Un buen candidato muy mal acompañado
Infolatam
Madrid, 9 de mayo de 2007
Por Rogelio Núñez
“El problema de Lavagna en estas elecciones es, en primer lugar, la compañía que ha elegido para arropar a su proyecto. El ex ministro acude flanqueado por dos ex Presidentes y viejos caudillos argentinos, quienes recuerdan más al pasado que al presente: el radical Raúl Alfonsín y el peronista Eduardo Duhalde”.
Néstor Kirchner, o el kirchnerismo, hoy por hoy no tienen enfrente a un rival lo suficientemente fuerte que les pueda arrebatar la victoria en las elecciones presidenciales del 20 de octubre. Roberto Lavagna, que junto con Elisa Carrió y Ricardo López Murphy, aspira a desalojar de la Casa Rosada al kirchnerismo, presenta mañana su candidatura, pero ni por los pilares en los que sostiene su proyecto, ni por el respaldo popular que recibe, parece que pueda representar un obstáculo para la reelección de Kirchner o, en su defecto, la elección de Cristina Fernández de Kirchner.
Lavagna es un excelente candidato: posee buenas relaciones con peronistas y radicales, es un reputado economista, padre de la recuperación argentina, tras la debacle de 2001, cuando fue ministro de economía de Duhalde y de Kirchner (2002-2005) y tiene credibilidad internacional. Sin embargo, está lejos de ser una alternativa viable a corto plazo.
El problema de Lavagna en estas elecciones es, en primer lugar, la compañía que ha elegido para arropar a su proyecto. El ex ministro acude flanqueado por dos ex Presidentes y viejos caudillos argentinos, quienes recuerdan más al pasado que al presente: el radical Raúl Alfonsín y el peronista Eduardo Duhalde.
El expresidente Duhalde es un viejo cacique de Buenos Aires, derrotado por Néstor Kirchner en 2005, quien conquistó la Presidencia en 2003 apadrinado y apoyado por el propio Duhalde, que de esa forma evitaba que su enemigo, Carlos Menem, regresara al poder. Sin embargo, el hijo, utilizando las viejas armas, de la vieja política, se rebeló contra el padre, quien ya hace tiempo dejó de ser un poder detrás del trono. Ahora, el caudillo desea tomarse la revancha apoyando a su antiguo ministro.
Alfonsín encarna al viejo radicalismo de los años 80 que no ha sido capaz de adaptarse a los nuevos tiempos. La UCR, partido centenario y uno de los vertebradores del sistema político argentino durante el siglo XX, es ahora un viejo cascarón que sólo cuenta con apoyos en algunas provincias. Ha perdido, por un lado, a los sectores con poder e influencia, los cuales han caído en las redes presidenciales, cooptados por el kirchnerismo (los llamados "radicales k"). Por otro lado, del radicalismo se han marchado los grupos más dinámicos tanto por su derecha (Ricardo López Murphy) como por su izquierda (Elisa Carrió). En la actualidad, la UCR está más cerca de su desaparición (o de una precaria existencia) que de regresar a la Casa Rosada.
Lavagna carece así de partido propio y su presencia a nivel nacional es muy débil pues el duhaldismo y el alfonsinismo son fuerzas decadentes. Ni siquiera ha sido capaz de presentar un candidato propio a las elecciones para la ciudad de Buenos Aires. Con semejante coalición, los argentinos claramente prefieren a Kirchner que a un mal remedo de la Alianza que llevó al poder en 1999 a Fernando de la Rúa y que acabó en 2001 en medio de la crisis más profunda de la historia de Argentina. En el imaginario argentino queda el recuerdo de aquella coalición que fracasó pese a estar apoyada en dos fuerzas como el FREPASO y la UCR, con más fuerza que la que posee en la actualidad la amalgama duhaldista-alfonsinista.
Pero además, si en algo ha sido exitoso Kirchner, además de en el terreno de la economía, es en acumular poder y en lograr el respaldo ciudadano. Ante eso, ni el padre de la recuperación económica puede hacer nada, por mucho que señale y denuncie las falencias del sistema económico kirchnerista, que garantiza un altísimo crecimiento coyuntural, pero que ha creado unos nubarrones a medio plazo por la falta de reformas estructurales. Más tarde o más temprano Kirchner deberá afrontar esos problemas o su castillo de naipes no aguantará la espiral inflacionaria, el malestar empresarial, el control de precios, y la escasa inversión extranjera.

























