El peso de la realidad

Infolatam
Madrid, 9 de octubre 2007
Por Carlos Malamud

(Especial para Infolatam) .- “El triunfo del SÍ no sólo supuso el triunfo de la racionalidad sino que evitó, a su vez, algunos problemas importantes, tanto para Costa Rica como para el resto de América Central…. la victoria del NO hubiera supuesto el inicio de un importante proceso de deslocalizaciones de empresas situadas en Costa Rica en dirección a otros destinos centroamericanos, con la pérdida de miles de puestos de trabajo, un lujo que Costa Rica no se puede permitir”.

No en vano se dice que Costa Rica es uno de los casos más exitosos de democracia en América Latina. Su desempeño de las últimas décadas así lo atestigua y a eso hay que sumar el desarrollo de la jornada electoral del domingo, que lo plasma de una forma clara y palmaria. En efecto, la normalidad y la tranquilidad fueron la regla casi permanente a lo largo de las 12 horas durante las cuales se votó entre apoyar o rechazar el DR-CAFTA, el Tratado de Libre Comercio (TLC) entre Estados Unidos, América Central y la República Dominicana. De este modo, el pueblo costarricense ha demostrado que las confrontaciones políticas, que pueden llevar, como fue el caso, a dividir más o menos profundamente a una sociedad, pueden encontrar en las instituciones democráticas y en la lucha de ideas el mejor cauce para resolver los conflictos.

Por más de 50.000 votos, el 3,5% de los sufragios escrutados, el SÍ se impuso al NO, lo que ha supuesto un importante espaldarazo para el presidente Óscar Arias, que se jugaba buena parte de su credibilidad y su legitimidad en la partida. Sin embargo, la normalidad con la que se celebró el referéndum dio lugar a una situación algo paradójica a partir del momento en que los seguidores y, sobre todo, los dirigentes del NO se negaron a reconocer la magnitud de su derrota. De forma inmediata al conocimiento de los primeros resultados se suspendió una conferencia de prensa, inicialmente prevista para propalar las condiciones que pondrían al gobierno los teóricos ganadores de la contienda. También se cancelaron declaraciones de los responsables políticos y, lo más grave, comenzaron a oírse denuncias de fraude y pedidos, como el del candidato derrotado en las últimas elecciones presidenciales, Ottón Solís, que reclamaba un recuento voto a voto.

Ocurrió que las altas expectativas a favor del NO, surgidas en la semana previa a la consulta y apoyadas en determinadas encuestas que le otorgaban una ventaja respecto al SÍ superior a diez puntos, se vieron rápidamente frustradas en el comienzo mismo del escrutinio. Esas expectativas también habían dado lugar, la misma tarde del comicio, a ciertas expresiones enormemente triunfalistas, en que los líderes del NO llegaron a anunciar que vencerían por más de ocho puntos de diferencia.

El triunfo del SÍ no sólo supuso el triunfo de la racionalidad sino que evitó, a su vez, algunos problemas importantes, tanto para Costa Rica como para el resto de América Central. En primer lugar, en el supuesto caso de que hubiera triunfado el NO, la cuestión de fondo hubiera sido la de quién y cómo hubieran gestionado ese triunfo. Vale la pena recordar que los partidarios del NO habían constituido una amplia y heterogénea coalición integrada por sindicatos y sindicalistas (en Costa Rica los sindicatos son firmes defensores del status quo), por algunos intelectuales y académicos, especialmente aquellos con una postura muy connotada en contra de los Estados Unidos y en defensa de la soberanía nacional, por decenas de curas y algún obispo, por gente del mundo rural y, en particular las principales fuerzas de la oposición, aunque algunos de sus integrantes también se sumaron a la defensa del SÍ. Lo más probable era que la división de ese frente heterogéneo hubiera sumido al gobierno y al país en una importante crisis política.

Segundo, la victoria del NO hubiera supuesto el inicio de un importante proceso de deslocalizaciones de empresas situadas en Costa Rica en dirección a otros destinos centroamericanos, con la pérdida de miles de puestos de trabajo, un lujo que Costa Rica no se puede permitir. Las deslocalizaciones buscaban no perder competitividad, una vez esfumadas las posibilidades de mantener las actuales exenciones aduaneras que les garantizaban el acceso a los mercados de Estados Unidos, el primer socio comercial del país. Porque más allá de las falsas promesas vertidas en la campaña de que era posible renegociar con Washington los términos del TLC, o que la Administración Bush podía prorrogar las preferencias arancelarias de las que Costa Rica actualmente se beneficia, lo cierto es que el país se hubiera suicidado económicamente si se rechazaba el TLC.

Si bien ganó el SÍ, la historia de su implementación todavía no se acabó. De aquí a fines de febrero el Parlamento de Costa Rica debe aprobar 13 proyectos de ley, que reglamenten lo que supone la adhesión al TLC y que liberalicen algunos sectores, como los seguros y las telecomunicaciones todavía en poder del Estado. Si alguien piensa que el camino está totalmente allanado después del referéndum se equivoca. Ya han surgido algunas voces de ciertos parlamentarios de la oposición que han manifestado su disposición a batirse hasta el último suspiro para que estas leyes no sean aprobadas. De este modo se evidencia el escaso sentimiento democrático de aquellos que se niegan a reconocer la voluntad del pueblo de Costa Rica. El nuevo argumento es la cortedad del resultado, esos menos de cuatro puntos porcentuales, que justifican, según esta interpretación, recomenzar la negociación sobre el TLC.

De todos modos, la gestión del SÍ debe ser responsable. Enfrente hay una masa importante de costarricenses que piensan de otra manera. Ni el gobierno los debe negar ni ellos deben permitir que se los olvide. De seguro, el control sobre las autoridades en todo lo referente al libre comercio será intenso. Es hora, entonces, de reforzar los partidos políticos, pero para ello es necesario no equivocarse sobre los elementos básicos del debate ni comparar al demonio con los intercambios mercantiles.

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