Michelle Bachelet: continuidad y ruptura
Infolatam
Santiago.- 13 de marzo 2006
Por Héctor Soto
… “La desigualdad económica es la más evidente, pero no es la única, puesto que Chile todavía impone desventajas a las mujeres, a los ancianos, a las minorías étnicas y a los niños de los sectores de peores ingresos. La insuficiente calidad de la educación publica… todo indica que mientras este problema no se corrija la adaptación del país a la modernidad va a seguir siendo traumática”.
En un país donde el peso del Estado en la sociedad es muy inferior al que tuvo en los años 60 y 70 y donde ya nadie pierde el sueño en función del desenlace de las elecciones, es cuando menos una ironía el entusiasmo y la expectación con que los chilenos siguieron las ceremonias y celebraciones del traspaso del mando a Michelle Bachelet, la primera presidenta de la historia de Chile.
La nueva mandataria no paró desde hace al menos dos días antes de su investidura y tuvo un fin de semana agotador. Era cosa de encender el televisor en cualquier momento para verla sonriente en estrados multitudinarios, en largas sesiones de saludos protocolares o saludando desde balcones y autos descapotables. Quizás pocos gobiernos han recibido el país con una situación tan promisoria y en pocos, también, la ciudadanía ha depositado tantas expectativas como en el suyo. Una encuesta publicada el domingo en la prensa señala que Bachelet parte con la aprobación de arriba del 65% de la ciudadanía y que el 85% confía en que lo hará igual o mejor que el presidente Lagos.
Mujer agnóstica en una sociedad que se declara mayoritariamente católica, separada y madre de tres hijos, hija de un general de Aviación que murió mientras estaba en la cárcel después del golpe militar de 1973, Bachelet es tanto un emblema del cambio cultural ocurrido en Chile en los últimos 15 años como un síntoma de la declinación de la elite política que gobernó al país desde la restauración democrática en 1990.
De hecho llegó al poder imponiéndose primero en las encuestas y sólo mucho después, en las instancias de decisión de los partidos de la Concertación, la alianza de centro-izquierda que entró a La Moneda con Patricio Aylwin y se ganó el derecho a continuar gobernando enseguida con Eduardo Frei, con Ricardo Lagos y ahora con ella.
No obstante pertenecer al mismo conglomerado político de sus antecesores, la presidenta Bachelet se resiste a que el suyo sea un gobierno de partidos. El mismo día del cambio de mando, junto con hacer un llamado a la unidad y a la reconciliación nacional, reivindicó su promesa de hacer un gobierno de ciudadanos. Sus propósitos son gobernar escuchando muy de cerca a la base social, manteniendo la paridad entre hombres y mujeres y eludiendo la mediación un tanto burocrática y clientelística de los partidos políticos.
El hecho, desde luego, ha generado inquietud en las dirigencias de estas colectividades y, por mucho que en el gabinete y en los nombramientos de los subsecretarios ministeriales, intendentes y gobernadores la presidenta haya procurado mantener los equilibrios políticos de la coalición, en cada designación ha quedado claro que el compromiso de las designadas y designados es más con ella que con los partidos oficialistas.
Bachelet pondrá el eje de su gobierno en la necesidad de superar las brechas de desigualdad que, a pesar del crecimiento económico de los últimos 20 años, aun subsisten en el seno la sociedad chilena. La desigualdad económica es la más evidente, pero no es la única, puesto que Chile todavía impone desventajas a las mujeres, a los ancianos, a las minorías étnicas y a los niños de los sectores de peores ingresos. La insuficiente calidad de la educación publica, que atiende a cerca del 90% de estudiantes, se ha vuelto una máquina reproductora de desigualdades sociales y todo indica que mientras este problema no se corrija la adaptación del país a la modernidad va a seguir siendo traumática.
Aunque el nuevo gobierno tendrá mayoría en ambas cámaras legislativas, los observadores creen que la mandataria enfrentará dilemas iniciales complejos para los cuales no podrá confiarse exclusivamente en las fuerzas del oficialismo. Temas tales como el problema energético generado por las restricciones de Argentina al suministro de gas natural a Chile, como la mediterraneidad boliviana o como la reforma del sistema previsional, que ella prometió durante la campaña, son desafíos que requieren el compromiso de muchas instituciones, de los empresarios y de la opinión pública toda.
Ella lo sabe y por lo mismo no es raro que, siendo una mujer procedente del sector más izquierdista de la Concertación, haya dado garantías al centro político nombrando entre sus colaboradores más inmediatos a figuras identificadas con la moderación política y la disciplina macroeconómica.
En este contexto, tampoco es raro que haya llamado a la unidad nacional y que la Democracia Cristiana, la principal colectividad de centro en Chile, sea después de todo el partido mejor representado tanto en el gabinete como en las autoridades de gobierno interior. "No volveremos ?dijo apenas fue investida como presidente- a cometer los errores del pasado", refiriéndose a las décadas en que el país se polarizó en dos bandos irreconciliables y recíprocamente excluyentes.


























