Viviendo en la abundancia
Infolatam
Santiago, 8 de mayo 2006
Por Juan Andrés Fontaine
“El alza del cobre hace al Estado más rico y gradualmente ello se hará sentir en el presupuesto fiscal. Desde luego, sobra imaginación para discurrir acerca de costosas inversiones públicas ?y el ya cercano bicentenario de la independencia nacional es una tentación difícil de resistir- o bien intencionados programas sociales. Cual Ulises, el ministro Velasco habrá de mantenerse bien atado al mástil de la prudencia fiscal”.
Mientras el cobre se empina sobre inauditos tres dólares la libra, el dólar se desploma en el mercado local. Hay caras largas entre los exportadores no mineros. Las compañías vitivinícolas y forestales que se transan en bolsa mostraron pobres resultados en el primer trimestre. El empleo en la agricultura y las manufacturas se mantiene estancado y, pese al auge del comercio y la construcción, la cesantía general se resiste a ceder. Más de alguien puede pensar que el alza del metal rojo es en realidad una maldición y que el crecimiento exportador que ha caracterizado al despegue económico chileno está en peligro.
Todo parece indicar que Chile atraviesa por una bonanza larga. No es que el cobre vaya a mantenerse tan alto como en los últimos días, pero la falta de inversiones hace pensar en precios promedio considerablemente elevados por los próximos dos o tres años. Además, la fuerte expansión del Asia exigirá la explotación de yacimientos cupríferos de costos cada vez mayores y el precio de equilibrio de largo plazo puede resultar superior al que estábamos acostumbrados a considerar.
Desde luego, que el cobre valga oro no puede ser una mala noticia para Chile. El país se hace más rico tanto porque durante el auge recibe ganancias extraordinarias como por la posible elevación del precio de largo plazo de su principal fuente de ingresos. Los montos involucrados son elevadísimos. Aunque soñar no cuesta nada, un precio anual del cobre de, por ejemplo, US$ 2,0 por libra le significaría al país ingresos extraordinarios por más de 9% del PIB. La mitad de éstos correspondería al Fisco y el remanente a la minería privada y su cadena de proveedores y trabajadores. Imagine que la bonanza dura tres años y calcule usted el resultado: habría dinero suficiente para retirar la totalidad de la ya exigua deuda pública (que asciende en términos netos a sólo 16% del PIB), juntar ahorros para cuando vengan las vacas flacas e incluso darse más de algún gusto.
Pero la abundancia también trae problemas.
Si la fortuna del cobre se gasta la correspondiente catarata de divisas podría llevar el dólar al suelo y arrastrar con él a los industriosos exportadores no mineros. Es sabido que en manos de los gobiernos el dinero quema y por tanto no es de extrañar que los mercados apuesten al fortalecimiento del peso. Arrecian entonces los clamores por una intervención salvadora del Banco Central en el mercado cambiario, pero si ella no se sustenta en la voluntad gubernamental de ahorrar los ingresos extraordinarios ?y de invertir cuidadosamente esos recursos en el exterior- la acción de la autoridad monetaria sería inútil, cuando no contraproducente.
Tras guardar calculado silencio, finalmente el Ministro de Hacienda ha mostrado sus cartas. Ha planteado el compromiso del Gobierno de ahorrar la totalidad de las ganancias extraordinarias que le reditúa el cobre e invertirlas en el exterior a través de un fondo inspirado en la experiencia noruega con los ingresos del petróleo. Adicionalmente, ha reiterado la política de su predecesor de mantener un superávit estructural equivalente a 1% de PIB, esto es ahorrar también una fracción de los ingresos normales que recibe el Fisco cuando la economía opera a plena capacidad y el cobre se cotiza a su valor de equilibrio de largo plazo. Estos recursos se acumularán en un segundo fondo para solventar futuras pensiones estatales (que se estima serían crecientes) y para recapitalizar al Banco Central. El anuncio es positivo porque evidencia la voluntad de mantener la férrea disciplina fiscal que ha seguido Chile en tiempos difíciles, también durante la bonanza. Es de esperar que la iniciativa obtenga en el Congreso amplio respaldo.
Aunque positivos, estos anuncios no despejan todas las inquietudes. El alza del cobre hace al Estado más rico y gradualmente ello se hará sentir en el presupuesto fiscal. Desde luego, sobra imaginación para discurrir acerca de costosas inversiones públicas ?y el ya cercano bicentenario de la independencia nacional es una tentación difícil de resistir- o bien intencionados programas sociales. Cual Ulises, el ministro Velasco habrá de mantenerse bien atado al mástil de la prudencia fiscal.
Mientras tanto, será necesario estimular que aquella parte de la bonanza que recae sobre el sector privado sea destinada al ahorro y la inversión productiva, en lugar de gastarse en un festín de consumo. El año pasado la tasa de ahorro privado descendió a menos de 16%, su nivel más bajo en diez años. Hay que aliviar entonces la carga tributaria sobre los ahorros (los impuestos al crédito, los impuestos a las utilidades reinvertidas) y mejorar la rentabilidad de los ahorros para la previsión (eliminando, por ejemplo, el límite a las inversiones de las AFP en el exterior).
Aún con las mejores políticas pro ahorro es probable que con el auge minero el peso se aprecie y los exportadores no mineros se resientan. Evitar una sobre reacción es importante y para ello conviene mantener un régimen cambiario de libre flotación y una política monetaria estabilizadora. Por otra parte, la capacidad competitiva de las exportaciones deberá adaptarse a las nuevas circunstancias y para ello es crucial ampliar la flexibilidad laboral. Paradójicamente, una de las primeras batallas legislativas que el nuevo gobierno está librando es por un proyecto que, a título de evitar abusos, restringe el uso de subcontratistas, una de las pocas vías que la anacrónica legislación laboral mantiene abiertas para ganar competitividad.


























