Un mal año y un futuro que no despierta ilusiones

Infolatam
Buenos Aires, 9 de diciembre de 2008
Por Manuel Mora y Araujo

“….Cristina Fernández asumió la presidencia hace un año en un clima de expectativas muy favorables. La tasa de aprobación de su gobierno, o de su persona, rondaba en ese momento el 70 por ciento -un poco menos de lo que Néstor Kirchner había obtenido en promedio en sus cuatro años y medio de gestión, pero más de lo que obtiene gran parte de los gobernantes del mundo-. Al cumplir un año, la aprobación se encuentra en el orden de magnitud de la mitad de aquellos números”.

Cristina Fernández de Kirchner cumple su primer año en el gobierno en condiciones que ningún presidente en el mundo envidiaría. La legitimidad de su gobierno no está en juego, su estabilidad no está amenazada; ni siquiera confronta serios riesgos electorales -dada la fragmentación y falta de liderazgos de las fuerzas políticas opositoras a su gobierno-. Lo que le ocurre es que la sociedad no se muestra satisfecha con su gobierno y que el desempeño de la economía ha entrado en un declive pronunciado.  

El último semestre de este año ha sido malo, muy malo, para el mundo entero. Pero la declinación del gobierno argentino comenzó antes, y por causas totalmente ajenas a los problemas globales. Por esto, precisamente por esto, el gobierno argentino no puede excusarse en la situación global para justificar los problemas del país que está llamado a gobernar. 

Cristina Fernández asumió la presidencia hace un año en un clima de expectativas muy favorables. La tasa de aprobación de su gobierno, o de su persona, rondaba en ese momento el 70 por ciento -un poco menos de lo que Néstor Kirchner había obtenido en promedio en sus cuatro años y medio de gestión, pero más de lo que obtiene gran parte de los gobernantes del mundo-. Al cumplir un año, la aprobación se encuentra en el orden de magnitud de la mitad de aquellos números. La economía se ha enfríado mucho, en gran parte por efecto de la crisis pero también en media importante por las decisiones del gobierno de Cristina: generó incertidumbre, desincentivó la actividad agroindustrial, modificó incesantemente las reglas del juego. 

Durante este año, el kirchnerismo profundizó una transformación política que gran parte de la sociedad juzga regresiva. Néstor Kirchner representó, cuando asumió el gobierno y durante gran parte de su mandato, una oportunidad de cambio político, una ruptura con un pasado signado por sucesivos fracasos y una propuesta interpretable como el inicio de un nuevo período político. Existían tantas razones para poner en duda la consistencia de lo novedoso que el kircherismo ofrecía como para aceptar que se abría una nueva oportunidad. La aprobación de la que gozó su gobierno es indicio de que la sociedad optó por esta segunda interpretación. Cristina fue votada porque representaba una versión superadora del proyecto, una variante menos conflictiva, más componedora, más abierta a una relación amigable con el resto del mundo.  

Fue el mismo Néstor Kirchner quien sepultó ese proyecto por iniciativa propia. Eligió volver a refugiarse en la organización política del peronismo, promovió y logró acuerdos con dirigentes que no representaban nada de esa promesa de cambio, desarticuló la coalición a la que había sumado a dirigentes -y, detrás de ello, votos- de centro, de centro izquierda, de centro derecha y algo de izquierda más extrema- y defendió con uñas y dientes la permanencia en el gobierno de personas que la sociedad fue identificando progresivamente como los operadores de un nuevo régimen de poder y no como la avanzada de un proyecto de cambio. Cristina avaló todo eso y construyó ella misma la imagen de una presidente sin la autonomía suficiente para sostener las promesas que muchísima gente había votado. 

Cuando Cristina asumió la presidencia, hace un año, el kirchnerismo estaba ya en una ligera declinación. La expectativa predominante fue que la nueva presidente le insuflaría aires nuevos y lo revitalizaría. Fue lo contrario. A un año de gestión, el gobierno luce sin futuro; el peronismo se encuentra desorientado; Néstor Kirchner tiene el poder en su partido, pero ya no ejerce un liderazgo; su fuerza está debilitada, su mayoría legislativa se debilita, sus promesas han perdido credibilidad. 

La sociedad, pesimista y escéptica, ya espera poco de su gobierno. La crisis la alarma; a lo sumo, está expectante de lo que el gobierno pueda hacer para paliar sus efectos temidos. Se acabó la ilusión de que la Argentina entraba a un ciclo duradero de crecimiento y cambio; ahora se trata de que la caída no sea tan abrupta como lo fue otras veces, de que los daños que parecen inexorables no sean devastadores. El gobierno que ofreció alta tasa de ocupación y salarios en alza ahora sólo ofrece una disyuntiva patética: o aceptar bajos salarios o perder el empleo. La delincuencia está en alza. La inflación se contiene por efecto del enfriamiento de la economía, que también trae menos ocupación, no por políticas antiinflacionarias exitosas.  

No es un cumpleaños afortunado el del gobierno argentino. Hay razones para mantener algún optimismo sobre el futuro de la Argentina, pero pocas para abrigar expectativas de que este gobierno que está cumpliendo un año vaya a transitar años mejores.

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