Populismo: una palabra rusa para un Mal latinoamericano

The Library of Economics and Liberty
Caracas, febrero 2007
Por Ibsen Martínez

” Pero es en América Latina en donde el populismo ha tenido la mayor influencia y ha sido sinónimo de malestar social, corrupción, anarquía, desprecio indignante para las libertades individuales y económicas, atraso y pobreza extrema… “. (The Library Economics and Liberty. EE.UU)

Es un pensamiento generalizado que América latina se ha movido a la izquierda. El mapa político del continente es presentado a menudo como una tela de araña que crece en forma fluida, de regímenes populistas. Algunos expertos en cambio han puntualizado este concepto haciendo distinciones que creen necesarias. Discriminan “grados” de populismo.

Por ejemplo, un gobierno populista “soft-core”, sería uno basado en políticas macroeconómicas prudentes conservando algunas de las reformas de la liberalización que estuvieron de moda durante los 90. Por otra parte hay regímenes populistas que ordenan nacionalizaciones o proponen la idea de poner los bancos centrales bajo control directo del poder ejecutivo. Estos denigran la democracia liberal y amenazan la libertad de expresión, disminuyen el poder del congreso y gobiernan por decreto, posicionándose como abogados testarudos en difíciles materias técnicas para dirigir el voto popular. Ambas clases de regímenes, tan dispares, corresponderían a la tradición latinoamericana del populismo.

Para mayor complicación, desde el principio de los años 90 se ha hablado mucho de un tipo especial, el “populismo neoliberal”.

Sin embargo el populismo ha demostrado ser un concepto evasivo, si se quiere entender qué es lo que verdaderamente está creciendo en la región. En 1890 el Midwest de Estados Unidos mostró el surgimiento de lo que fue llamado “populismo”. Era un movimiento de origen rural, que se rebeló contra lo que ellos pensaban como “el control de las mafias urbanas” especialmente la de los ferrocarriles. Su apogeo coincidió con la elección presidencial de 1896, cuando los populistas americanos apoyaron a William Jennings Bryan en su cruzada contra el patrón oro.

… Pero es en América latina en donde el populismo ha tenido la mayor influencia y ha sido sinónimo de malestar social, corrupción, anarquía, desprecio indignante para las libertades individuales y económicas, atraso y pobreza extrema.

Es acostumbrado entre especialistas, provocados por lo que los franceses llaman “l'esprit de systeme”, clasificar las “oleadas” de populismo latinoamericano que repetidamente han barrido el continente desde los últimos años 20. Así, el dictador argentino Juan Domingo Perón (1895-1974), que gobernó su país como dictador militar entre 1943 y 1946, y que después fue elegido de 1946 a 1955, pertenecería a la segunda categoría de “oleada”, mientras que el primer gobierno de Alan García como presidente elegido en Perú (1985-1990) pertenecería a la “tercera oleada.”

Sin embargo, el populismo latinoamericano atenua cualquier distinción posible entre líder, partido, gobierno y estado. Hace cincuenta años, los líderes populistas ya se diferenciaban de socialistas y comunistas en que eran partidarios de forjar alianzas inter-clase. Pero ya entonces como ahora, dominaron a la magistratura con el amiguismo, trucaron elecciones y se irritaban con el capitalismo mientras que fomentaban la corrupción.

Los más populistas, en el pasado y en el presente, han sido los militares, aunque el primer líder populista de Ecuador, José María Velasco (1893-1979), cinco veces elegido presidente y cuatro veces derrocado por el ejército, era un abogado que subió al poder con los votos de multitudes de campesinos y de trabajadores inexpertos embelesados por su oratoria. Típicamente carismático, una vez se le oyó diciendo a sus seguidores, “dénme un balcón y seré presidente”.

Con una oratoria beligerante, los caudillos carismáticos, sean civiles o militares, desprecian los órganos en que descansan normalmente los poderes ejecutivos en democracias de buen funcionamiento y crean mitos de ayuda social que enloquecen a las masas, tales como Evita; estos elementos normalmente están asociados al populismo.

