Su enemigo verdadero

Infolatam
Caracas 23 de enero 2007
Por Ibsen Martínez

Hugo Chávez truena a menudo contra Bush y los Estados Unidos ??”Mr. Danger y el Imperio”, los llama?? señalándolos como los peores enemigos del “socialismo del siglo XXI” que su revolución bolivariana aspira a encarnar como modelo para los desheredados de la tierra. Pero quizá su peor enemigo no sean los gringos sino el petróleo y uno de sus más singulares derivados: el petroestado.

"¿Qué rayos tiene el petróleo que envenena?" es la pregunta que muchos venezolanos, indonesios, nigerianos, argelinos, mexicanos o iraníes nacidos en el siglo XX se han hecho alguna vez, sin encontrar respuesta. ¿Por qué resulta tan inviable crear y distribuir riqueza en un país petrolero del tercer mundo?

La feroz paradoja del petroestado?arquetipo de país rico, según la imaginación moderna? está en su incapacidad para lidiar con las turbulencias que traen consigo las bonanzas, y en su propensión a azotar a sus ciudadanos con toda clase de calamidades. La más lancinante e irónica de todas ellas es la pobreza extrema.

«No, no se ponga a estudiar a la Opep», le dijo Juan Pablo Pérez Alfonzo (el abogado venezolano considerado "padre" del cártel del productores), a la investigadora estadounidense que lo entrevistaba un día cualquiera de los años setenta. «La OPEP es cosa aburrida?añadió?. Estudie más bien lo que el petróleo le hace a Venezuela; lo que está haciendo con todos todos nosotros»

A juzgar por el fruto de su trabajo, Terry Lynn Karl siguió provechosamente el consejo del padre de la Opep. En 1997, la Universidad de California en Berkely publicó su libro The Paradox of Plenty: Oil Booms and Petroestates ("La paradoja de la abundancia: los booms petroleros y los petroestados". Aún sin traducción española.). Este libro puede leerse como una «fisiología» del estado petrolero, entendido este último como un caso particular, muy particular, de los estados mineros.

En un capítulo poco citado de La riqueza de las naciones, Adam Smith llamó por primera vez la atención sobre la diferencia específica que hace de la riqueza mineral una clase en sí misma de riqueza. Lo hallado por Karl, a lo largo de una investigación que duró más de una década, muestra, además, cómo los estados petroleros no sólo no comparten las características de otros estados mineros, sino que tampoco se parecen a los países manufactureros o agrícolas del mundo industrial avanzado o en desarrollo, cuyos productos de exportación ni son agotables, ni son propiedad estatal, ni son tan estratégicamente importantes, ni son tan "intensivos" en capital, ni se ven tan dominados por variables externas, como en el caso del petróleo.

Los petroestados se erigieron, obviamente, sobre lo que había antes de que en esas naciones hiciera aparición la industria petrolera. En la mayoría de los casos, la industria petrolera encontró lo mismo que, hacia 1911, encontró en Venezuela: un legado de debilidad institucional y de extrema lasitud administrativa. Puede decirse que a comienzos del siglo XX, luego de casi un siglo de crueles guerras intestinas, cuando las primeras partidas de exploración petrolera llegaron a nuestro país, el moderno estado venezolano no había comenzado a formarse. La industria del petróleo le dio, en gran medida, su forma definitiva, buena o mala.

El modo como un estado «se gana la vida» ?nos dice Karl? es decisivo en sus patrones de institucionalización». Pero, casi indefectiblemente, la manera con que un estado recauda sus recursos crea a su vez incentivos, a menudo impensados, que imponen preferencias a los gobernantes a la hora de "redistribuir". Y con ellos, perversas restricciones a las políticas disponibles para combatir la pobreza, por ejemplo, o para asegurar educación y asistencia médica gratuitas para su población.

En el caso de los petroestados, todo lo que por sí solo ya sería suficientemente malo se agrava porque el modo en que «se ganan la vida» está expuesto, además, a una circunstancia inherente a la naturaleza misma del negocio petrolero: los ciclos, la alternancia de los booms y las sequías.

Desde 1922, Venezuela ha atravesado por varios booms. La profesora Karl analiza dos de los más recientes de ellos, el de 1973, que siguió al embargo petrolero decretado por la Opep, y el que siguió a 1983. Hoy día, muchos venezolanos aceptan que la corrupción, rampante en aquellos años de "Venezuela Saudita", fue la causa remota del avasallante ascenso al poder de Hugo Chávez.

Karl concentró su análisis en el desempeño de Venezuela durante los booms del 73 y del 83 para cotejarlo, luego, con el de otros países exportadores de petróleo sujetos a las mismas condiciones de presión y temperatura que un boom de precios del crudo puede introducir en el sistema económico de un petroestado.

