Un nuevo orden de Bolivia: “evista” y occidental
Infolatam
La Paz, 23 de octubre 2008
Por Fernando Molina
“… Una alternativa democrática al orden estatalista, “evista” y occidental ha de gestarse progresivamente, en primer lugar en Santa Cruz, pero también en el resto del país. Los anti-evistas deben aceptar su derrota, comprender a qué se debió, y sentar así las bases de su regeneración, que, de más está decirlo, no podrá incluir a ninguno de los dirigentes que llevaron al centro derecha boliviano a su actual estado de agonía”.
El lunes 20 de octubre de 2008, el Movimiento al Socialismo (MAS) del presidente Evo Morales pudo haber tomado revolucionariamente el poder. Había reunido las condiciones prescritas por la teoría socialista y la experiencia histórica.
Más de 100 mil campesinos y mineros, venidos de distintos puntos del país, ocupaban La Paz, la sede de gobierno, mientras el ejército, completamente dominado por el Presidente, no quería ni podía intervenir. Las élites económicas y regionales no alcanzaban a decir ni hacer nada, derrotadas por el plebiscito del 10 de agosto, que ganó Morales con el 67 por ciento de los votos y, seguidamente, por el fracaso de las protestas que organizaron y que demostraron su falta de decisión y fuerza política.
Los congresistas adversarios se dividían en dos bandos, uno de los cuales apoyaba al oficialismo. Así, toda la iniciativa política caía en las manos de Morales, quien entonces pudo haber tomado la decisión de cerrar el Congreso, arrestar a los jefes de la disidencia en toda la república, y comenzar una nueva etapa histórica.
Tan es así que ese día Evo encabezó la principal columna de campesinos que llegó a La Paz y por la noche permaneció en vigilia frente al Congreso, rodeado por la multitud. Este gesto, que se interpretó como una operación de marketing, fue algo más que eso. En al menos tres ocasiones el Presidente tuvo que tomar la palabra para calmar a la gente, cuando ésta amenazaba con asaltar el Parlamento. Al final el MAS, apoyado por una importante fracción del opositor Podemos, votó las leyes que reformulaban -y atemperaban- el proyecto de Constitución preparado por la Asamblea Constituyente, y que convocaban a un referendo el 25 de enero para aprobarlo.
En lugar del poder revolucionario, Evo consiguió -como siempre en olor de multitudes- sentar las bases de su propio orden político, provisto de su correspondiente institucionalidad y de sus políticas peculiares. Se trata de un orden con todavía muchos vacíos pero una cosa clara: el cetro le pertenece a él.
Morales tardó tres años en establecerlo. Más tiempo del que debía. Es cierto que primero tuvo que partir la columna vertebral de la oposición, pero también que no supo jugar con las muy buenas cartas que recibió de inicio, y que se complicó más de la cuenta. Así suelen ser las cosas en Bolivia: retorcidas como "cola de chancho".
Al promulgar las leyes ya señaladas, el Presidente lloró un poco. Si todo marcha como prevé, y gracias a la acumulación política más impresionante que ha conocido hasta hoy la joven democracia boliviana, su gestión logrará en enero reconstituir el capitalismo de Estado que estableció, de facto, la Revolución Nacional de 1952; inaugurar el Estado del bienestar -algo poco viable-; y otorgar un estatus inédito -aunque en gran parte retórico- a las organizaciones e identidades indígenas. Logrará además, last not least, asegurarse el poder al menos por 6 años más.
Bolivia retornará, con la aquiescencia general, a lo que dejó de ser en los años noventa: una economía cerrada, centralizada y basada casi exclusivamente en recursos naturales no renovables.
Todo esto, pero, al mismo tiempo, sólo esto: Morales no se propone avanzar hacia el socialismo. Las concesiones realizadas por el equipo del Gobierno a los parlamentarios de oposición mostraron claramente esto, mal que les pese a los sectores más radicales del MAS. En primer lugar, se incluyó una serie de garantías a la propiedad privada; en segundo lugar, se dejó claro que no habrá una nueva reforma agraria (los recortes a la extensión máxima de la tierra serán aplicados únicamente en los futuros procesos de adjudicación agraria); en tercer término, se limitó significativamente las atribuciones de la justicia indígena, así como la injerencia de los sindicatos en la actividad estatal.
Estas decisiones tendrán un costo político. Dentro del nuevo orden boliviano, atenuada la contestación de la derecha, es probable que reflorezca un tipo de lucha -que ya se ha producido varias veces en nuestra historia- entre dos facciones de la propia izquierda: el ala nacionalista, cuyo horizonte es un capitalismo progresista -y, ahora, indígena-; versus el ala marxista, que pretende mucho más.
Junto con esta pelea sobre el rumbo final de los cambios, seguramente se avecina un sinfín de conflictos para definir qué sector se beneficiará más y cuál menos del naciente Estado del bienestar.
La victoria de Morales y sus masas fue al mismo tiempo, también, un nuevo triunfo del norte, y su capital, La Paz, sobre el oriente y el sur del país (la "media luna"), que desde hace mucho pretenden una enérgica descentralización del país. Desde el inicio de su historia republicana, Bolivia ha vivido tensionada por las luchas regionales, una pugna que la mayor parte de las veces ha ganado La Paz. Sin embargo, ahora, por primera vez, su victoria no se ha basado en un claro predominio económico, ya que en el oriente y el sur reside hoy la mayor parte de la economía exportadora boliviana.
En todo caso, el último pulso entre el Gobierno y la "media luna" ha demostrado que La Paz sigue siendo el poder territorial más fuerte. El proyecto constitucional remozado admite la "autonomía" de las regiones, pero no les asigna las competencias ambicionadas por sus líderes. Además, mediatiza el poder que podrían adquirir los gobernadores regionales, al conceder también "autonomía" a los territorios indígenas y fortalecer los gobiernos municipales. Por eso los parlamentarios del oriente no se han sumado al pacto. En cambio, los del occidente, y significativamente también los del sur (una región menos anti-paceña que Santa Cruz), sí lo han hecho.
Aunque es previsible que las élites de Santa Cruz y Beni sigan resistiendo a Evo Morales, han perdido temporalmente el apoyo de la otra mitad de la "media luna". Actuarán, entonces, como un "cuarto menguante", por lo menos hasta que los vientos de la historia vuelvan a soplar a su favor.
Evo Morales, que tiene el gobierno desde 2006, ahora ha ganado también el poder (si bien un poder democrático y por tanto no absoluto). ¿Qué hará con él? Sea lo que fuere, ya no podrá eludir su responsabilidad histórica.
Entretanto, una alternativa democrática al orden estatalista, evista y occidental ha de gestarse progresivamente, en primer lugar en Santa Cruz, pero también en el resto del país. Los anti-evistas deben aceptar su derrota, comprender a qué se debió, y sentar así las bases de su regeneración, que, de más está decirlo, no podrá incluir a ninguno de los dirigentes que llevaron al centro derecha boliviano a su actual estado de agonía.


