De hecho, el populismo puede ser un enredo de contradicciones. A pesar de su impulso contra-elitista, tiende a crear nuevas élites. El nacionalismo no se ve limitado necesariamente al hacer negocios con corporaciones extranjeras de los “imperialistas”. Los líderes populistas hacen campaña contra la corrupción política pero a menudo terminan generando aún más.

“En 1960 según un reportaje publicado por el The Economist el año pasado, el populismo parecía haberse debilitado en América Latina, estrujado por el marxismo, la democracia cristiana y las dictaduras militares. Su renacimiento actual demuestra que está profundamente arraigado en la cultura política de la región. Pero esto también implica algunos nuevos elementos. La nueva cosecha de líderes populistas se apoya en parte en la política de la identidad étnica. Sus coaliciones se basan en los pobres, urbanos y rurales, y en ésos que trabajan en la economía informal. Defienden a los que están más disconformes con la globalización que con la industrialización”.

Al principio de los años 90, muchos observadores se apresuraron al predecir el fallecimiento del populismo argumentando que ahora las técnicas de primera clase de marketing político habían hecho a todos los candidatos carismáticos, teniendo suficiente dinero. El argumento fue más allá, sosteniendo que la economía global y las realidades sociales exigían nuevas políticas, absolutamente inalcanzables por los partidos y líderes populistas obsoletos y desacreditados. El populismo fue declarado moribundo, si no completamente extinto.

Más recientemente, sin embargo, otros analistas han mantenido que uno de los rasgos más prominentes del populismo es la muy frecuente tendencia fallida a tender un puente sobre el agujero entre las políticas tradicionales y progresivas. Una explicación para esto pudo ser que el populismo es una técnica (o un sistema de técnicas) de dirección política y de control de la masa y del poder más que una “ideología”.

… Al fin y al cabo, no importa cuán listo un líder puede ser o cuan astutamente se construyen las coaliciones populistas, el hecho es que el personalismo, así como la centralización excesiva, condena al aparato estatal y a los empleados públicos a la parálisis mientras que todas las decisiones, citas, e iniciativas requieren la implicación directa, la aprobación y la acción del líder. Esto es lo qué mina en última instancia la eficacia del populismo si sus líderes están en la oficina.

No se puede terminar una valoración de las características del populismo latinoamericano sin la explicar lo que exige el populismo en términos económicos.

El énfasis de los populismos en el crecimiento y distribución de los ingresos junto a la indiferencia frente a la inflación y el déficit finaniero es paradigmático. En un estudio de 1999 que se ha convertido ya en un clásico, Rudiger Dornbusch y Sebastian Edwards expusieron el paradigma del populismo latinoamericano e incluso lo dividieron en fases.

Una vez que terminan las fases iniciales la economía llega a un cuello de botella debido a las políticas expansivas poco aconsejables y a una carencia cada vez mayor de moneda extranjera. La inflación, las realineaciones del precio y la devaluación llegan a ser inevitables mientras que el déficit presupuestario se empeora como resultado de salarios y de mercancías subvencionados.

Esto ha sucedido en la Argentina, Brasil, Bolivia, México, Perú, Venezuela, Nicaragua y Chile, en diversas épocas a través del siglo 20, y bajo la égida de diversos regímenes. De acuerdo con Dornbusch y Edwards, la macroeconomía de todas estas experiencias es muy parecida, incluso si la diferencia política es grande.

¿Pueden los países desarrollar una memoria económica? Es una pregunta difícil. Dornbusch y Edwards resumen los descubriminetos de muchos y buenos contribuidores latinoamericanos en su libro de una manera algo desalentadora.

“Con absoluta claridad,” escriben, “los detallados estudios del caso recogidos aquí sugieren que, en general, hay una capacidad muy pequeña (y buena voluntad) de aprender de las experiencias de otros países. De hecho, una de las regularidades más llamativas de estos episodios es la insistencia con la cual los ingenieros de los programas populistas discuten que sus circunstancias sean únicas y así inmunes a las lecciones históricas de otras naciones.”

Artículo publicado en The Library of Economics and Liberty

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