sólidas que protegen los derechos de propiedad, minimizan las disputas y los conflictos y aseguran el imperio de la ley; se olvidaron de las políticas económicas que fomentan la innovación y la creatividad, la productividad y la eficiencia. En una palabra, al creerse el cuento de que los altos precios de los recursos naturales se mantendrían en el largo plazo, las autoridades de muchos países latinoamericanos optaron por una estrategia de desarrollo basada en un atajo. Pero la historia es majadera, y una y otra vez nos enseña que los atajos no funcionan en el largo plazo. Los atajos sólo nos llevan a mitad de camino; ilusionan a la población, pero al final fracasan. Eso lo vemos ahora que el precio del petróleo ha caído fuertemente, como lo ha hecho el del maíz, el trigo, la soja, el cobre, el hierro y el gas natural.

En los últimos años, esta "política de los atajos" ha sido practicada con especial entusiasmo por un grupo de países cuyos líderes han rechazado la globalización y la economía de mercado, incluyendo Argentina, Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia. En todos ellos, políticos carismáticos y populares han desarrollado discursos que plantean un conflicto entre "la gente" y "el capital", "el país" y las "multinacionales", "ricos" y "pobres". Esta retórica populista ha sustituido el discurso modernizador y técnico impulsado en la época del llamado Consenso de Washington y que habla de eficiencia, competitividad, crecimiento, esfuerzo y mayor productividad.

Estos países están, precisamente, entre los que más sufrirán con las secuelas de la crisis subprime y con la recesión global profunda y devastadora que azotará al mundo durante los próximos 18 a 24 meses.

Argentina será, sin duda, una de las naciones más afectadas. Y esto no sólo por razones económicas -sus necesidades financieras externas son enormes y sus exportaciones caerán con fuerza-, sino también por razones políticas. La administración de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner genera una gran desconfianza entre inversionistas locales y extranjeros, que temen que medidas arbitrarias afecten el valor de sus inversiones. Tanto es así que un amplio grupo de analistas cree que Argentina nuevamente entrará en una cesación de pagos de su deuda pública.

La reciente decisión de Standard and Poor's de sindicar a Argentina como un país crecientemente riesgoso es más que justificada y refleja las aprehensiones de analistas e inversores. Esta situación se ha traducido, a partir de finales de septiembre, en una salida de capitales sin precedentes en la historia moderna de la nación; ni siquiera durante 2001, en los prolegómenos de la crisis de la convertibilidad, salió tanto dinero de Argentina. Peor aún, información recientemente divulgada por La Nación de Buenos Aires indica que el número de personas viviendo debajo de la línea de la pobreza es mayor que en 2001, año en que Argentina experimentó una de las crisis más severas de su historia.

México también sufrirá por la larga recesión global. Al mirar el horizonte económico de los próximos años uno no puede dejar de recordar la frase de Porfirio Díaz: "Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos." La relación histórica entre ambos países experimentó un fuerte aumento con el tlc, que entró en vigor en enero de 1994. Desde ese año un porcentaje creciente de las exportaciones mexicanas se ha dirigido a Estados Unidos, por lo que problemas económicos al norte del Río Bravo tienen una severa repercusión en México. Pero eso no es todo: a pesar de los esfuerzos de las autoridades por reducir las vulnerabilidades de la economía mexicana, esta tiene enormes requerimientos de financiamiento para el año 2009; se estima que tan sólo el sector público requerirá recursos en exceso del 15% del producto nacional. Obtener estos dineros en medio de una crisis crediticia global será un desafío de grandes proporciones.

Las naciones de América Central también dependen de los avatares económicos de Estados Unidos. Estos países no sólo experimentarán una caída en sus exportaciones y flujos de inversiones provenientes desde el extranjero, sino que también verán una disminución de las remesas familiares, enviadas por los emigrantes que se han avecindado en países avanzados -fenómeno que, por lo demás, también afectará a otros países de la región, incluyendo a México.

