La política y el futbol: un paralelismo argentino
Infolatam
Buenos Aires, 4 de noviembre de 2008
Por Manuel Mora y Araujo
Hay un paralelismo llamativo entre lo que sucede con la Argentina política y con la Argentina del fútbol. La comparación puede parecer algo trivial pero no lo es tanto. Se decía hasta hace algunos años que los argentinos éramos un pueblo muy politizado y muy adicto al fútbol; politizados ya no somos, pero seguimos pendientes del fútbol. La designación de Diego Maradona como director técnico del seleccionado argentino de fútbol conmueve hoy a la opinión pública tanto o más que los avatares de la política.(sigue)
El hecho es que después de la renuncia, semanas atrás, del técnico de la selección nacional, “Coco” Basile, la expectativa generada acerca de quien sería su reemplazante fue enorme. Los expertos opinaron, también los futbolistas, varios políticos y empresarios no se privaron de hacerlo tan pronto la prensa les dio lugar, y se difundieron encuestas. El presidente de la Asociación del Fútbol Argentino decide a su arbitrio, hace y deshace a su buen parecer sin preguntar ni consultar ni tomar en cuenta las opiniones de los demás. Ni más ni menos que con los presidentes del país -con una diferencia: estos duran cuatro años en sus funciones y sólo pueden ser reelegidos una vez; el actual presidente del fútbol lleva más de treinta años y todavía Dios no ha dispuesto cuando cesará-.
La visión más generalizada de la política del país que predomina entre los argentinos es que normalmente todo sube y baja, las subas son de corta duración, las bajas son catastróficas, y no habiendo ni personas ni grupos ni ideas confiables, una vez que alguien toma el timón a su cargo lo mejor es depositarle confianza para que haga lo que puede y lo que le parece mejor, hasta que se demuestre en los hechos que ya no puede y entonces se espera que termine su plazo -en esa espera, no pocas veces la sociedad se pone impaciente y procura que se vaya antes de tiempo-. Las instituciones que deberían limitar al gobernante, las que deberían servir de contrapeso, las que deberían ser fuentes de consensos, no funcionan, la sociedad no confía mayormente en ellas; sólo resta desearle suerte a la autoridad de turno para que le vaya lo mejor posible. Así es desde hace bastante tiempo.
Con el fútbol pasa lo mismo. Hay alguien que decide y manda, lo demás no cuenta. En esta oportunidad, debiendo designarse a un director técnico del seleccionado de fútbol, la autoridad de ese deporte informó hace unas semanas que la decisión sería adoptada el 27 de octubre y que hasta entonces no volvería hablarse del tema. Todo el mundo habló, menos los dirigentes del fútbol. El 28 de octubre se conoció el veredicto: Diego Maradona fue ungido el director del seleccionado nacional. Casi todas las personas que opinaron públicamente del tema se expresaron en contra, unos cuantos futbolistas dijeron que sería una mala idea, las encuestas que los medios de prensa difundieron mostraban un alto consenso alrededor de otro nombre y un bajo consenso favorable a Maradona. Pero esto es la Argentina: los dirigentes del fútbol, como los dirigentes de la política, tienden a callarse y avalan o consienten, y quien decide lo hace ejerciendo un poder inconsulto.
Maradona es un talento fuera de serie jugando al fútbol. Para dirigir algo, parece la persona menos indicada del planeta; para liderar carece de todos los atributos imaginables; pero quien decide lo ungió con su dedo omnímodo. ¿Razones, explicaciones? Inconsistentes. Del mismo modo que la presidenta Cristina de Kirchner toma decisiones como la de nacionalizar los depósitos de los fondos privados de pensiones sin prestar oídos a nada ni a nadie -como ella misma lo hizo anteriormente, y otros presidentes antes que ella-.
Esa es la primera parte de la historia. La segunda es la reacción que sigue. Pasados unos días, hasta varios de los más reputados analistas del fútbol comparten una opinión que se esparce gradualmente en la sociedad: es Maradona, es un hecho, démoslo una oportunidad, tal vez salga bien, no pongamos obstáculos. En la política es igual: esto es lo que tenemos, tal vez no termine mal, después de todo hace ya unos días que las bolsas del mundo comenzaron a estabilizarse, en la Argentina algunas industrias muestran ligeros síntomas de recuperación; hay que esperar y no alarmarse demasiado. Exactamente así fue después del conflicto con el sector agrario, que costó al gobierno una fuerte pérdida de popularidad. El conflicto pasó, el tema se diluye… finalmente, tal vez todo funcione… y el gobierno encontró de nuevo un clima tolerante en la sociedad -hasta que se sintió confiado para intentar otra de esas cosas, esta vez con los fondos de pensión-.
Es un curioso camino de resignación e impotencia ante los hechos, una escasa actitud de la sociedad, o de grupos relevantes de ella, y de sus dirigentes, para actuar como actores y no como piezas reactivas, una nula capacidad de construir el futuro.
El resultado está a la vista. El seleccionado argentino de fútbol reúne a un conjunto notable de individualidades destacadas en el mundo, es uno de los que más cotiza por el valor económico de sus integrantes, pero no le va bien; no gana jugando al fútbol. La Argentina como nación está llena de individuos competentes y creativos, le sobran valores aislados, pero como conjunto es uno de los países con peor desempeño en el mundo durante los últimos sesenta años; no le va bien como nación. Las cosas no pueden funcionar bien cuando se deja que unas pocas personas que actúan sin límites puedan tomar decisiones discrecionales que afectan a millones de personas.

























