Concluye la bonanza

La Segunda
Santiago, 26 de septiembre 2009
Por Juan Andrés Fontaine

“Aunque la oportuna acción de los bomberos de los bancos centrales contenga el incendio e impida una depresión económica, los estragos causados en el sistema financiero dañan la confianza de inversionistas y consumidores, y reducen la disponibilidad de crédito. Ello no puede sino provocar un severo enfriamiento de la economía mundial. Ya Estados Unidos y Europa se debaten al borde de la recesión.
En Asia y América Latina el clima ha de tornarse adverso. Desde luego, las circunstancias exigen un liderazgo clarividente y enérgico por parte de las autoridades económicas, particularmente en Estado Unidos, epicentro del terremoto. Pero su desempeño hasta ahora no ha estado a la altura”. (La Segunda. Chile)

"Arde Wall Street. La crisis financiera que sacude a los mercados internacionales ha cobrado mala cara. En Chile estamos bien protegidos, porque hemos hecho las tareas, dicen nuestras autoridades. Pero para calibrar bien la situación, debemos comprender qué pasó y hacia dónde marcha ahora el mundo.

Es tentador plantear que el colapso de los titanes bancarios del norte es un inexcusable fracaso de la economía de libre mercado. Pero hay que considerar la alternativa. Esta crisis financiera, como las muchas que se han sucedido a lo largo de la historia mundial, es producto de los excesos incurridos durante la prolongada e intensa expansión económica de los últimos años. El entusiasmo con la riqueza genuina creada por la globalización y los adelantos tecnológicos elevó exageradamente las expectativas, impulsó una impresionante alza en los valores de las propiedades y otros activos, propició un fenomenal aumento del endeudamiento, produjo bienestar real para muchos, pero terminó exponiéndonos a un riesgo excesivo. El error fue compartido por innumerables empresarios y consumidores, financistas y deudores, reguladores y regulados. ¿Acaso habrían hecho la tarea mejor los planificadores centrales, los superintendentes y sus expertos, la burocracia estatal? ¿Acaso los gobiernos de turno no extrajeron también jugosos dividendos políticos de la bonanza y la burbuja crediticia?

Los sesudos economistas de la escuela austriaca pensaban que las crisis financieras eran una consecuencia inevitable de la naturaleza humana. Es más, planteaban que eran una catarsis necesaria para depurar a la economía de malos negocios, renovar las energías empresariales, templar el carácter de deudores y banqueros. El problema es que en ellas suelen pagar justos por pecadores, lo que alienta un dañino intervencionismo estatal.

Los más pragmáticos economistas de la escuela de Chicago -en la que me formé- suelen culpar a los bancos centrales de la gestación o propagación de las crisis. Por ejemplo, Milton Friedman atribuye la Gran Depresión a un flagrante error de política monetaria. En esta ocasión, los dardos van contra Alan Greenspan, otrora reverenciado por su maestría en la conducción del Banco de la Reserva Federal. En los últimos años de su gestión habría rebajado en exceso los intereses, alarmado por el traumático atentado contra las Torres Gemelas. El crédito barato habría alimentado la burbuja inmobiliaria, cuyo posterior derrumbe, una vez que la rectificación monetaria se hizo inevitable, es el detonante de la crisis financiera.

Finalmente, están los que encuentran en la insuficiencia de las regulaciones financieras la raíz de las tribulaciones actuales. Desde luego, no tiene fundamento el cargo que las crisis bancarias son propias de los mercados poco regulados. A comienzos de los 90, por ejemplo, tormentas semejantes arrasaron a Japón y a las economías escandinavas, que mal pueden ser consideradas paradigma del libre mercado. La crisis actual viene precedida de un vertiginoso desarrollo del mercado financiero, que permitió rebajar el costo del crédito, diversificar riesgos y estimular el crecimiento económico. No es cierto que el mercado de capitales norteamericano carezca de regulaciones —las tiene y muy densas—, pero es válido preguntarse si acaso éstas contribuyeron a agravar los excesos y a ahondar el posterior colapso. Por ejemplo, la imposición a los bancos de requerimientos mínimos de capital y la frecuente marcación de los activos a valor de mercado (o peor aún, a valores teóricos extraídos de modelos matemáticos) parecen haber exacerbado el ciclo de expansión y posterior contracción.

La crisis financiera actual parece ser la más seria desde la Gran Depresión, pero sus consecuencias serán sustancialmente menores precisamente porque los errores de política monetaria entonces cometidos son conocidos y la lección ha sido aprendida. Entre 1929 y 1932, el producto norteamericano terminó cayendo en un tercio, el desempleo saltó al 25% y la bolsa cayó a un sexto de su valor previo. Hasta ahora, EE.UU. todavía crece, tiene un desempleo de sólo 6% y lleva una caída bursátil de 20%.

Aunque la oportuna acción de los bomberos de los bancos centrales contenga el incendio e impida una depresión económica, los estragos causados en el sistema financiero dañan la confianza de inversionistas y consumidores, y reducen la disponibilidad de crédito. Ello no puede sino provocar un severo enfriamiento de la economía mundial. Ya Estados Unidos y Europa se debaten al borde de la recesión. En Asia y América Latina el clima ha de tornarse adverso. Desde luego, las circunstancias exigen un liderazgo clarividente y enérgico por parte de las autoridades económicas, particularmente en Estado Unidos, epicentro del terremoto. Pero su desempeño hasta ahora no ha estado a la altura.

El Banco de la Reserva Federal ha actuado en forma tardía y zigzagueante. Por su parte, la Secretaría del Tesoro, en lugar de diseñar a tiempo un programa eficaz de auxilio a los deudores hipotecarios -que es donde nació la epidemia-, ha finalmente propuesto un vasto programa de compra de los activos tóxicos de los bancos. No es claro que la propuesta en realidad resuelva la insuficiencia de capital en los bancos, y a diferencia de Chile en los ochenta, no impone sobre sus accionistas ninguna obligación de recompra. El prestigioso profesor Allan Meltzer acaba de citar el ejemplo de Chile como modo civilizado de encarar una crisis financiera.

Contar con una banca sólida y vigorosa será crucial para poner a la economía mundial nuevamente en marcha. Me temo que la remoción de los escombros y la reconstrucción de las estructuras dañadas tomarán tiempo. Mientras tanto, la revisión de la regulación financiera puede tomar un giro muy negativo. Ya se oye despotricar contra muchas de las prácticas que facilitaron a muchos alrededor del mundo el acceso al crédito y alimentaron la gran prosperidad mundial de los últimos años. El signo de los nuevos tiempos es probable que sea la cautela, y ello presagia una economía a paso lento.

A diferencia de la crisis asiática de once años atrás, el fortísimo huracán financiero que se cierne sobre el hemisferio norte no es claro que se dirija hacia acá. Nos protegen los elevados precios del cobre y demás exportaciones. Si éstos se vinieran abajo, podríamos recurrir a los cuantiosos ahorros prudentemente acopiados durante los años de vacas gordas. Pero de lo que es difícil que escapemos es de un significativo aumento del costo real del crédito externo e interno. Si durante la bonanza crediticia que concluye invertimos y crecimos poco, ahora que el viento se nos vuelve adverso, el avance se nos hará aun más arduo. En materia de inversión y productividad, hay aún mucha tarea sin hacer."

Articulo cedido por el autor para su publicacion íntegra en Infolatam

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