Posiblemente, la pregunta más importante es qué sucederá en Brasil, el gigante latinoamericano. Durante los últimos años analistas e inversores del mundo entero empezaron a mirar a Brasil como una potencia económica en ciernes. Se habló de un milagro y muchos aseveraron que, finalmente, Brasil dejaría de ser el eterno país del "mañana" y que, al igual que China y la India, crecería a ritmos espectaculares. Desafortunadamente, todo sugiere que esto no fue más que una ilusión óptica y voluntarista.

El boom de Brasil de los últimos años se apoyó sobre cimientos extraordinariamente débiles. Es cierto que el presidente Lula decidió evitar el populismo rampante de Hugo Chávez y que se comprometió a derrotar la inflación y mantener el déficit fiscal bajo control. Pero esto no es suficiente para que Brasil sea una gran potencia económica. Lo de Lula no fue otra cosa que optar por ser un país "normal". Pero para crecer a tasas elevadas y sostenibles, y para crear una economía robusta y resistente, se requiere más que tener una inflación controlada. Se requiere agilidad, dinamismo, productividad y políticas económicas que fomenten los emprendimientos y la eficiencia. Y, como numerosos estudios han mostrado, Brasil no ha podido -o no ha querido- hacer reformas modernizadoras que verdaderamente fomenten una explosión de productividad. Brasil continúa siendo un país enormemente burocrático, con un sistema educacional en crisis, con impuestos elevadísimos, infraestructura mediocre, trabas a la formación de empresas, legislación económica anquilosada, instituciones débiles, un sistema judicial ineficiente, un escaso respeto por la regla de la ley y un elevado nivel de corrupción.

Una serie de indicadores sobre la eficiencia y competitividad de 178 países, realizada por el Banco Mundial, sugiere que Brasil tiene mucho camino por recorrer si quiere ser una fuerza productiva en el mundo. Por ejemplo, en la categoría de "facilidad para hacer negocios" Brasil está en el lugar 128. Por otro lado, en Brasil toma 152 días obtener una licencia para iniciar un emprendimiento y crear una empresa; en contraste, en Chile toma 23 días, y en los llamados Tigres Asiáticos, 33. Este patrón se repite en un infinidad de medidas de eficiencia, que claramente indican que ese emperador llamado Brasil no lleva ropas. Es lamentable, pero es cierto: en los últimos años Brasil no se jugó por la modernidad y la eficiencia, y ello le costará caro durante los difíciles años que se nos vienen encima.

… Numerosos estudios internacionales realizados en los más diversos lugares -universidades, institutos de investigación, foros internacionales y agencias de cooperación internacional- muestran que sólo Chile, en toda América Latina, ha logrado un avance sistemático en la senda hacia la eficiencia y el progreso social. No cabe duda de que Chile será el país menos golpeado por el Gran Descalabro de 2008. Su mayor flexibilidad -que, sin duda, podría ser aún mayor-, la diversificación de sus exportaciones, su sistema financiero sólido, sus cuantiosos recursos líquidos invertidos en monedas duras, sus políticas sociales y antipobreza y sus gobiernos de izquierda pragmática aseguran que la crisis vaya a tener un efecto menos devastador que en el resto de América Latina.

… Siempre hemos sabido que el mercado necesita regulación. Pero esta regulación debe ser inteligente, flexible, dinámica; no debe ser excesivamente intrusa ni asfixiante. No cabe duda de que en los últimos años este desafío no se enfrentó con éxito. Y es por ello que en el futuro veremos nuevos esfuerzos dirigidos a proteger a los inversionistas, a mejorar la transparencia e información en el mercado y a ponerle una cota al endeudamiento…. Esta no es la crisis final del capitalismo; esto es el capitalismo. Desordenado e imperfecto, creador de enorme bienestar y riqueza. De vez en cuando tropieza, porque tomó un ritmo demasiado rápido o vertiginoso o porque temporalmente equivocó el camino. Este es el capitalismo que cae, se golpea y retrocede temporalmente. Lame sus heridas, mientras se prepara para volver a ponerse en movimiento, con su enorme fuerza creativa y su eficiencia."

Extractos del artículo publicado en Letras Libres (Mexico-España) 

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