Algunos de los petroestados considerados por Karl son países miembros de la OPEP, surgidos de la descolonización que siguió a la 2ª Guerra Mundial, como Indonesia, Nigeria, o Argelia. Otros son repúblicas hispanoamericanas nacidas a principios del siglo XIX, como Ecuador. Karl considera también el desempeño de una nación islámica no árabe, como es el caso de Irán. ¿El resultado? Distintos países, distintas formaciones sociales y económicas, distintas culturas y los mismos males. Y las mismas ineptas respuestas con iguales efectos paradójicos de endeudamiento y pobreza creciente.

Dos «conductas» discierne Karl en los petroestados que atraviesan períodos de bonanza. Una atañe a la jurisdicción y a la autoridad: todo petroestado que atraviesa un boom tiende a expandir su jurisdicción y a reducir su eficiencia, a encontrar nuevas áreas de «competencia» donde ejercer deficientemente su acción. O donde negarse a hacerse a un lado, con tal de neutralizar a otros agentes económicos.

Sus gobernantes caen con frecuencia en fase maníaca y dan en exigir a sus conciudadanos poderes especiales que permitan rodear las insuficiencias históricas del petroestado para afrontar mejor la contingencia feliz de un «boom». Gracias a la bonanza, ahora al fin todo puede hacerse; en consecuencia, todo debe hacerse. Surgen así, sin orden ni concierto, nuevas competencias, nuevas jurisdicciones, nuevas agencias.

Al interior del petroestado, esas competencias, jurisdicciones y agencias libran sangrientas batallas por el control de los recursos extraordinarios, batallas que debilitan aún más el tejido institucional y favorecen la concentración de poderes, el vacío legal, la discrecionalidad y, desde luego, la corrupción rampante.

 

Los anuncios de reactivación económica hechos por el presidente Chávez inmediatamente después de su triunfo en el referéndum del 15 de agosto pasado, contemplaban la creación de una línea aérea estatal y de varios nuevos ministerios encargados de "programas sociales", uno de los cuales cambió de nombre y de titular en menos de 48 horas.

De 13 misterios que encontró al tomar el poder hace ocho años, Chávez los ha llevado ya a 27. Al mismo tiempo, han crecido de modo sosprendente las ventas de autos de lujo, de aviones privados y el registro inmobiliario acusa operaciones de monto inaudito en mucho tiempo.

En cuanto a la pobreza, entre 2000 y 2003, sin un populismo estridente ni un nacionalismo beligerante, Chile redujo su nivel de pobreza en un 1,8%, hasta el 18,8% (desde 1990 disminuyó un 50%), mientras que Venezuela es el país de América Latina donde la pobreza ha crecido más deprisa y, según la Universidad Católica Andrés Bello, hoy hay dos millones de pobres más que en 1998, cuando Chávez fue elegido Presidente. En Venezuela, las "políticas sociales" que tanto celebran los panegiristas como Ignacio Ramonet, se limitan hoy a gastar dinero con propagandista criterio clientelar y suma ineficiencia asistencial.

Todo ello al tiempo que Pdvsa, la petrolera estatal venezolana, registró ingresos de 30.000 millones de dólares, sólo en 2006.

Muchos barruntan en el actual aumento del consumo conspicuo en Venezuela el nacimiento de una nueva casta de millonarios contratistas, asociada al despilfarro en el gasto público y reminiscente de la Venezuela Saudita que siguió al boom de precios petroleros del 73. Es la llamada "boliburguesía". La "diplomacia del crudo", inaugurada por Venezuela en el Caribe anglófono durante los prepotentes tiempos de Pérez I, experimentó con Chávez un resurgimiento aún más frenético y, sobre todo, beligerante.

La liberalidad del gobierno venezolano se dirige al Cono Sur y lo ha llevado a comprar bonos de la deuda argentina o a financiar una red de televisión subregional inspirada en Al Yazeera. La otra conducta que suele desplegar el petroestado que atraviesa un boom , es acudir al crédito internacional para sortear los conflictos que entraña recaudar impuestos en tiempos de vacas gordas. Esas emisiones de bonos del estado se afianzan en la factura petrolera y se justifican como operaciones sin riesgo "porque, total, tenemos petróleo para rato". Ocurrió en Venezuela durante los booms pasados y actualmente ocurre de nuevo.

El libro de la profesora Karl finaliza con un estudio comparado entre el desempeño de de los países mencionados y el de un país europeo, relativamente pobre pero institucionalmente maduro, que sí ha sabido afrontar el descubrimiento de una repentina riqueza petrolera, sin verse catastróficamente afectado por ello, como sí lo hemos sido los indonesios, los nigerianos, los argelinos y los venezolanos : Noruega.

Lo anterior luce relevante cuando se piensa que más acá del cataclismo político sobrevenido en Venezuela desde 1998, y a despecho de la pugnaz retórica antiyanqui de Chávez, el petroestado populista, monstruosamente inepto y monstruosamente corrupto que Chávez combatió sólo para heredarlo sigue con vida.

El petroestado venezolano, incólume en medio del «boom» que atravesamos?el más sostenido de los últimos 50 años?, con su secuela de despilfarro, de subdidiada ineptitud y de corrupción es, quizá más que el imperialismo yanqui, la verdadera acechanza y el verdadero enemigo del "socialismo del siglo XXI".

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