La hora de la cohesión social

El País
Madrid, 10 de noviembre 2007
Por Jorge Edwards

“… Porque la diferencia entre Chile y Venezuela, por ejemplo, o entre Chile y Cuba, es evidente, y representa una disyuntiva de fondo. Al Chile de la Concertación le ha ido razonablemente bien. … Y a qué se podría apostar en la cumbre de ahora: a que Hugo Chávez, sentado con la mayor comodidad en sus colchones de petrodólares, saque las garras en cualquier momento, y a que nosotros sigamos llenos de sonrisas protocolares, poniendo vaselina por todos lados. ¿Corresponde una reacción así al momento actual? ” (El País. España)

"En esta Cumbre se plantea una disyuntiva fundamental, pero probablemente será morigerada, maquillada, envuelta por los oradores principales entre paños tibios. Cosas de la diplomacia, digamos, pero habría que preguntarse si son estilos propios de una diplomacia moderna, o posmoderna, adecuada a este siglo XXI. Es la disyuntiva entre revolución y reforma, entre el progreso gradual e ilustrado y aquello que ya se define por ahí como el "atajo", es decir, el avance rápido, el avanzar sin transar del que se hablaba en Chile en los años del allendismo. Nosotros, aquí en Chile, después de embarcarnos con poca claridad, con graves divisiones internas, con vacilaciones de todo orden, en el camino revolucionario, y después de pagar nuestras culpas políticas con sangre y con lágrimas, hemos escogido el camino del reformismo.

… Me pregunto, en el caso actual, si una polémica más abierta, con toda la cortesía que corresponde, pero sin disimulo, no sería saludable y hasta necesaria. Porque la diferencia entre Chile y Venezuela, por ejemplo, o entre Chile y Cuba, es evidente, y representa una disyuntiva de fondo. Al Chile de la Concertación le ha ido razonablemente bien. El país, ahora, goza de más prestigio en el mundo exterior que entre los socarrones y criticones chilenos. Y a qué se podría apostar en la cumbre de ahora: a que Hugo Chávez, sentado con la mayor comodidad en sus colchones de petrodólares, saque las garras en cualquier momento, y a que nosotros sigamos llenos de sonrisas protocolares, poniendo vaselina por todos lados. ¿Corresponde una reacción así al momento actual? ¿Convence a los taxistas y a las dueñas de casa, pero no sólo a ellos: a los estudiantes, a los obreros, a la gente que trata de pensar un poco?

La orientación chilena actual es el resultado de una experiencia histórica larga y dolorosa. No es un producto de la casualidad, o del capricho, o de la influencia del imperialismo norteamericano. Tenemos que hablar en serio, no en jerigonza. Y tenemos que estar preparados para responder a la jerigonza. No está demás, en este aspecto, que recordemos a nuestros clásicos. Vicente Huidobro, el poeta de Altazor, fustigaba en sus años maduros a los "esclavos de la consigna". Neruda, su rival eterno, conoció esa esclavitud y se liberó de ella con trabajoso esfuerzo. Hay que leer los textos con atención, por encima de las líneas y entre las líneas. Ahora, desde las trincheras del nuevo populismo de América Latina, nos tiran a la cabeza verdaderos chaparrones de consignas. Y existe una primera línea defensiva que no deberíamos olvidar nunca. El canciller colombiano acaba de usarla con lucidez en una entrevista de prensa. Nuestros gobiernos, ha dicho, representan la voluntad de nuestros pueblos. Está muy bien. Tendríamos que comenzar por ahí. Reformar una constitución política para conseguir la reelección indefinida, la perpetuación en el poder con apariencias legales, no es el camino correcto. No es algo que nos convenza y que podamos tragar fácilmente.

El Gobierno chileno ha colocado en la agenda el tema de la cohesión social. Es decir, según el Gobierno, es posible alcanzar cierto grado de cohesión de la sociedad por el camino del progreso, del desarrollo de la economía, de una política que no olvida los grandes objetivos sociales. Aunque se diga con facilidad, no es poco. Es, precisamente, un enorme desafío a las consignas habituales. En épocas recientes, el dogma de la lucha de clases, de la guerra interna, no admitía réplica. La idea de llegar a un estado de relativa cohesión social dentro de una sociedad burguesa, de economía liberal, de mercado, era la peor de las blasfemias ideológicas. No había más sociedad cohesionada que la sociedad sin clases, y a ella se llegaba a través de la lucha, de la revolución y de la dictadura del proletariado. Son términos que ahora suenan como anacronismos, como fósiles ideológicos, pero que no sonaban así hace tres o cuatro décadas, es decir, en términos históricos, hace nada. Y ocurre que esos términos, que aquí, en el Chile de hoy, dejaron de tener sentido, han resucitado con fuerza inusitada, en virtud de experiencias históricas muy diferentes, en otras latitudes: en Venezuela, en Ecuador, en Bolivia. Con el ejemplo cubano colocado siempre en alguna parte, en algún altar lejano, en alguna "animita" de la orilla del camino.

El secreto de la fuerza de un Chávez, de un Correa, de un Evo Morales, tiene su origen, sin duda, en un pasado, en un proceso. Las promesas de los políticos tradicionales se repitieron durante demasiadas campañas y demasiados gobiernos. El mundo popular sólo vio que los profesionales de la política se enriquecían y que ellos seguían más pobres, más necesitados que antes. Yo me puedo irritar, me puedo escandalizar y rasgar las vestiduras, pero si no soy capaz de entender, estoy perdido. Ahora bien, como chileno viejo, entiendo, comprendo la impaciencia de los electores venezolanos, ecuatorianos, bolivianos, pero estoy seguro de que mi país representa una alternativa mejor".

Extracto del artículo publicado en El País. España

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