De nuevo el fantasma
La Nación
Buenos Aires, 11 de octubre de 2007
Por Julio María Sanguinetti
“Para no retornar a los años 80 hay que actuar rápido. Es lo que nos dice la historia…no podemos recaer en ofrecer lo que ya no se puede dar. Hay que aprovechar el momento mundial para ofrecer seguridad a la inversión y generar las condiciones de un desarrollo sustentable. Con tarifaciones oficiales y represiones nerviosas en el mercado sólo atemorizamos a los inversores”.(La Nación. Argentina)
"Luego de las tremendas hiperinflaciones de fines de la década del 80, que tanta penuria causaron en América latina, los últimos años han mostrado una evolución de precios muy razonable, acompasada a una etapa de crecimiento económico generalizado. Los precios internacionales alcanzaron los mejores niveles históricos y, como consecuencia, los cuatro años que fueron de 2003 a 2006 registraron una mejoría en el crecimiento económico, la reducción de la pobreza y el aumento en la oferta de empleo.
La vida nos sonreía, por fin. La globalización mostraba su rostro amable. Podíamos crecer y distribuir el ingreso a la vez, esa conjugación siempre tan esquiva…
En medio de esa bonanza, que aún disfrutamos, ha asomado nuevamente el eterno convidado de piedra, el viejo fantasma que condenó a la amargura a tantos países, en aquellos años en que la democratización del continente abría nuevos horizontes a la vida política: la inflación…
De todo lo observado en este último medio siglo, resulta incuestionable que la inflación supone siempre exceso de dinero con relación a los bienes en oferta en el mercado. Este es el síntoma claro de la enfermedad. El mar de las dudas nace cuando nos preguntamos si debemos combatir los síntomas o atacar las causas de la enfermedad. ¿Bajamos la fiebre de precios, simplemente, o tratamos de ir a la razón por la cual el termómetro levanta la columna mercurial?…
Hoy, los hechos nos dicen algunas cosas claras. La primera es que los precios internacionales están muy elevados y, por lo mismo, los productos de exportación (la soja, el petróleo, el trigo, la leche, la carne) se han encarecido en el mercado interno. La segunda es que el dólar se ha debilitado mucho y proyecta, así, una inflación hacia el mundo, con un exceso notorio de circulación. La tercera -y aquí nos salimos de los maestros para invocar a Perogrullo- es que, no pudiendo cambiar el mundo, hay que prevenir el fenómeno dentro de casa. Si no contenemos el aumento de gasto público, si nos dejamos arrastrar por mecanismos automáticos de indexación salarial, si no procuramos que los excedentes de la bonanza internacional se destinen a inversiones reproductivas, como la producción de energía, volveremos a vivir un mal tiempo…
Para no retornar a los años 80 hay que actuar rápido. Es lo que nos dice la historia, maestra de la vida, como decía Cicerón. Los gastos de hoy son las promesas de ayer, y por eso no podemos recaer en ofrecer lo que ya no se puede dar. Hay que aprovechar el momento mundial para ofrecer seguridad a la inversión y generar las condiciones de un desarrollo sustentable. Con tarifaciones oficiales y represiones nerviosas en el mercado sólo atemorizamos a los inversores.
Por otra parte, los aplausos iniciales de los consumidores se silencian rápido cuando los salarios empiezan a perder ante los precios, corriéndolos de atrás. Hoy no existe un riesgo recesivo, cuando la economía global empuja todo hacia arriba. Se trata simplemente de actuar con prudencia y asumir que, por aplausos circunstanciales, puede hipotecarse la cosecha de estos buenos años".
Extracto del artículo publicado por el diario La Nación

























